Cáliz de Sangre

Capítulo XCV

La casa estaba en silencio cuando Eleanor regresó de la velada. El trayecto en carruaje había transcurrido entre palabras formales y miradas medidas, pero en cuanto cruzó el umbral de su habitación, el recuerdo del corredor volvió con una nitidez incómoda. No permitió que Marion la asistiera más allá de lo imprescindible; necesitaba la soledad para ordenar aquello que no lograba nombrar. El vestido ciruela quedó dispuesto con cuidado sobre una silla y, ya con la ropa de dormir, se recostó bajo el dosel sin molestarse en cerrar por completo las cortinas. La penumbra no la tranquilizó.

No podía apartar de su memoria la respuesta de Demian. No fue el contenido —una simple negación— lo que la perturbó, sino la transformación que la precedió. La calidez que lo caracterizaba se había retraído en un instante, dejando en su lugar una serenidad demasiado exacta, demasiado pulida.

«Si el nombre no le significaba nada, ¿por qué ese endurecimiento casi imperceptible?»

Demian no era hombre de vacilaciones torpes ni de incomodidades infantiles; jamás lo había visto retroceder ante una conversación difícil. Sin embargo, esa noche algo se cerró en él.

Eleanor giró sobre la almohada y fijó la vista en la tela suspendida sobre su cabeza. No podía seguir atribuyendo todo a su imaginación. Recordó el primer episodio con una claridad que ya no admitía eufemismos: el pasillo iluminado tenuemente, el espejo antiguo en el que se vio reflejada con un vestido que no reconocía y que, pese a ello, le resultaba familiar; el balcón abierto al jardín y aquellos ojos avellana observándola desde el jardín. No era la primera vez que los veía. Tampoco la única.

A esa imagen se superpusieron otras, igualmente vívidas: la biblioteca silenciosa donde compartían páginas y sonrisas contenidas; los jardines en los que unos brazos firmes la rodeaban por la espalda con una naturalidad que no le era ajena; el límite del bosque, la confesión pronunciada sin titubeos, la palabra amor dicha con una convicción que aún podía oír si cerraba los ojos. Ninguna de esas escenas tenía la textura confusa de un sueño. Eran coherentes, continuas, cargadas de una emoción que no se desvanece al despertar.

Se incorporó lentamente y llevó una mano a su pecho. Durante semanas se había permitido dudar, convencida de que quizá su mente, fatigada por lecturas y desvelos, tejía fantasías con demasiada facilidad. Pero el doctor Grey había sido categórico. No una vez, sino varias. No padecía delirio. No mostraba signos de demencia. Su juicio estaba intacto. Si él, con su experiencia y reputación, no había encontrado desorden en su entendimiento, entonces no podía seguir refugiándose en esa explicación cómoda.

Se levantó y caminó hasta el escritorio. Abrió el cajón lateral y extrajo la cuarta carta, aquella donde se mencionaban la fuente y los ojos avellana. La releía ahora con atención distinta, más exigente. Las palabras no habían cambiado; lo que cambiaba era su disposición a aceptarlas. Cuando terminó, dejó el papel sobre la superficie pulida y permaneció inmóvil unos segundos, respirando con lentitud.

«No estoy enferma. No estoy imaginando cosas.»

Al alzar la vista, sus ojos se detuvieron en el diario que aún no había abierto. Permanecía allí, discreto y silencioso, aguardaba desde hace unas noches ese momento exacto.

El diario estaba ligeramente apartado del resto de los objetos del escritorio. Eleanor extendió la mano y la retiró antes de alcanzarlo, consciente de una vacilación que no lograba explicar. No era temor, exactamente, sino la intuición de que abrirlo implicaría aceptar algo para lo cual aún no encontraba nombre.

Finalmente lo tomó.

El cuero oscuro de la cubierta estaba suavizado por el tiempo, agrietado apenas en los bordes, aunque sorprendentemente firme. No presentaba el deterioro que cabría esperar de un objeto tan antiguo; alguien lo había conservado con cuidado deliberado. Al deslizar los dedos sobre la superficie, percibió irregularidades casi imperceptibles, marcas dejadas por el uso constante más que por el abandono.

Lo acercó a la lámpara.

El cierre metálico había perdido parte de su brillo, pero aún funcionaba. Al abrirlo, el leve crujido del lomo quebró el silencio de la habitación. Las páginas, gruesas y ligeramente amarillentas, conservaban una textura distinta a la del papel moderno, más fibrosa, casi artesanal. El aroma tenue del pergamino envejecido ascendió con suavidad.

Eleanor pasó las primeras hojas sin detenerse.

Entre los textos aparecían dibujos realizados con tinta desvaída: paisajes, jardines, extensiones de campo que rara vez se mostraban completos. Casi todos estaban enmarcados por la misma estructura repetida una y otra vez: el contorno de una ventana. Los trazos reproducían con precisión el marco, las divisiones del vidrio, incluso la insinuación de cortinas recogidas a los lados. Más allá, siempre el exterior.

Eleanor frunció apenas el ceño. Aquellas imágenes transmitían una sensación extraña, difícil de definir. No eran estudios artísticos ni intentos decorativos; parecían ejercicios de contemplación paciente, como quien los hubiera dibujado hubiese pasado largas horas mirando hacia afuera sin poder salir. Comprendió entonces que no estaba sosteniendo únicamente un objeto antiguo, sino la intimidad de alguien que había vivido entre aquellas mismas paredes siglos atrás.

Varias páginas después, encontró una entrada escrita con mayor densidad. La tinta, aunque ligeramente desvanecida, conservaba una caligrafía firme y elegante.




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