Cáliz de Sangre

Capítulo XCI

Marion bajó del carruaje con ayuda del cochero, el vestido de Lady Beatrice descansaba delicadamente en sus manos, envuelto en papel de seda y muselina, atado con un fino cordel. Se procuró no estrujar la prenda mientras caminaba hacia la puerta principal, cuando se encontró con un joven que, paquete en mano, estaba a punto de llamar.

Éste se percató de su presencia y con una educada inclinación habló:

—Buenas tardes, señorita. Traigo correspondencia.

—Oh… llamaré al mayordomo para que se haga cargo —sonrió mientras abría la puerta.

—Dígale que es para Lady Eleanor, es de vital importancia.

La doncella volvió en sus pasos y miró de frente al mensajero.

—¿Para Lady Eleanor dijo?

—En efecto.

—¿Quién lo envía?

El emisario se quedó callado por un momento, meditando si le correspondía responder. Marion notó la indecisión en sus ojos, barrió con la mirada a los alrededores; con un movimiento discreto sacó una pequeña bolsa de libras esterlinas y la deslizó en el bolsillo de su abrigo. El joven se quedó atónito, esbozó una sonrisa inmediata.

—De parte del Dr. Grey, señorita. Dijo que no debía demorarse, señorita.

—¡Qué oportuno! —expresó Marion, con entusiasmo tomando el paquete—. Haré que le llegue de inmediato, gracias.

—Pero… dijo que el mayordomo…

—Está muy ocupado, yo me encargaré, gracias y que tenga buena tarde —afirmó con dulzura y educación controlada.

Marion cerró la puerta con suavidad, dejó el vestido sobre la consola. Evadió al resto de la servidumbre y subió por las escaleras de servicio hasta la habitación de su amiga. Frente a la puerta tocó ligeramente, no hubo respuesta.

—¿Ellie? —susurró mientras posaba la mano en el picaporte— ¿Estás aquí?

Asomó la cabeza apenas y observó el interior. Todo estaba en calma y orden, las llamas de las velas danzaban junto con las cortinas, por la brisa fresca y húmeda que entraba por el balcón. Marion entró en silencio y se acercó con pasos livianos.

—¿Ellie? —preguntó esta vez más alto.

Una sombra se movió por el balcón, la doncella se acercó, tomó entre los dedos la fina cortina, cuando la puerta de la habitación se abrió con delicadeza. Eleanor se percató de su amiga al instante, el libro en su mano y las gotas de lluvia en su cabello, delataban una lectura concentrada en los jardines, que fue interrumpida por la lluvia.

—¿Marie? —dijo con extrañeza— ¿Sucede algo?

Marion volvió la mirada al balcón, sin rastro alguno de aquella sombra, decidió no darle importancia acercándose a Eleanor con las manos extendidas hacia adelante con el paquete.

—Llegó esto para ti.

—¿Para mí? Creí que mi correspondencia era delegada al despacho de mi padre.

Eleanor miró a su amiga por un momento y ésta sonrió de repente, sin fingir confusión, confirmaba las sospechas de la noble.

—¡Marion, puedes meterte en problemas! —susurró, con preocupación genuina—. No puedes simplemente desobedecer las órdenes de mi padre.

—¡Lo sé! Pero no podía dejar que este paquete no llegara a tus manos —la doncella dejó la correspondencia sobre el tocador y tomó las manos de Eleanor—. Esto es importante, te ha estado ayudando, no puedo ignorarlo y fingir que no me importa. Tú me importas, Ellie.

—¿Importante? ¿Quién es el remitente?

—Es del Dr. Grey —murmuró, después de suspirar—. El mensajero mencionó, que el doctor le dijo que era muy importante para ti.

Eleanor siguió la dirección de la mirada de Marion hasta el tocador. El paquete descansaba allí, discreto, casi fuera de lugar entre sus pertenencias. Volvió los ojos a su amiga y, por un instante, no supo qué decir.

—Gracias —murmuró al fin—. Si no fuera por ti, jamás me habría enterado.

Marion apretó un poco más sus manos.

—Después de todo por lo que has pasado… no iba a quedarme de brazos cruzados.

Eleanor bajó la mirada un segundo, conmovida.

—Gracias, Marion. Te debo más de lo que puedo decir.

Marion esbozó una sonrisa breve, cómplice.

—Entonces no digas nada. Solo… ten cuidado.

Se separó despacio y, sin añadir palabra, salió de la habitación, dejando a Eleanor sola con el silencio, la lluvia contra los cristales y aquello que aguardaba sobre el tocador.

Eleanor se quedó inmóvil por un momento, la mirada clavada en el paquete, con el asomo apenas perceptible de una inquietud que comenzaba a asentarse en ella. La joven se aproximó con paso medido hasta el tocador. Con manos temblorosas observó la correspondencia y acarició con la yema de los dedos el papel marrón que envolvía el contenido con evidente esmero. Tomó el sobre que estaba atado con un cordel, acarició el sello de lacre de tono acero, con el grabado de una «G» ornamentada; lo retiró con cuidado, procurando no dañar el sobre y extendió la carta.

Querida Lady Eleanor:




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