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La tensión en el búnker había ido creciendo durante semanas. No era una discusión. Era peor. Era ese silencio que se instala cuando la gente deja de decir lo que piensa porque sabe que decirlo solo empeorará las cosas.
Kicker ya no miraba a Trey cuando hablaba. Trey ya no consultaba a Kicker antes de tomar decisiones. Alec se movía entre ellos como un puente que se iba quedando sin tablones. Y Calipso observaba todo desde el borde de la mesa, con los brazos cruzados y los ojos verdes fijos en el vacío.
Todo empezó con una cacería en Misuri. Un nido de vampiros que resultó ser una trampa. Kicker entró primero, como siempre. Cayó en un agujero que habían excavado bajo el suelo del granero. Cuando Alec y Trey lo sacaron, tenía tres costillas rotas y una herida en la pierna que tardaría semanas en cicatrizar.
Trey dijo que debían haber revisado el perímetro antes de entrar. Kicker dijo que si él no se hubiera parado a leer un maldito libro mientras los demás trabajaban, ya habrían terminado. Alec intentó mediar, pero sin éxito alguno.
Esa noche, en el búnker, la discusión estalló.
—No puedes seguir actuando como si fueras invencible —dijo Trey, con esa calma suya que siempre ponía más nervioso que cualquier grito—. No lo eres. Eres humano. Te rompes. Sangras. Y un día no vas a levantarte.
—Llevo más años haciendo esto que tú con tu inmortalidad —respondió Kicker, con la voz rasposa de quien ha dormido mal durante días—. No necesito que un tipo que ni siquiera puede morir me diga cómo arriesgarme.
—Eso no es justo.
—La justicia no existe en este trabajo. Tú deberías saberlo.
Alec se puso entre ellos.
—Basta. Los dos. Esto no lleva a ninguna parte.
—Dile a él que pare —dijo Trey.
—Dile a él que deje de tratarme como si fuera un estorbo —respondió Kicker.
Calipso no intervino. Se quedó en la mesa, con la cola enroscada alrededor de la pata de la silla y las garras retraídas. Sus veintisiete años pesaban más esa noche. No físicamente. De otra forma.
Kicker la miró.
—¿Tú qué opinas?
Ella levantó la vista.
—Opino que los tres están actuando como idiotas. Pero no voy a elegir bando.
—Elegir bando es exactamente lo que estás haciendo al no elegir ninguno.
—No. Estoy eligiendo no ser parte de una pelea sin sentido.
Kicker apretó la mandíbula. Dio media vuelta y caminó hacia la puerta. Antes de entrar, se giró.
—Me voy unos días. Solo. No me busquéis.
—¿A dónde? —preguntó Alec.
—A ningún sitio. Solo lejos.
La puerta se cerró con un golpe seco.
Trey se quedó mirando la madera. Alec soltó un suspiro y se dejó caer en la silla. Calipso no se movió.
—Va a hacer algo estúpido —dijo Trey.
—Siempre hace algo estúpido —respondió Alec—. Pero esta vez no podemos detenerlo.
Calipso cerró los ojos. Oyó el coche arrancar fuera y las ruedas morder la gravilla. Escuchó cómo el sonido se alejaba hasta desaparecer.
Y supo que no volvería a verlo con vida. Hasta tres días después, cuando recibieron una noticia.
No fue por una llamada. Fue por un mensaje de texto de un número que ninguno conocía, donde decía: "El cazador al que llaman Kicker está muerto. Pueden recoger el cuerpo en la morgue del condado de Harper, Kansas."
Alec leyó el mensaje en voz alta. Su voz no tembló. Pero sus manos sí.
Trey cogió las llaves del coche sin decir nada.
Calipso ya estaba en la puerta.
—Vamos —dijo.
El cuerpo de Kicker estaba en una cámara fría de la morgue del condado. Una cacería solitaria que había salido mal. Una criatura que no figuraba en los informes. Una emboscada.
Los forenses dijeron que había muerto de forma rápida. Calipso sabía que eso era mentira. Lo vio en los moretones. En las marcas de garras que no eran de animal. En la forma en que sus manos aún estaban apretadas, como si hubiera seguido peleando incluso después de muerto.
Trey se quedó mirando el cuerpo durante un largo rato. Luego salió sin decir nada.
Alec tocó el hombro frío de Kicker con la punta de los dedos.
—Idiota —susurró—. Siempre tuviste que ser el más terco.
Calipso no lloró. No podía. Eso se había ido con la Muerte, o quizás antes. Pero algo se rompió dentro de ella. Algo que no sabía que seguía intacto.
Vio el hilo de Kicker, tan claro como si flotara ante sus ojos: un filamento translúcido y casi iridiscente, visible solo para ella. Calipso podía ver estos hilos en quienes se encontraban en el límite entre la vida y la muerte, como una segunda visión que formaba parte de su don.
Para ella, cada hilo era la manifestación misma de la existencia de una persona: delicado, único, anclando el alma a la tierra y al destino escrito para cada vida. Así podía comprender cuándo alguien estaba a punto de cruzar el umbral final, y esa percepción era una parte inevitable de su rol. Su tarea como Muerte era custodiar y, llegado el momento, cortar estos filamentos con precisión e imparcialidad, manteniendo el equilibrio del mundo. Ahora, el hilo de Kicker estaba cortado y, sin embargo, no era el final.
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Editado: 23.05.2026