El amanecer se presentó sin ceremonia. Arrastrando consigo los restos de la noche anterior. Eleanor apenas había dormido. No recordaba en qué momento la vigilia se había confundido con el sueño, ni cuándo la oscuridad de la noche dio paso a la claridad de la mañana. Solo sabía que el día se le había vuelto más pesado que de costumbre.
Cumplió con sus obligaciones sin protestar —el desayuno, la breve lección de piano, el almuerzo en compañía de sus padres—, aunque su madre observó más de una vez el cansancio que intentaba disimular. Eleanor respondió con tranquilidad, restando importancia a su propio semblante, pero la fatiga persistía bajo la superficie, silenciosa.
La tarde cayó apenas diluida en una luz grisácea que parecía extenderse desde el cielo hasta los cristales de la orangery. Eleanor se refugió allí después de cumplir con las obligaciones del día, buscando un espacio donde el murmullo de la casa no alcanzara con tanta claridad. La lluvia descendía constante sobre los ventanales y resbalaba en hilos oblicuos que deformaban el jardín al otro lado, volviéndolo una pintura acuosa y lejana.
El techo, coronado por la claraboya central, dejaba entrar una claridad opaca que se depositaba justo sobre la mesa de hierro forjado. Bajo esa luz pálida, el juego de té aguardaba aún incompleto. Los naranjos en macetas altas desprendían un aroma leve, apenas perceptible, mezclado con el olor húmedo que entraba por una ventana superior entreabierta. El aire era fresco, pero no incómodo.
Eleanor tomó asiento con una lentitud que no era propia del cansancio físico, sino de una mente demasiado despierta. La lluvia, el recuerdo del sótano, el retrato de Margaret, todo parecía superponerse en un murmullo persistente que no le concedía tregua.
Un criado apareció en silencio, empujando con cuidado la puerta acristalada. Llevaba una bandeja de plata cubierta con una campana y la depositó con discreción sobre la mesa. Eleanor inclinó la cabeza en señal de agradecimiento, ofreciendo una sonrisa tenue que no alcanzó a iluminar del todo su expresión. El sirviente retiró la campana y comenzó a disponer los elementos con orden preciso: primero la tetera de porcelana, luego el azucarero, las pinzas delicadas, una servilleta doblada con esmero. Colocó una taza frente a Eleanor. Ella asumió que aquello era todo.
Se incorporó ligeramente para servirse cuando el doméstico, en vez de retirarse, extendió el brazo una vez más y dejó una segunda taza al otro lado de la mesa. El gesto fue mínimo, casi imperceptible. Sin embargo, algo en el pulso de Eleanor vaciló. Alzó la vista con una leve extrañeza, pero el muchacho ya se retiraba con la misma discreción con la que había entrado.
La puerta volvió a abrirse instantes después. No hubo anuncio formal. Solo el sonido medido de pasos y la silueta de Charles Everleigh recortándose contra el umbral, con la humedad de la tarde aún prendida en el abrigo oscuro.
—Espero no importunarla, Lady Eleanor —anunció con una inclinación respetuosa—. Lord Whitemore ha tenido la amabilidad de concederme permiso para visitarla.
En sus manos llevaba una caja plana, atada con un lazo sobrio. No era ostentosa. Tampoco improvisada.
Eleanor parpadeó una vez, todavía sorprendida, y el leve desorden de su expresión reveló que aquella visita no había sido anticipada. Charles permaneció de pie un instante más, temeroso de haber interrumpido algo que no alcanzaba a nombrar. Luego avanzó apenas lo necesario y depositó la caja sobre la mesa, junto al servicio de té.
—He pasado por Gunter’s antes de venir —dijo con una naturalidad demasiado medida—. Pensé que… quizá le agradaría.
Sus dedos se demoraron un segundo sobre el lazo. El gesto breve revelaba una vacilación impropia de la seguridad que solía exhibir en sociedad. Eleanor observó la caja en silencio. El nombre de la confitería estaba ligado a recuerdos lejanos, celebraciones que el tiempo había vuelto borrosas.
—No era necesario, Lord Everleigh.
La formalidad de sus palabras no logró endurecer la suavidad de su voz.
—Lo sé —respondió él con una leve sonrisa—. Precisamente por eso lo hice.
La lluvia continuaba trazando líneas oblicuas sobre los cristales. Durante unos segundos, ninguno habló.
Charles respiró hondo antes de continuar.
—Recordé su quinto cumpleaños.
Eleanor alzó la vista, sorprendida.
—¿Mi quinto cumpleaños?
—Sí… —dijo él, y esta vez su voz perdió algo de compostura—. Fue en invierno. En esta casa. Había nevado la noche anterior… ¿lo recuerda?
Ella negó suavemente.
—Insistió en que el pastel fuese de chocolate y melaza. Y cuando lo trajeron, aseguró con absoluta convicción que ningún otro sabor volvería a gustarle jamás.
Una sombra de incredulidad cruzó el rostro de Eleanor.
—Yo no recuerdo haber sido tan categórica.
—Lo fue —respondió él con una sonrisa leve—. Y se enfadó porque encendieron demasiadas velas. Dijo que el calor arruinaría el glaseado.
Una risa suave escapó de Eleanor antes de que pudiera contenerla, se cubrió los labios con sus dedos al desviar la mirada. El sonido fue breve, pero bastó para modificar la atmósfera de la tarde.