Calix

CAPÍTULO 2

CALIX

Sentado en mi silla giratoria, repaso un ejercicio antes de irme a entrenar en un rato, pero antes llegaran mis padres.

Como si alguien me escuchara, suena el timbre de casa, me fijo en la hora, y aun es temprano para que estén al otro lado. Salgo escopetado de la habitación hasta la entrada.

Me doy un segundo para poder fijarme por la mirilla quienes son en verdad y corroborar si es mi familia. Y efectivamente, estoy abriendo la puerta y viéndolos después de bastante tiempo separado de ellos.

De un momento a otro, seis ojos me están observando desde el umbral de mi puerta. Mi hermano, de 11 años, el cual había crecido en mi ausencia, me escruta con sus ojos marrón verdosos, como los míos. Va con unos pantalones cómodos de chándal que le llegaban por las rodillas, una camiseta básica blanca y unas zapatillas. Práctico para viajar.

—Hola, Cal —el primero en avanzar hasta mí es mi hermano pequeño Eryx —. Llegamos antes —lo dice como si no me hubiera dado cuenta.

Mi hermano entra en mi apartamento, dejando espacio a mis padres para que avancen uno detrás del otro.

Si mi hermano y yo habíamos heredado el pelo negro, había sido gracias a mis padres. Lo que nos diferencia a cada uno, a parte de la edad, es que uno lo tiene rizado y el otro liso.

Mi padre al igual que Eryx, había hecho una elección acertada para poder hacer un viaje bastante largo e ir cómodo conduciendo. Un chándal marrón con una camiseta azul cielo y unas deportivas. Mi madre, por lo contrario, iba de punta en blanco, si no supiera que no tiene ningún compromiso, pensaría eso.

—Hola, papá —me dirijo a él, dándole un corto abrazo para después poner toda mi atención en mi madre —. Hola, mamá.

—Hola, hijo —obtengo una sonrisa de parte de mi padre.

—Pasad —dejo un espacio vacío para que entren a mi piso —. Bienvenidos a mi nuevo hogar.

—Es más espaciosa que la anterior —mi madre no pierde el tiempo y se recorre cada rincón sin vergüenza.

—Lo más importante es la luminosidad. Además, aquí en Solpra hay pocos días que haga malos en estas épocas del año.

—El otro apartamento parecía un zulo, no entraba luz natural, siempre tenías que encender la luz —ella no exageraba.

Nos sentamos en el sofá para poder charlar más tranquilos. Eryx ya se había apoderado del mando para poder encender la tele y se sentó en la butaca de una sola plaza que era la más cercana al televisor.

—Bueno hijo, cuéntanos, ¿qué tal las clases? —mi cuerpo se tensa, un sudor frío me empieza a aparecer e intento no mirarlos.

Mis nervios empiezan a florecer llegando a escalas grandes, porque yo a mis padres no les he comunicado nada, al vivir lejos y no estar en mi día a día, les puedo mantener al margen de mis problemas, pero una vez que vienen es complicado guardar ese secreto y más cuando te lo preguntan de manera directa.

—¿Sucede algo? ¿Algún problema? —mantengo mi boca sellada. Ahora no quiero preocuparme, cuando estamos a pocas semanas de irnos a Alemania, me niego.

—No ocurre nada —les digo para que se tranquilicen, sobre todo mi madre.

—Calix —me advierte mi madre, en ese tono tan suyo, ya característico —. Soy tu madre y te conozco de pies a cabeza. Dime —vuelve a intentarlo.

—En clases…—sin yo poder proceder más, ella interrumpe.

—¿Qué pasa en clases? —mi madre al parecer se pone nerviosa al tener que esperar tanto.

—Narella, deja a tu hijo hablar —mi padre ahora era la voz sensata de los dos, le agradezco sin emitir ninguna palabra, pero si gesticulando con la boca —. Si vas a comenzar a interrumpirlo cada vez que empieza a hablar, no terminará nunca de contarlo.

—Lo siento, hijo —se disculpa con una media sonrisa —. Sigue, voy a intentar no interrumpir.

—Nada —no quería que se enterasen que en las clases me trataban mal los profesores. Porque de una cosa estoy seguro, puedo ser despistado, pero hay una gran brecha de eso a que me hablen de malas formas y más a un alumno de la institución, y no soy a la única persona que se lo hacen.

—Calix —respira mi madre, dejando que el aire salga de su boca —, ¿sabes porque percibo que pasa algo? —niego con la cabeza —. Porque, aunque sepa que mi hijo es callado y vergonzoso a la hora de relacionarte, nunca pones caras malas, siempre apareces con una media sonrisa, aunque te cueste. ¿Ahora? Tus ojos reflejan cansancio y abatimiento. Guardas las cosas malas para ti mismo. Es mejor sacarlas, tu cuerpo lo va a agradecer.

La rigidez de antes se va aflojando de manera progresiva con las palabras de mi madre. No puedo batallar yo solo, cuando primero, no sé cómo hacerlo, y segundo, no tengo ayuda. Innumerables veces he intentado ir a hablar con el director del centro, y se ha mofado de mí, no tomándome en serio. La primera vez que aparecí, fui sin pruebas, a partir de la segunda vez, iba con pruebas, que las desechaban delante de mí.

Pintan de buena institución por fuera, pero por dentro para muchos alumnos es otra realidad, y es de una oscuridad absoluta.

—Este lunes iré personalmente al centro para informarme de primera mano —vuelvo de nuevo a la rigidez. Mis dedos duelen de tanto apretarlos en un puño.



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En el texto hay: misterio, secuestro, supervivencia

Editado: 15.07.2026

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