Cáliz de Sangre

Capítulo XCIV

La lluvia llevaba horas cayendo sin violencia, pero con una persistencia que volvía gris cada rincón del jardín. Desde la ventana del gabinete privado, las hojas desprendidas de los arces se arremolinaban contra el hierro de la verja antes de dispersarse sobre el sendero húmedo. El vidrio empañado devolvía apenas el reflejo del interior. Henry permanecía de pie frente a la ventana, con una mano apoyada en el marco. No había encendido la chimenea. El aire era fresco, pero parecía no notarlo.

Beatrice entró sin anunciarse. Cerró la puerta con cuidado, evitando que el sonido interrumpiera el ritmo de la lluvia.

—No has bajado a almorzar —observó.

—No tenía apetito.

Su tono no era severo, sino firme, contenido.

Beatrice avanzó despacio hasta quedar a pocos pasos de él. Desde allí podía ver el perfil que conocía desde hacía más de veinte años; el mismo gesto rígido que adoptaba cuando intentaba convencerse de que estaba en lo correcto.

—Ha pasado suficiente tiempo —dijo con suavidad.

Henry no se volvió.

—El tiempo no corrige la desobediencia.

—No fue desobediencia.

Él giró apenas el rostro.

—Cuestionó decisiones que no le corresponden. Exigió respuestas que no le pertenecen.

—Exigió comprender su propia historia.

—Exigió invadir asuntos que están cerrados.

El conde endureció el gesto y cerró las manos en puños.

—Se antepuso a mi autoridad. Me habló como si tuviera derecho a interrogarme.

—¡Es su familia, Henry!

—¡Es mi responsabilidad protegerla de aquello que no necesita saber!

El eco de sus voces quedó suspendido entre ambos.

Henry respiró hondo.

—Es inadmisible. Si cedo ahora, ¿qué aprenderá?

Beatrice sostuvo el silencio unos segundos antes de responder. Sabía que no debía enfrentarlo desde la lógica. Henry no estaba razonando; estaba herido.

—Aprenderá que su padre no la castiga por querer entender.

Las hojas golpearon el vidrio con un murmullo seco.

—No quiero una hija que cuestione cada límite que establezco.

—No lo hace siempre.

—Lo hizo cuando debía callar.

—Lo hizo porque está intentando comprender qué significa llevar nuestro apellido.

La condesa suspiró con pesar.

—Yo tampoco quiero que cuestione todo lo que hacemos. Nadie quiere eso —respondió ella con una leve sonrisa que suavizó la frase—. Pero tampoco quisimos una hija sumisa por temor.

Henry la miró esta vez.

—No simplifiques.

—No lo hago. Le pediste que fuese digna del apellido Whitemore —expresó Beatrice con calma—. Que honrara el linaje. ¿Cómo esperas que lo haga si cada vez que pregunta por él, la haces callar?

Henry apretó la mandíbula.

—Hay cosas que deben permanecer donde están.

—Para ti.

—Para todos.

—Para ti —repitió ella con suavidad—. Ella no quiere escarbar por capricho. Quiere saber dónde pisar.

Beatrice dio un paso más, su voz bajó apenas.

—¿Recuerdas cuando insistías en visitarme sin anunciarte? Mi madre estaba convencida de que eras un imprudente.

Una sombra distinta cruzó el rostro de Henry.

—Eso fue diferente.

—¿Ah, sí? —Inclinó apenas la cabeza—. Entrabas por el jardín trasero. Una noche casi resbalas en el estanque.

El recuerdo arrancó en él una exhalación que no llegó a sonrisa, pero que ya no era dureza.

—Tenía veintitrés años —Se defendió el conde.

—Y estabas decidido a no obedecer.

El silencio volvió, pero menos tenso.

La matriarca desvió la mirada hacia el jardín un instante, como si buscara allí el punto exacto desde el cual continuar.

—Nos costó tenerla.

La frase no fue pronunciada con dramatismo. Fue un hecho.

Henry bajó la vista.

—Lo sé… —musitó con dolor.

—No lo digo para herirte —respondió Beatrice con suavidad.

Él asintió apenas, sin levantar la cabeza.

Beatrice apoyó la mano sobre el respaldo de una silla, manteniendo la compostura que la había acompañado incluso en los peores momentos de su vida.

—La primera vez pensé que no sobreviviría al dolor. La segunda… —se detuvo apenas— la segunda dejé de confiar en mi propio cuerpo.

Henry cerró los ojos un instante.

—No sigas —suplicó, reprimiendo con todas sus fuerzas las lágrimas que amenazaban en acumularse en sus ojos.

—Debo hacerlo.




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