Cáliz de Sangre

Capítulo LXII

La ciudad de Edimburgo lo recibió con una llovizna fina que, más que empapar, parecía adherirse a la piel como una capa fría y persistente. El aire era más limpio que el de Londres, aunque impregnado de un olor mineral, como si las piedras mismas exhalaran la humedad que las había calado durante siglos. Las fachadas de piedra gris, coronadas por chimeneas estrechas, se erguían austeras sobre calles empedradas que parecían nunca secarse del todo. Aquí, incluso la luz del día tenía un matiz apagado, tamizada por un cielo perpetuamente nublado.

Julius atravesó una calle estrecha, flanqueada por edificios cuya arquitectura se distinguía de la inglesa por la solidez de sus muros y la ausencia de ornamentos superfluos. Escocia, pensó, tenía una belleza distinta: menos ostentosa, más contenida, como si la tierra misma se hubiese impuesto a la vanidad humana.

Al llegar al consultorio del doctor Lemoine, fue recibido por una puerta de madera oscura con una aldaba pulida por el uso. En el interior, lo envolvió un olor inconfundible a ungüentos y papel envejecido. El despacho estaba dispuesto con una precisión que Julius no pudo evitar apreciar: frascos de vidrio perfectamente alineados, cada uno con su etiqueta manuscrita; esqueletos humanos y animales encerrados en vitrinas; y sobre una mesa lateral, instrumentos quirúrgicos relucientes, acomodados no por exhibición, sino para un acceso inmediato.

No había nada de ostentoso en aquel orden: era el lenguaje de una mente que, como la suya, comprendía que la ciencia exigía rigor y audacia a partes iguales. Los libros, apilados en distintos rincones, no seguían criterio estético alguno: el desgaste del lomo indicaba que cada uno era una herramienta de uso frecuente, no una pieza de adorno. Julius reconoció, en esa disposición, la señal inequívoca de un hombre que no temía apartarse de lo convencional cuando la búsqueda de conocimiento lo exigía.

El doctor Lemoine lo recibió con una inclinación medida de cabeza, el tipo de saludo que no denotaba frialdad, sino un aprecio controlado, propio de dos hombres que se reconocen mutuamente como iguales.

—Grey —dijo con voz grave, acentuada por un timbre extranjero—. ¿Cómo están sus pacientes de Londres?

—En su mayoría, con buena fortuna —respondió Julius, dejando el sombrero sobre una silla cercana—. Una joven doncella con fiebre tifoidea logró superar la crisis; la piel recobró el color y el pulso volvió a la firmeza en menos de una semana. Y un comerciante con una infección grave en la pierna pudo evitar la amputación.

Lemoine asintió sin alabarlo ni mostrarse sorprendido; la competencia en la medicina exigía resultados, no admiración. El intercambio fue breve, pero cargado de ese reconocimiento tácito entre hombres habituados a caminar sobre el filo entre la curación y la pérdida. Sin embargo, ambos sabían que la verdadera razón de la visita aún no había sido pronunciada.

El despacho del Dr. Émile Lemoine parecía una mezcla entre un santuario de sabiduría y un gabinete de curiosidades. La tenue luz grisácea de la tarde escocesa se filtraba a través de los ventanales altos y enrejados, proyectando sobre las estanterías una danza de sombras alargadas que se estiraban lentamente con el paso del tiempo. El aire estaba impregnado con el aroma terroso del té negro recién servido y un leve dejo de papel antiguo, polvoriento, de los libros que apilaban hasta el techo.

Lemoine, de porte severo y una calma que parecía tallada en piedra, levantó con lentitud la taza entre sus dedos huesudos y la giró suavemente, como quien guarda un secreto.

—Ha pasado más de una semana desde que intercambiamos cartas, doctor Grey —musitó finalmente, la voz grave y suave, como el eco de un susurro que busca no ser malinterpretado—. Desde entonces he reflexionado mucho sobre su paciente y las observaciones que me compartió. ¿Encontró usted en mis palabras la guía que esperaba, o sólo un campo de preguntas aún por explorar?

Julius sostuvo la mirada y bebió un sorbo de té antes de responder con mesura.

—Su carta, Émile, fue un faro en una noche particularmente densa. Sus observaciones no solo me han ayudado a ordenar lo que parecía caos, sino que también han profundizado la inquietud que me impulsa a buscar más allá de lo evidente.

Lemoine cerró los ojos un instante, luego los abrió para mirarlo con una mezcla de complicidad y prudencia.

—Hablar de límites, doctor, es una forma elegante de nombrar aquello que la ciencia teme tocar. Su paciente, ¿qué más puede contarme? La frontera entre lo conocido y lo insondable se hace borrosa cuando las percepciones se entretejen con la realidad.

Julius tomó aire con la precisión de un cirujano, liberando las palabras en un ritmo medido.

—La paciente mantiene una coherencia mental inquebrantable, a pesar de las distorsiones que describió. No hay delirios, ni pérdida del juicio. Lo que experimenta es un fenómeno selectivo, un velo que se levanta solo parcialmente y que parece revelar más de lo que oculta. El miedo que profesa no es un espasmo irracional, sino una sombra constante, tenue, como si presintiera algo que escapa a su comprensión.

Lemoine esbozó una leve sonrisa, apenas perceptible, y se levantó para llenar las delicadas tazas nuevamente.

—Ese umbral, esa puerta entre sueños y realidad… no es un terreno vedado solo para los poetas o los locos. Hay quienes caminan por ahí con los ojos abiertos, conscientes de los límites difusos.




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