Eleanor caminó lentamente dejando que el aire cálido de una chimenea encendida la envolviera. El fuego ardía bajo, suficiente para templar el frío que provenía de afuera, y proyectaba sombras lentas sobre los muros cubiertos por tapices. Sus ojos barrieron el lugar. Entre el follaje bordado —jazmines de pétalos pálidos, enredaderas oscuras— asomaban mariposas blancas y otras de un azul apagado, casi ocultas, como si hubieran sido pensadas para ser descubiertas con el tiempo y no a primera vista. La cama, elevada y severa, dominaba el espacio bajo su dosel de telas gruesas; las columnas de roble estaban talladas con motivos florales gastados por los años, y las cortinas caían pesadas, reteniendo el calor y el silencio.
«¿Dónde estoy?»
Al otro extremo de la habitación, el tocador se recortaba contra la pared, apenas iluminado por el reflejo del fuego. Sobre la superficie descansaba un cuaderno abierto. Eleanor avanzó hacia él sin prisa, más por inercia que por decisión consciente.
El contacto inesperado con algo blando bajo sus pies descalzos la detuvo en seco. Bajó la mirada. Una piel de oso cubría parte del suelo, extendida frente al tocador, y conservaba aún un olor tenue, húmedo, que remitía al bosque. Retrocedió un paso y la bordeó con cuidado antes de llegar finalmente al mueble. Se inclinó sobre el cuaderno, rozó la página con los dedos, pero no alcanzó a leer una sola línea. La puerta se abrió a su espalda, sin anuncio previo.
—¿En dónde te habías metido? —cuestionó la mujer con desaprobación, mientras cerraba la puerta.
—¿Perdón? —dijo Eleanor confundida.
La mujer, desbordada de furia, avanzó con paso firme. Alzó la mano y abofeteó a la joven. El impacto resonó en la habitación, el sepulcral silencio fue inmediato. Eleanor llevó su mano a la mejilla, que poco a poco adquirió una tonalidad rosada y un ardor que se propagaba por el pómulo. Cerró los ojos por un momento, resguardando sus lágrimas con una fuerza casi insana, por alguna razón que desconocía, no iba a permitirse llorar frente a esa mujer que ni si quiera conocía.
—¿Cómo te atreves a dejarnos en vergüenza?
Eleanor no respondió, abrió los ojos y levantó la mirada apenas y fue cuando el espejo frente a ella, le devolvió un rostro que no era el suyo, pero que bien conocía. No había sorpresa, pero sí una certeza que terminaba de encajar.
«¿Así te han tratado?»
El silencio fue intolerable para la matriarca. La tomó de los hombros y la sacudió con violencia, una sola vez, lo suficiente como para obligarla a reaccionar.
—¿Me estás escuchando? ¡Te estoy hablando, Catherine!
La postura de la joven se irguió más de lo siempre esperado y su semblante se endureció. El ardor en la mejilla seguía ahí, pero no retrocedió.
—¿Sabes lo que has hecho? —continuó la mujer, con la voz baja, contenida—. Dejaste una mesa entera esperando por ti. Los Thornecroft ahora dudan de nuestro nombre.
Catherine sostuvo la mirada sin responder. Un velo de culpa y remordimiento cubrió sus ojos azules, como una turbulenta marea en altamar en una noche de tormenta.
—No era una cena cualquiera —añadió la madre—. Era un acuerdo. Y tú lo deshonraste.
—Ya no soy una niña, madre —dijo en su defensa la muchacha—. No necesito que me recuerdes mi deber.
El semblante de la progenitora se ensombreció, dio unos pasos, invadiendo el espacio personal de su hija y la tomó con firmeza del antebrazo.
—No sé quién te has creído, tu padre y yo no te hemos educado de esta forma.
—Es verdad, fueron la nodriza, las criadas, la institutriz y los tutores quienes hicieron ese trabajo.
El rostro de la matriarca se congeló, sus dedos apretaron con fuerza sobre el brazo de Catherine, casi clavándole las uñas en la piel.
—No permitiré que me hables de esa forma, jovencita ¡No toleraré esa actitud en mi casa! —sentenció—¿De quién has aprendido ese comportamiento tan insolente…?
Se quedó callada de golpe, como si una pieza empezara a encajar en su lugar, los actos de rebeldía repentinos, el cuestionamiento de la tradición, imponerse a la autoridad, las misteriosas ausencias a la hora del té y en paseos campestres. Todo comenzó desde aquél almuerzo con los Thornecroft y los Beaufort… con sus invitados peculiares.
—Te has estado viendo con… con ese extranjero —la palabra brotó con asco de sus labios— ¿Cómo has podido dejar que te corrompiera ese libertino francés?
—¡Él no es libertino, madre! Es inteligente, encantador, me respeta y escucha cuando hablo. Creo que me ama —un brillo parecido al firmamento cubrió sus ojos, apenas mencionarlo.
La mujer soltó con fuerza a su hija, lo suficiente para hacerla retroceder.
—¡Te ha llenado la cabeza de ideas erróneas! Jamás te he escuchado mencionar la palabra “amor”, hasta hace unos meses. Te… te —buscó las palabras que hasta entonces había evitado pronunciar—¡Te ha embrujado! Llamaré al clérigo.
—¡Madre! No estoy embrujada —intentó calmarla, tomándola del brazo suavemente—Lo amo, de verdad.
—¿Amor? ¡Claro que no!
—Pero, madre…
La condesa cubrió la boca de Catherine, en un intento desesperado en ahogar esas palabras. Como si silenciarla, fuera suficiente para que todo ese embrollo desapareciera.