Calipso: Entre almas y demonios

☾ CAPÍTULO 7: EL PESO DEL RECUERDO ☽

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Pasó un mes desde aquella noche en el claro. Días grises y lluvias interminables golpeaban las ventanas del búnker como si alguien intentara entrar. Noches en las que Calipso despertaba gritando, con un nombre en la punta de la lengua y que siempre desaparecía antes de pronunciarlo.

Pero algo más había cambiado. Algo que Kicker notó la primera mañana después de que ella apareciera en el claro, envuelta en su chaqueta, desnuda y encogida.

No era la misma.

No solo por dentro. Por fuera también.

Calipso había crecido. No unos centímetros ni unos kilos. Creció como si el tiempo saltara adelante sin avisar. Su rostro, antes aniñado pese a los años de cacería, ahora tenía la firmeza de una mujer. Las facciones se afilaron; la mandíbula y los pómulos se marcaron. El pelo rojizo caía en ondas más largas y salvajes. El cuerpo se estiró: hombros más anchos y curvas más definidas.

Ya no tenía diecisiete años. Tenía veintisiete.

Kicker lo supo al levantarla del suelo. El peso era distinto. La textura de la piel y la forma de los huesos también. Era como si hubiera vivido una década en sus días de desaparición.

No dijo nada. No entonces. Pero cuando la sentó en el asiento trasero del coche y la envolvió en una manta, sus manos temblaron al tocar un rostro que ya no era el de la niña que había rescatado de un nido de vampiros.

Trey lo notó al día siguiente, cuando Calipso salió de la habitación del búnker vestida con la ropa que Alec le había prestado, que ahora le quedaba pequeña. Se quedó mirándola un segundo, con los ojos entrecerrados, y luego desvió la mirada como si hubiera visto algo que no debía ver.

—Has cambiado —dijo, sin formularlo como pregunta.

—Lo sé —respondió ella.

Alec fue el más directo, como siempre.

—¿Qué coño te ha pasado? Pareces diez años mayor.

—Lo soy —respondió Calipso, y su voz sonaba más grave, más calmada, como si hubiera vivido cosas que su boca no estaba dispuesta a contar—. O al menos lo parezco.

No dio más explicaciones. Y ellos no pidieron más.

Pero la verdad era que Calipso lo sentía en los huesos. La edad no era solo una apariencia. Era cansancio. Era la forma en que su espalda recordaba haber cargado con algo infinitamente pesado. Era la manera en que sus manos, ahora más grandes, más fuertes, retenían el recuerdo de haber cortado hilos que no debían cortarse.

Tenía veintisiete años. Y se sentía mucho más vieja.

Kicker la encontraba casi todas las mañanas. Sentada en la cama, abrazándose las rodillas, cola enroscada y garras hundidas en la almohada. No lloraba. Calipso llevaba años sin llorar y ahora esa incapacidad era aun más definitiva. Pero respiraba rápido, como quien acaba de ver algo inadmisible.

—¿Qué ves? —le preguntaba él, sentándose a su lado.

—Nada —mentía ella.

Y era verdad y mentira a la vez. No veía imágenes ni rostros. Sentía. El peso de algo infinito en sus manos. El sonido de un hilo cortándose. El eco de una voz ausente.

Sabía quién era.

Era una conciencia extraña, como un recuerdo ajeno grabado en sus huesos. No recordaba el libro, los anillos, el espacio gris, la ceremonia, ni el momento en que su cuerpo humano se desvaneció. A veces flotaba un destello: el roce frío de algo húmedo, el chasquido de algo invisible tras su oído, el olor metálico e irreal del aire. Solo fragmentos, fugaces. Pero recordaba que había sido la Muerte. Lo sabía como si fuera su propio nombre o cómo empuñar un cuchillo.

Y recordaba, de alguna forma, que esa experiencia la había envejecido. No el tiempo. El peso de haber sido lo que fue.

Trey lo notó antes que los demás.

Una tarde, mientras hojeaban un mapa marcando posibles cacerías, Calipso señaló un pueblo de Nebraska sin pensarlo.

—Aquí no —dijo—. Nadie va a morir allí esta semana.

Trey levantó la vista. Ahora ella era más alta que él sentado, y su presencia llenaba la habitación de una forma que antes no se había dado.

—¿Cómo lo sabes?

Calipso se quedó callada. Su mano tembló sobre el papel.

—No lo sé. Solo lo sé.

Trey la miró durante un largo rato. Veintisiete años. Diez más de los que debería tener. Y, sin embargo, la seguía viendo como aquella niña descalza que había conocido en un almacén lleno de cadáveres de vampiros.

No preguntó más. Pero esa noche, en la cocina, le dijo a Kicker:

—Ella sabe cosas que no debería saber. Cosas de muerte. Como si...

—Como si hubiera sido la Muerte —lo interrumpió Kicker, con la voz plana.

Trey parpadeó.

—¿Lo sabías?

—Lo supe desde que la encontré en ese claro. Cuando su cuerpo desapareció y luego volvió a aparecer. Y cuando vi su cara. Su cara de veintisiete años. Algo cambió en ella. No sé qué. Pero cambió.

—¿Y no piensas preguntarle?




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