Julius no dormía desde hacía dos días. Tal vez tres. El cuerpo comenzaba a resentirse, pero la mente seguía en pie, limpia, como si el insomnio hubiese depurado todo lo superfluo. La lámpara de aceite proyectaba sombras alargadas sobre las paredes, y la tinta ya se había secado en más de una docena de páginas. Todas con lo mismo, ella.
Ya no necesitaba recordarla. Ahora podía invocarla. El cabello oscuro, ondulado, cayendo justo por detrás del lóbulo de la oreja, la curva del mentón, la delicadeza con que bajaba los párpados al girar el rostro. Pero no le bastaba.
Volvía una y otra vez a ciertos gestos, la forma en que sujetaba el libro sobre su pecho mientras hablaba con él, el modo en que desviaba la mirada como si el mundo le pesara.
«¿Sonreía a menudo? ¿Tenía hoyuelos? ¿Cuán suave sería su piel al tacto?».
No lo sabía y esa ignorancia era intolerable. La había diseccionado sin bisturí. Por partes. Como un estudio anatómico de belleza y tensión. Tenía hojas dedicadas solo a sus ojos. Al tono, a la orientación de las pestañas, al leve trazo de sombra bajo el párpado inferior. Dibujaba la boca y luego la borraba. Una y otra vez. Porque había sonrisas que parecían sinceras, y otras que eran solo muecas sociales. ¿Y la de ella? ¿Cuál era? Había comenzado a escribir palabras junto a los bocetos:
Inestable.
Dama.
Elegancia contenida.
Melancolía en la comisura derecha.
Era como tenerla bajo observación constante. No viva, tampoco muerta. Suspendida, más bien, preservada.
Quería aislarla del ruido, de los demás. No por interés genuino en su bienestar, sino porque el mundo podía alterarla, contaminarla. Y él deseaba conservarla, capturarla tal como la había visto. Inalterada. Intacta. Como un espécimen raro hallado en el bosque.
Y mientras la ciudad dormía bajo la lluvia, Julius seguía allí. Recreándola, una y otra vez. Hasta que pudiera nombrarla. Hasta que ese nombre se incrustara en su memoria como una incisión precisa. Hasta que, al decirlo… ella respondiera.
La tormenta había cedido, y el cielo comenzaba a aclarar por detrás de los tejados. Julius no lo notó de inmediato; sólo cuando el resplandor pálido del alba alcanzó el papel sobre su escritorio, obligándolo a entrecerrar los ojos.
Fue entonces que escuchó el golpecito suave en la puerta de su estudio.
—Una carta, señor —dijo la voz de su ama de llaves desde el otro lado.
Él no respondió. Se limitó a alzar la mano, tomando el sobre sin mirarla.
El sello era conocido, de familia noble, uno de esos nombres que flotaban siempre entre las bocas importantes de la ciudad. El contenido era breve, una invitación a un picnic de temporada, en los jardines de Primrose Hill, con música en vivo, cacería simbólica para los niños y juegos de sociedad. Una reunión «espontánea» cuidadosamente planificada para que los rostros adecuados coincidieran.
No pensaba asistir. Hasta que lo pensó mejor. Tal vez —una última vez— podía permitir que el azar jugara a su favor. Una última aparición, una última búsqueda y si no estaba allí… Quizás por fin podría rendirse.
O al menos, intentarlo.