Calix

CAPÍTULO 3

CALIX

Estamos pisando suelo alemán. El viaje ha sido largo con escala en Singapur, es una conexión frecuente entre Nueva Zelanda y destinos europeos. Mínimo estuvimos un día de trayecto, entre esperar a la escala, pues se convierten en más de uno.

Fuera del aeropuerto, cogimos un taxi que nos llevaría a la casa familiar de mis abuelos, en la zona más cara de Dortmund. El taxista empieza a bajar la velocidad cuando nos estamos acercando a nuestro destino final. Para por completo frente a las verjas negras y todos nos disponemos a coger nuestras maletas. El trabajador nos ayuda en todo momento, le damos las gracias, le pagamos el trayecto y se marcha, dejándonos ahí.

Mi padre pica en el microfonillo para que del otro lado nos abran y podamos avanzar. Cada uno de los matrimonios tiene llaves de la casa, pero para que no se extravíen o sean olvidadas en sus respectivos hogares, las dejan aquí.

—Calix, Eryx —nos llaman desde el camino de grava —. Venid, los abuelos nos esperan —mi hermano al interceptar la palabra «abuelos» sale corriendo con su pequeña maleta de sus dibujos favoritos. Mueve la cabeza en mi dirección y me hace señas para que me acerque.

Alcanzo a mi familia y los cuatro atravesamos el inmenso jardín de mis abuelos. Lo mantienen bien cuidado, la hierba, recortada y brillante a la luz del sol. Al final del camino hace un semicírculo donde podrían haber puesto una maceta gigante que hiciera como rotonda, pero no lo hicieron, lo dejaron todo liso.

—Hola, bienvenida familia —nos saluda mi abuelo, con mi abuela al lado luciendo una gran sonrisa —. ¿Qué tal?

—¡Abuelos! —mi hermano, eufórico corre dejando caer su maleta en el proceso para ir a abrazarlos —¿Dónde están los demás? —intenta mirar entre ellos para observar más allá de las escaleras, pero no ve nada —¿Aglaia ha llegado?

Aglaia, es una de mis primas pequeñas, tiene la misma edad que Eryx, aunque solo se ven en los veranos y algunos inviernos cuando podemos venir. Congenian bien y se divierten entre ellos como niños que son.

—No ha llegado aún, cariño —mi abuela le acaricia la mejilla a mi hermano.

—¿Somos los primeros? —la alegría era desbordante. La mayoría de las veces éramos los últimos en llegar. También vivíamos más lejos. De ahí que mi hermano haya preguntado por nuestra prima —Hemos ganado por primera vez —gracias a que adelantamos los días, nos coronamos por primera y única vez me temo.

—Somos los primeros —le termino de confirmar. Tan pronto como termino de decirle eso, vuelve con otra pregunta.

—¿Cuándo llegan los demás?

—Vamos a desempacar las mudas y bajamos a la piscina —de alguna manera debo de bajar esa intensidad de mi hermano.

—Hola —le doy un corto abrazo a mi abuelo, y dejo un beso en la mejilla a mi abuela. Cariñoso no soy, pero sé cuándo debo ser cortés y a ellos les he tratado de esta forma «cercana».

—Me debes una gran charla, jovencito —susurra mi abuela antes de dejarme marchar.

Dejo a mis padres y abuelos que charlen tranquilos poniéndose al corriente del vuelo y otras cosas que tampoco estoy interesado en descubrir.

—Sí —el entusiasmo no decae. Eryx adora pasar el máximo tiempo posible aquí en Alemania. Lo disfruta como nadie. Los más pequeños eran los más mimados, por ende, él era uno de ellos.

Somos muy distintos. Por un lado, estoy yo, más serio, casi no sonrío, no me relajo en exceso. La mayoría de las veces estoy rígido atento a lo malo que puede suceder a mi alrededor. Mis músculos son los que peor lo llevan, deben quedar agarrotados de tanto comprimirse. Por el contrario, Eryx, un alma libre desde el momento en el que nació, muy movido, pero alegre. Le encanta interactuar con muchas personas y ama hablar. Irradia felicidad.

Y cuando nos reencontramos con la familia era un desbordamiento de emociones para él. Al contrario que yo, me mantengo al margen y no por eso significa que no soy cordial con ellos o mantenga distancia por los conflictos. Simplemente aprecio mi tiempo en la soledad y mi propia compañía. Mi madre no comparte la misma opinión.

—No corras —los escalones eran altos y sus piernas no eran muy largas aún. Podía tropezar y caerse.

Llevo a cuestas las dos maletas intentando interceptarlo. Tarea complicada. Llego a la primera planta. Avanzo por el ala derecha hasta llegar a las habitaciones.

Comparto habitación con mi primo Denes desde que éramos pequeños. Coloco mi maleta encima de la cama que me corresponde y empiezo a sacar todo y a la vez colocarla en el vestidor. Todas las habitaciones tenían un baño propio y un vestidor. Si compartías un cuarto, lo hacías con todo. Los vestidores eran bastante amplios, cada una de las personas tenía sus propias baldas para dejar su ropa, accesorios y demás.

Hay mudas de ropa que no me interesaba llevarme a Solpra Cove y dejaba guardada aquí, por ejemplo, algunos bañadores para meterme en la piscina de estilo olímpico que mis abuelos tenían en el terreno detrás de la casa. También un par de gafas para nadar. Eran de las caras, mis abuelos me las cambiaban cada vez que yo les mandaba las nuevas, porque son graduadas para tener una mejor visibilidad en el agua y no partirme la crisma.

Aunque me haya despedido de los entrenamientos en el club de alto rendimiento, no iba a dejar mis entrenamientos a un lado. No iba a ser tan irresponsable de dejarlos a un lado e ir de vacaciones. Podía hacer las dos cosas. Mis vacaciones nunca han sido divertidas, por lo tanto, podría estar la mayor parte del tiempo sumergiéndome.



#1898 en Otros
#344 en Acción
#749 en Thriller
#255 en Suspenso

En el texto hay: misterio, secuestro, supervivencia

Editado: 15.07.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.