Eleanor permaneció sentada frente al escritorio, con la espalda apenas encorvada y los hombros tensos, con el peso de las horas pasadas adheridas al cuerpo. Los libros descansaban abiertos y cerrados sin orden, algunos apilados de forma torpe, otros abandonados allí donde los había dejado al perder la paciencia. Ya no leía. No desde hacía un buen rato.
Con un gesto lento, fue cerrando uno por uno los volúmenes, clausurando la esperanza que había depositado en ellos. Los acomodó a un lado del escritorio, sin demasiado cuidado. El sonido seco de las tapas al tocar la madera le resultó extrañamente definitivo. Alzó la vista hacia el reloj de péndulo. Era tarde, más de lo que había previsto, y sin embargo no sentía sueño. Solo una mezcla incómoda de agotamiento y desasosiego, esa sensación de haber buscado con empeño algo que se resiste a ser encontrado.
Apoyó los antebrazos sobre la superficie del escritorio y dejó escapar el aire despacio. Luego deslizó los libros aún un poco más lejos, despejando el espacio, y atrajo hacia sí su diario. Dudó apenas un segundo antes de abrirlo por la última página escrita. Mojó la pluma en el tintero y, tras acomodarse en la silla, comenzó a escribir.
Aguardaba encontrar respuestas. O al menos indicios. Algo que justificara lo que he visto, lo que he sentido, sin tener que recurrir a explicaciones que me resultan inverosímiles incluso al pensarlas. Los tratados son claros, meticulosos, precisos. Y, aun así, no dicen nada de lo que busco. No porque nieguen lo posible, sino porque parecen ignorarlo por completo.
Se detuvo un instante. Giró la muñeca, intentando aliviar la rigidez, y continuó.
Tal vez he depositado demasiada expectativa en páginas que jamás prometieron comprenderlo todo. Tal vez la decepción sea mía y no de los libros.
No puedo dejar de pensar en el doctor Grey. En el cuidado con el que ha elegido estos volúmenes. En la discreción con la que me los ha hecho llegar, aun sabiendo lo que podría arriesgar si alguien lo supiera. No me ha cuestionado. No ha insinuado exageraciones ni desvaríos. Me escucha. Me toma en serio. Y eso… eso no es algo menor.
Quizás por eso lamento tanto no haber hallado aquí lo que buscaba. No por mí solamente, sino porque alguien ha puesto tiempo y consideración en ayudarme, sin exigir nada a cambio.
Eleanor dejó la pluma suspendida unos segundos sobre el papel. No porque no supiera qué escribir, sino porque sabía exactamente hacia dónde la llevaría ese pensamiento. Se recostó apenas contra el respaldo de la silla, cerró los ojos un instante y dejó que las imágenes volvieran sin resistencia. No eran recuerdos aislados, sino fragmentos que se insistían, que regresaban una y otra vez con una claridad incómoda.
Volvió a inclinarse sobre el escritorio. La pluma descendió.
Hay cosas que no logro apartar de mi mente, por más que me lo proponga. No son suposiciones ni fantasías. Son escenas concretas. Momentos breves, casi insignificantes para cualquiera que no haya estado allí. Para mí, en cambio, persisten con una nitidez que me inquieta. Su presencia no es ordinaria. No lo ha sido nunca, aunque durante mucho tiempo me esforcé por creer que sí.
Hay gestos suyos que no sé explicar. La manera en que se mueve sin ser notado. Cómo puede estar a mi lado un instante y, al siguiente, hallarse a varios pasos de distancia sin que yo recuerde haberlo visto alejarse. Sus manos… frías en ocasiones, de una frialdad que no coincide con la temperatura del ambiente. Y otras veces no. Como si su cuerpo no obedeciera siempre a las mismas reglas.
Eleanor apretó un poco más los dedos alrededor de la pluma.
Lo vi una vez atrapar un objeto al vuelo —tan rápido que apenas pude seguir el movimiento— parecía que su cuerpo había reaccionado antes que su pensamiento. No miró. No dudó. Simplemente ocurrió.
Y están sus ojos. No siempre se ven iguales. Hay noches en que su mirada se vuelve más oscura, más intensa, con la certeza de que algo se concentraba detrás de ella. No es solo la luz. Estoy segura de que no lo es.
No sé qué pensar de todo esto. No encuentro en los libros nada que lo explique con claridad. No hablan de estas variaciones, de estos contrastes. Y, sin embargo, yo los he visto. Sé lo que vi.
La frase quedó sola, firme, en el centro del párrafo.
Y, sin embargo…
No puedo negar lo que me sucede cuando estoy cerca de él. No hay inquietud en esos momentos. No hay temor. Todo lo contrario. Cuando hablo, me escucha. No con condescendencia ni con esa paciencia impostada que suelen adoptar quienes creen saber más. Me escucha con reverencia y atención. Como si no fuera necesario justificar cada duda, cada pensamiento. No me ridiculiza.
A su lado no me siento observada como se observa a algo frágil. Tampoco como se evalúa algo que debe ser contenido. Me siento… libre. Es una sensación extraña, casi impropia. Por un instante, el mundo dejó de imponerme su forma y me permitió existir sin esfuerzo.
Y su cercanía… El modo en que se aproxima sin invadir. Cómo parece percibir exactamente hasta dónde puede llegar… y cuándo decide, aun así, cruzar ese límite.
El trazo se volvió más lento, más consciente.
No debería haber permitido que me besara. No debería haberlo deseado. Pero lo hice. Sentí el rubor subir a mi rostro antes incluso de que sus labios rozaran los míos. No por indignación, sino por la certeza de que aquello no me era ajeno. De que una parte de mí lo esperaba.