La piedra reemplazó a la madera. El aire era más frío, más denso, y traía consigo un olor leve a humedad antigua. Eleanor se quedó petrificada un momento, intentando adaptarse al cambio. Reconocía aquel lugar. Había estado allí muchas veces desde los últimos meses, cuando previamente se entregaba al sueño. La estancia elevada, las paredes gruesas, la estrechez del ventanal abierto hacia la noche.
Avanzó con cautela hasta el tocador. El espejo le devolvió un rostro que no era el suyo y que a estas alturas casi reconocía como propio. Los rasgos eran más delicados, el cabello oscuro caía suelto sobre los hombros y la expresión tenía una determinación que no recordaba haber sostenido nunca. No necesitó tocarse para saberlo. El pulso se aceleró.
«¿Y si Catherine es…?»
Un sonido la asustó. Un roce áspero contra la piedra exterior. El leve crujido de una cuerda tensándose. Se volvió hacia allí justo cuando una figura cruzaba el umbral con la agilidad de quien conoce esa altura. No había duda posible en la forma de moverse, en la seguridad del gesto, en la intensidad de la mirada que buscó la suya apenas tocó el suelo.
—Catherine…
Su nombre en aquella voz cargada de amor y devoción disipó el resto de la incertidumbre.
Él cerró la distancia en dos pasos y la rodeó con los brazos. Ella respondió sin vacilación, aferrándose a su ropa con una urgencia contenida durante demasiados meses.
—¿Has decidido? —murmuró él contra su cabello.
Ella asintió.
Él no permaneció mucho tiempo abrazándola. La sostuvo apenas lo suficiente para confirmar que no había vacilación en ella y luego tomó el cofre de viaje que aguardaba junto al lecho. Lo levantó sin esfuerzo visible y la condujo hacia el balcón.
La noche se abría profunda más allá de la baranda de piedra. La cuerda estaba ya asegurada a uno de los salientes interiores de la torre. Catherine observó el nudo, después la altura, y sintió cómo el estómago se le tensaba.
—No puedo bajar por ahí —susurró, sin apartar la vista del vacío—. Tú sí. Yo no.
Demian dejó el cofre en el suelo y se volvió hacia ella con una calma que no era imprudente, sino decidida. Apoyó las manos en sus hombros con suavidad, obligándola a mirarlo.
—Puedes hacerlo —afirmó.
Catherine negó apenas con la cabeza, pero no por rebeldía, sino por miedo.
—Es demasiado alto —susurró con el terror invadiéndola poco a poco.
—Has soportado más que una torre —replicó en voz baja—. Nada de lo que te impusieron logró quebrarte. No permitas que la piedra lo haga ahora.
Sus palabras no fueron impacientes. Tampoco dulces. Eran firmes. Creía en ella con una convicción que no admitía réplica.
—Yo bajaré primero —añadió—. Cuando esté abajo, te recibiré. No te soltaré, lo prometo.
La seguridad en su tono hizo más que cualquier argumento.
Catherine respiró hondo. Volvió la mirada hacia el interior de la habitación por última vez. El espejo devolvía una figura sencilla, despojada de adornos y símbolos familiares. No llevaba joyas. El cabello caía libre. No había nada en ella que delatara rango ni obediencia.
Solo decisión.
Él pasó una pierna por encima de la baranda, tomó la cuerda y descendió con el cofre sujeto a la espalda. Se movía con precisión, aprovechando las irregularidades de la piedra para apoyar los pies. En pocos segundos alcanzó el suelo y alzó la vista. Alzó los brazos hacia arriba, indicando que podía bajar: «Ven, te recibo.»
Ella se acercó al borde. El vértigo le atravesó el pecho cuando miró hacia abajo y lo vio esperándola, pequeño desde esa altura y, sin embargo, firme. Sujetó la cuerda con ambas manos, pasó una pierna al otro lado y dejó que el peso de su cuerpo se entregara al descenso. La fricción le quemó las palmas. Descendía con lentitud, buscando apoyo en la pared, intentando no mirar demasiado hacia el vacío. Cada tramo parecía más largo que el anterior. La torre se extendía interminable.
Un crujido seco resonó sobre su cabeza. La fibra comenzó a ceder. No tuvo tiempo de reaccionar. La cuerda se rompió y el mundo se precipitó hacia ella en un instante vertiginoso. Pero llegó a tocar el suelo. Unos brazos firmes la atraparon antes del impacto y absorbieron la caída con un retroceso controlado. Catherine quedó aferrada a su cuello, temblando aún por la brusquedad de la caída.
—Te dije que no te soltaría —murmuró él, apenas sin aliento.
Demian la sostuvo un instante más antes de dejarla en el suelo. Catherine no se apartó; seguía aferrada a su cuello, aun temblando por la caída. La risa nerviosa que escapó de sus labios se quebró en un suspiro y, sin pensarlo, lo besó con fuerza, con una urgencia que mezclaba alivio y vértigo.
Él respondió de inmediato, rodeándola con los brazos mientras la noche parecía cerrarse en torno a ambos. No era un beso contenido ni prudente; era la confirmación de que estaban allí, de que la torre había quedado atrás y que nada los había detenido.
Cuando se separaron apenas, Catherine apoyó la frente contra su pecho, todavía respirando con dificultad.
—Pude haber muerto —murmuró, más sorprendida que asustada.