Cáliz de Sangre

Capítulo LXXXVIII

La fresca brisa sonrosaba las mejillas de Eleanor, mientras realizaba su paseo matutino. Un tono plomizo cubría el cielo y las copas —amarillentas, anaranjadas y rojizas—, de los arboles sentenciaban el final del verano. Caminaba a paso medido, sin un trayecto definido, alejándose de la insípida quietud de la mansión.

Las flores resistían en tonos apagados, las macetas de camelias, fucsias y jazmines, fueron retiradas y llevadas al invernadero. Los senderos estaban abarrotados de crisantemos y asters, y entre setos y laureles, Eleanor, se encontraba perdida en la profundidad de su mente. Desde aquella noche, no volvió a hablar con su padre, ambos tenían un acuerdo —no tácito—donde fingían no saber la existencia del otro. En cambio, Beatrice intentó más de una vez reconciliarse con su hija; fue recién después de insistir hasta el cansancio que Eleanor le devolvió la palabra y la miró a los ojos.

Cuando llegó a la glorieta, subió los escalones y se resguardó, allí dejó descansar el paraguas en una columna. Con un leve suspiro, se sentó en una silla de hierro, y se permitió aflojar la postura —sintiendo el frío del metal ascendiendo por la espalda— por primera vez en semanas. Admiró el nuevo paisaje, y no pudo evitar sonreír levemente al ver los montículos de hojas en los rincones. Una suave nostalgia la abrazó al recordar su infancia, siempre esperando ésta época del año para saltar entre montones de hojas, tomarlas y lanzarlas, esperando que la brisa húmeda las hiciera danzar lejos de allí. Se había ganado el recelo del jardinero Jenkins, aunque con el tiempo, su ceño fruncido cedió, y a veces, a escondidas de los condes, la ayudaba a saltar sobre aquellos cúmulos.

«Todo parecía tan sencillo.»

Con el pasar de las semanas, sus días se habían vuelto monótonos, cumplía con sus obligaciones al pie de la letra, se sentía un reloj perfectamente calibrado. Un desfile de tutores se desplegaba por los pasillos de aquella residencia, misma vestimenta, mismo tono de voz, incluso mismo regaño al no prestar atención. Eleanor podía descifrar de quién se trataba, con tan solo escuchar sus pasos por el pasillo antes de anunciarse.

Los eventos sociales —las cenas, las tardes de té, las obras de caridad, las carreras de caballos—, parecían un lejano y vago eco; los primeros días no lo sintió como un castigo, el alivio de no sentirse evaluada y medida constantemente, fue como un suspiro para el alma. Pero la extrema tranquilidad de la rutina la hizo cambiar de opinión. La idea de poder medir con una regla sus actividades, era una tortura. Más de una vez se sorprendió a si misma pensando fingir una dolencia, sus padres no tendrían más remedio que llamar al Dr. Grey, y por fin, podría ver un rostro diferente. Pero Marion, muy persuasiva, le aconsejó que no sería prudente mentir con algo tan preocupante, y sería poco apropiado en meter en problemas al galeno. Se desataría un escándalo si se supiera que se trataba de una farsa, podría dar lugar a interpretaciones erróneas.

Sintió un nudo en el pecho, que pesaba como el plomo, cada vez que repasaba en su mente aquella conversación con Lord Thornecroft. Barrió con la mirada cada escultura, fuente y puente del jardín.

«…tenían un imponente castillo de piedra, con torres que desafiaban las tormentas. Jardines llenos de rosales y jazmines, incluso en inviernos crueles. Un río artificial que atravesaba la tierra como venas tranquilas, sobre los cual se tendía un puente estrecho de piedra gastada. Y en el interior, tapices que guardaban historias que muy pocos conocían, candelabros pesados y alfombras que apagaban cualquier ruido…»

Eleanor cerró los ojos y trató de recordar aquellos sueños. Pasillos extensos, con paredes de piedra fría y pisos de madera oscura. Jardines de setos ordenados, rosales y jazmines, senderos de tierra y el murmullo constante de la fuente. Todo permanecía intacto en su memoria; tenía la sensación de que, si se lo permitía, podría sumergirse en ese recuerdo y volver a caminar por esos lugares.

Cuando abrió los ojos, el jardín se le impuso con su presencia concreta y silenciosa. El aire otoñal era frío, más sobrio que el de sus sueños, pero no lo suficiente como para disiparlos del todo. Permaneció sentada unos instantes más, observando con mayor detenimiento, como si recién ahora se autorizara a observar. Finalmente se levantó. No hubo una decisión clara, solo el impulso de moverse, de recorrer. Tomó el sendero con paso lento, reconociendo cada tramo y, al mismo tiempo, sintiendo que algo no encajaba del todo. La familiaridad ya no resultaba tranquilizadora; por el contrario, parecía invitar a la comparación constante.

Su mirada se detuvo en una estatua cuya silueta recordaba con nitidez. En sus sueños, la piedra era firme, los rasgos definidos. Ahora, el rostro estaba suavizado por el desgaste, surcado de pequeñas grietas, como si el tiempo hubiese limado parte de su intención original. Más adelante, la fuente presentaba una estructura que le resultaba inquietantemente ambigua: había algo en su base que parecía más antiguo que el resto, como si hubiese sido reconstruida sobre cimientos previos. Buscó el río sin darse cuenta. Su mirada recorrió el terreno, los desniveles suaves, la disposición de los arbustos, el espacio abierto donde, en su memoria, el agua corría de manera serena. No había cauce. Solo tierra cubierta de vegetación, flores y arbustos cuidadosamente dispuestos, como si alguien hubiera decidido borrar esa parte del jardín y reemplazarla por una versión más ordenada, más aceptable.

Reflexionó. Los jardines cambian. Las residencias se reforman. Las generaciones reescriben los espacios según sus propias necesidades. Y, sin embargo, la sensación persistía. No era solo que algo faltara, sino que algo había sido desplazado. Continuó caminando. El murmullo de la fuente quedó atrás, diluyéndose hasta desaparecer, reemplazado por un silencio más espeso, apenas interrumpido por el crujido de las hojas secas bajo sus pasos. Fue entonces cuando escuchó algo a lo lejos. Se quedó inmóvil, atenta, por un momento y volvió a oírlo.




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