El repiqueteo de las gotas sobre las ventanas era apaciguado por los murmullos constantes de aquel salón privado, donde los criados servían copas de vino y vasos de brandy, ginebra y whiskey escocés. El humo de los habanos importados ascendía en espirales lentas, retenido bajo el artesonado oscuro. Allí, la filosofía, la política y la economía eran el eje de las conversaciones; el progreso parecía imponerse con mayor eficacia que cualquier tratado de paz entre estatus sociales.
Henry miraba la sala de fumadores con cierto brillo de orgullo en los ojos. Miembros de las casas más refinadas y prestigiosas de Inglaterra conversaban amenamente con los burgueses más influyentes de la nación, aquellos que habían apostado por el futuro y el crecimiento del país —abogados, banqueros, ingenieros, empresarios y médicos—. Todos convivían por un único propósito: negocios. El prejuicio caprichoso había quedado puertas afuera, mientras que el interés, beneficioso, creaba conexiones entre hombres y no títulos.
En un rincón discreto, apartado del centro del bullicio, Nicholas estaba sentado en un sillón de respaldo alto, buscando un poco de privacidad, sin aislarse completamente del evento. Hizo bailar el líquido cobrizo de su vaso entre los dedos. Estaba absorto en sus pensamientos, cuando escuchó que uno de los sillones a su lado chirrió suavemente. Levantó ligeramente la vista y alzó su vaso, en un gesto de cortesía. Henry devolvió el saludo silencioso y se relajó al tomar un habano de la caja que descansaba sobre la mesa auxiliar. Ninguno de los dos habló de inmediato; disfrutaban del reconocimiento mutuo y de haber dejado atrás las diferencias que los habían distanciado.
La calma no se prolongó demasiado. Un criado se acercó para ofrecerles fuego y, cuando volvió a retirarse, Nicholas decidió romper el silencio.
—Vaya… quién diría que burguesía y aristocracia podrían compartir una conversación intrigante y algunos tragos.
—Cuando el hombre prioriza lo que realmente importa, la sangre y la cuna dejan de dictar el camino —asintió Henry, mientras barría el lugar con la mirada.
Nicholas dio un sorbo lento a su vaso antes de hablar, como si midiera el peso de sus palabras.
—Curioso —comentó, con una leve inclinación de cabeza hacia la sala—. En reuniones como esta uno se da cuenta de lo rápido que cambia el mundo… y de lo poco que cambian ciertas expectativas.
Henry exhaló una bocanada de humo, sin apartar la mirada del salón.
—Las expectativas no cambian porque siguen siendo necesarias.
—Tal vez —concedió Nicholas—. Pero la paciencia de la juventud no suele acompañarlas.
El silencio que siguió no fue incómodo. Nicholas dejó pasar unos segundos más antes de continuar.
—Lady Eleanor ha estado retirada un tiempo considerable —añadió, con aparente ligereza—. Imagino que no ha sido fácil para ella.
Henry giró apenas el rostro, lo justo para mirarlo.
—Era necesario.
—No lo dudo —respondió Nicholas, sin discutir—. Solo me pregunto si el aprendizaje no ha cumplido ya su propósito. Después de todo… el aislamiento prolongado rara vez beneficia la reputación de una joven.
Henry entrecerró los ojos, pensativo.
—¿A qué viene todo esto, Nicholas?
El marqués dejó el vaso en la mesa auxiliar y acomodó el cuerpo en el sillón, con la parsimonia de quien no tiene prisa. Dio una calada lenta al habano antes de hablar.
—El resguardo prolongado suele ser eficaz… en su justa medida —comentó, dejando escapar el humo con calma—. Más allá de eso, el silencio también tiene la mala costumbre de volverse olvido.
Henry no respondió de inmediato. Permaneció inmóvil, atento.
—Las casas observan —continuó Nicholas, sin mirarlo—. Incluso cuando aparentan no hacerlo.
—Mi hija no está en exhibición —replicó Henry, con tono firme, aunque sin dureza.
—Desde luego que no —concedió Nicholas—. Pero el mundo rara vez distingue entre prudencia y ausencia.
El conde entornó los ojos apenas.
—¿A dónde quiere llegar?
Nicholas inclinó la cabeza, como si midiera cuánto decir.
—A que quizá una presencia adecuada, discreta… pueda restablecer ciertos equilibrios sin invalidar la lección aprendida —respondió—. Alguien que conozca la casa. Alguien de confianza.
Hizo una breve pausa, casi casual.
—Charles siempre ha tenido un sincero aprecio por Lady Eleanor.
—He oído algunos comentarios al respecto —expresó Henry con calma—. Nada que no pueda evaluarse en su debido momento.
* * *
El carruaje avanzaba con lentitud por el camino embarrado, sacudiéndose apenas a cada irregularidad del terreno. Las ruedas hundían sus bordes en la tierra húmeda, arrancando un sonido sordo y persistente que se mezclaba con el golpeteo de la lluvia sobre el techo de madera. Afuera, la noche se extendía espesa, apenas recortada por la silueta de los árboles desnudos y el vaho bajo que flotaba sobre el campo.
Dentro, una mano enguantada descansaba sobre el bastón, mientras la otra se apoyaba cerca de la ventanilla, como si buscara distinguir algo entre la penumbra. La brisa fresca se filtraba por las rendijas, cargada de humedad y hojas mojadas. No había prisa, pero sí una tensión contenida, una expectativa que no necesitaba movimiento para hacerse notar. Cuando el carruaje se detuvo frente a la residencia Whitemore, el lacayo descendió primero y abrió la portezuela con rapidez. Un paraguas negro se desplegó bajo la lluvia. Él bajó con calma, el abrigo oscuro delineando su porte alto, y avanzó hacia la entrada sin mirar atrás.