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Los cuatro anillos descansaron en el doble fondo del armario durante tres semanas. Calipso no los tocaba. No necesitaba hacerlo. Los sentía desde cualquier lugar del búnker, desde cualquier carretera, desde cualquier motel de mala muerte donde pasaran la noche. Eran ahora una extensión de ella, como las garras o la cola.
Durante tres semanas, siguió cazando con los demás. Mató a un espíritu vengativo en una granja abandonada de Iowa. Ayudó a Trey a descifrar un ritual de protección en un cementerio de Illinois. Escuchó a Alec quejarse del café de Kicker mientras afilaba sus cuchillos en la mesa del búnker. Fingió normalidad con una habilidad que ella misma no sabía que poseía.
Pero Kicker la miraba.
No decía nada. No preguntaba. Pero su mirada azul, profunda y cansada, seguía cada uno de sus movimientos. Calipso sabía que él sabía que algo ocurría. Lo que no sabía era el qué. Y esa ignorancia, por ahora, era su mejor protección.
Trey también notaba cosas. Lo veía en la forma en que ella hojeaba los grimorios sin leerlos, en la forma en que su mirada se perdía en la ventana cuando creía que nadie la observaba. Pero Trey nunca presionaba. Trey esperaba. Era su manera.
Alec era el más fácil de engañar. No porque fuera tonto, sino porque su manera de demostrar cariño era no preguntar demasiado. Si Calipso decía que estaba bien, Alec la creía. O fingía creerla. A veces Calipso no sabía distinguir.
Pero ya no importaba.
Porque la noche del solsticio de verano, Calipso supo que era el momento.
Los dejó en el búnker con una excusa: quería dar un paseo sola, despejar la cabeza; el bosque estaba tranquilo. Kicker ofreció acompañarla. Calipso dijo que no. Trey preguntó si llevaba el arma. Calipso levantó la chaqueta y le mostró la funda vacía.
—No la necesito —dijo.
—Siempre la necesitas —respondió Alec desde el sofá, sin levantar la vista de su revista.
—Esta noche no.
Salió antes de que pudieran hacer más preguntas.
El bosque estaba oscuro, más oscuro de lo normal. No había luna. Las estrellas habían desaparecido detrás de una capa de nubes que no estaba allí hace una hora. Calipso caminó hasta el claro que había elegido días atrás, un círculo de tierra desnuda rodeado de pinos negros. En el centro había preparado todo sin que nadie lo viera: cuatro piedras planas colocadas en forma de cruz, una vela negra en cada una y, sobre las velas, los cuatro anillos.
Los cogió uno a uno, sintiendo el frío del hueso y del metal.
El primer anillo era rojo como la sangre derramada. Guerra. El que hacía que la ira creciera sin control, que hermanos mataran a hermanos por un malentendido, que naciones enteras se desgarraran por nada. Lo colocó sobre la piedra del norte.
El segundo era negro como el vacío. Hambre. El que creaba una voracidad insaciable, que dejaba los graneros llenos y los estómagos vacíos, que hacía que la gente muriera de hambre con la comida delante. Piedra del sur.
El tercero era pálido como la carne enferma. Pestilencia. El que sembraba enfermedades que mataban como moscas, que vaciaban pueblos enteros en una semana, que hacía que los sanos temieran el aliento de los enfermos. Piedra del este.
El cuarto era blanco. Blanco como los huesos limpios, como la sábana sobre un cadáver. Muerte. El que no mataba por violencia ni por hambre ni por enfermedad. El que simplemente terminaba. El que cortaba hilos sin ruido ni drama. Era el más suave de todos. También el más definitivo. Piedra del oeste.
Calipso sintió el peso de cada uno en sus manos. Cuatro formas distintas de acabar con todo. Y ella estaba a punto de despertarlas.
Se arrodilló en el centro del círculo. Cerró los ojos. Y pronunció las palabras que había aprendido en el libro: las que no estaban escritas en ningún idioma humano, las que solo podía decir alguien con sangre de dos mundos.
El suelo tembló. Los árboles a su alrededor se inclinaron hacia afuera, como si huyeran de algo que nacería en el claro.
Los anillos brillaron. Rojo, negro, pálido, blanco. Las piedras se resquebrajaron. Las velas se apagaron de golpe.
Y entonces los Jinetes despertaron.
No salieron de los anillos. Los anillos solo eran las llaves. Los Jinetes estaban en otra parte, en algún lugar entre los mundos, y lo que Calipso sintió en ese momento fue el eco de su propio despertar. Un terremoto invisible que recorrió toda la creación. Una grieta en el orden de las cosas.
Sintió cómo la Guerra abría los ojos en un campo de batalla olvidado. Cómo el Hambre extendía sus dedos negros sobre los graneros del mundo. Como la Pestilencia susurraba su primer secreto al oído de una rata.
Y sintió a la Muerte. La que ella iba a suplantar. La que la miraba desde el otro lado del despertar con una tristeza infinita.
En el búnker, a kilómetros de distancia, Kicker dejó caer la taza de café y se puso de pie de golpe. Trey cerró el grimorio con un golpe seco. Alec sintió cómo el demonio dentro de él se retorcía de miedo, algo que no le ocurría desde hacía años.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó Alec.
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Editado: 11.05.2026