Cáliz de Sangre

Capítulo LXXXVII

El vestíbulo de la residencia Everleigh parecía haber despertado de un letargo prolongado. La luz de los candelabros no era más intensa que otras veces, pero sí más cuidada, más consciente de sí misma, como si cada llama hubiese sido encendida con deliberación. Las alfombras cubrían nuevamente el mármol, amortiguando los pasos y devolviendo al espacio una solemnidad que durante años había permanecido suspendida, no perdida, apenas contenida.

Había más movimiento del habitual. Criados que no formaban parte del servicio regular cruzaban los pasillos con bandejas firmes entre las manos, y el aire, cargado de especias y carnes calientes, desplazaba sin esfuerzo el recuerdo de mesas frugales y salones demasiado silenciosos. La casa no parecía distinta en esencia, pero sí más despierta, como si hubiese decidido volver a mostrarse. En el salón principal, los sillones habían recuperado su lugar bajo la luz, y las cortinas pesadas caían con un peso casi teatral a ambos lados de los ventanales, aislando el interior del rigor exterior. Las superficies brillaban con un cuidado reciente, no ostentoso, pero evidente, y las piezas decorativas —aquellas que durante un tiempo habían desaparecido discretamente— volvían a estar allí, integradas al conjunto como si nunca hubiesen sido removidas.

Los Everleigh acompañaban ese renacer con igual precisión. Nicholas vestía telas nuevas, de corte sobrio y estructura impecable, que reforzaban su porte sin necesidad de exhibición. Rose, por su parte, se movía entre los invitados con una elegancia contenida, envuelta en tejidos ricos y profundos, adornada con joyas que no buscaban llamar la atención, pero que inevitablemente la retenían.

La velada avanzaba envuelta en murmullos, en el roce de las telas y en el brillo constante de las copas. No había triunfalismo en el ambiente, pero sí una voluntad clara de presencia. La residencia volvía a llenarse de nombres, de miradas atentas y de gestos medidos, recordando a todos —sin decirlo— que los Everleigh seguían allí.

Volvían a abrir sus puertas al mundo, y lo hacían con una elegancia que no pedía permiso ni ofrecía disculpas.

Charles descendió las escaleras con una sensación incómoda que no lograba ordenar del todo. No era la inquietud habitual de quien se expone en sociedad ni el cálculo aprendido tras años de cumplir expectativas ajenas. Aquella tarde, la tensión se le instalaba de otro modo: más baja, más persistente, como un murmullo que no cesaba.

Durante días había cuidado su cuerpo con una disciplina silenciosa, no por vanidad, sino por una necesidad difícil de nombrar. Dormir lo suficiente, moderar el esfuerzo físico, evitar cualquier exceso que lo endureciera o lo volviera tosco. Quería verse correcto, sí, pero también accesible. Humano. Agradable.

La velada avanzaba según lo previsto. Conversaciones educadas, risas contenidas, el murmullo constante de voces que llenaba el salón. Charles participaba cuando era requerido, respondía con cortesía, asentía en los momentos correctos. Sin embargo, por dentro, Charles sentía que algo no terminaba de encajar, como una frase interrumpida que esperaba su cierre. Eleanor no estaba allí. Aun así, su ausencia no era una idea abstracta, sino una presencia constante, casi tangible, que se le imponía cada vez que las puertas se abrían para recibir nuevos invitados. En más de una ocasión, alzó la mirada sin pensarlo, con la expectativa involuntaria de verla aparecer entre las figuras que avanzaban envueltas en murmullos y perfumes.

Cada tanto se llevaba la mano al pañuelo, que descansaba en el bolsillo del chaleco, lo acomodaba sin necesitarlo realmente, o ajustaba los guantes con un cuidado excesivo. La postura seguía siendo impecable, pero él mismo tenía la sensación de estar fuera de eje. Y en esa repetición silenciosa —mirar, esperar, constatar la ausencia— algo se le iba tensando por dentro. No sabía el motivo de su retiro ni cuánto duraría. Solo sabía que habían pasado días desde la última vez que la había visto, y que esa falta comenzaba a pesarle más de lo que estaba dispuesto a reconocer.

Había querido acercarse a Eleanor sin prisa, sin imposición, sin reproducir gestos que ya no sentía propios. No como heredero, no como partido conveniente, sino como hombre. Y esa intención —tan clara en su mente— lo desarmaba más de lo que estaba dispuesto a admitir. Lo dejaba extrañamente expuesto.

Rose lo observaba desde cierta distancia. Lo conocía demasiado bien para no advertirlo. No hizo preguntas inmediatas. Esperó. Lo vio distraerse apenas, perder el hilo de una conversación, volver a mirar hacia la entrada más de las veces que se atrevería a contar las veces que vio así a su hijo. Cuando se acercó, lo hizo con naturalidad, como si solo fuera una madre corrigiendo un detalle menor en medio de la velada.

—Estás inquieto —dijo en voz baja, acomodándole apenas la manga—. Y eso no es habitual en ti.

Charles esbozó una sonrisa breve, que no logró sostener.

—¿Estás segura de que todas las invitaciones se enviaron correctamente? —preguntó, aunque sabía la respuesta—. A veces… a veces un error mínimo—

—Las escribí yo misma —lo interrumpió con suavidad—. Cada una. No hubo equivocaciones.

Él asintió, pero volvió a llevarse el pañuelo al rostro, apenas, como si el aire del salón le resultara de pronto más denso.

—Madre… —dudó un instante—. ¿Crees que Lady Beatrice aceptaría recibirme?

Rose lo miró con atención, sin sorpresa, sin juicio.




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