Cáliz de Sangre

Capítulo XCVII

En los días siguientes Eleanor comenzó a notar la ausencia antes que el recuerdo. No fue abrupto ni dramático; simplemente dejó de ocurrir. Retomó su rutina con una precisión casi obstinada —el desayuno en silencio, la correspondencia ordenada sin demora, una caminata breve antes del almuerzo— con la esperanza de que el orden compensara aquello que se había apagado. Nada en la casa había cambiado. Y, sin embargo, ella caminaba por sus pasillos con una conciencia nueva.

Había noches en las que se detenía junto a una ventana sin motivo claro, esperando esa alteración que ya reconocía: el pulso que se aceleraba sin razón, la sensación de que el entorno cedía apenas, de que el presente se volvía más delgado. Permanecía inmóvil unos segundos, atenta. El momento no llegaba.

Durante el día también aguardaba. A veces, en mitad de una conversación trivial con su madre o mientras el mayordomo anunciaba alguna visita, sentía el impulso involuntario de quedarse quieta, como si algo fuera a interrumpir la escena y arrastrarla hacia otro tiempo. No ocurría. La voz frente a ella seguía hablando. El presente permanecía intacto.

Al principio no le dio importancia. Había atravesado experiencias intensas. Descubrir de dónde provenía Catherine, comprender el alcance de lo que había visto, aceptar que no se trataba de imaginación ni de fatiga, sino de memoria… todo eso tenía un peso propio. Era natural que el cuerpo necesitara estabilizarse o al menos eso ella pensó.

La ausencia de esa presencia latente que, incluso cuando no se manifestaba del todo, había estado allí desde hacía tiempo, acompañándola con una persistencia incómoda. Durante meses había dudado de sí misma, había soportado miradas de preocupación, preguntas veladas, la insinuación constante de que algo en su mente no funcionaba como debía. Y ahora, cuando por fin sabía que no estaba perdiendo la razón, el pasado se retiraba sin aviso. La idea no le dio alivio. Lo contrario, le dio una sensación extraña, más cercana al abandono que a la paz.

Volvió al mausoleo en pleno día, sin anunciarlo. Se detuvo en el pequeño recinto donde había revivido aquella escena entre Catherine y su madre y apoyó la mano sobre el mármol. Esperó. No a que algo la arrastrara, sino a que el aire cambiara, a que el cuerpo reconociera ese umbral invisible que tantas veces había cruzado. Nada ocurrió.

Releyó fragmentos del diario en su habitación por la tarde, con la puerta entreabierta y la luz natural aun entrando por la ventana. Dejó que las palabras se asentaran en su interior con calma, sin forzarlas. Pasó los dedos por las fechas, por la caligrafía firme, por las páginas arrancadas. El papel siguió siendo papel.

Intentó en los jardines antes del anochecer, recorriendo el sendero que conducía hacia el límite con el bosque. Se detuvo donde alguna vez había sentido la intensidad más vívida, respiró hondo y aguardó. El crujido de las hojas bajo sus botas fue el único sonido que respondió.

Conforme los intentos se acumulaban, comenzó a comprender que no estaba frente a un simple intervalo. El vínculo no estaba en pausa. Se estaba debilitando. Esa certeza la irritó más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Había pasado meses soportando el desconcierto, enfrentando la posibilidad de estar equivocada. Había reunido el valor para creer en lo que veía, para aceptar que Catherine no era un desvarío sino una memoria heredada. Y ahora, cuando más necesitaba comprender, el acceso se cerraba.

No podía resignarse. Porque junto a la desaparición del vínculo crecía otra inquietud, más concreta. Demian. La negación de su nombre. La serenidad impecable con la que había dicho no conocer a ninguna Catherine. Eleanor no había insistido, pero tampoco había olvidado. Si el pasado se retiraba antes de que ella pudiera formular las preguntas correctas, quedaría atrapada entre intuiciones y silencios.

No podía permitirlo.

Aquella noche, ya sin esperar nada, permaneció sentada en el borde de la cama con una vela encendida. Observó la llama unos segundos y habló en voz baja, apenas un susurro que no aspiraba a ser escuchado por nadie más que por el silencio.

—Catherine…

El nombre no produjo eco.

Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre las rodillas.

—Si esto no ha terminado, necesito saberlo.

Fue entonces cuando recordó el sótano. Las cartas las había encontrado allí. El diario también. Si algo más había quedado oculto, si alguna pieza faltante aguardaba todavía bajo polvo y muebles olvidados, no estaría en los jardines ni en el mausoleo. Estaría abajo.

Y esta vez no pensaba esperar a que el pasado la eligiera.

Eleanor no apagó la vela. La sostuvo un instante más, observando cómo la llama oscilaba apenas, y luego tomó el candelabro de tres brazos que descansaba sobre la cómoda. El metal estaba frío contra su palma. Se levantó sin hacer ruido y abrió la puerta con cuidado, evitando que el picaporte emitiera el menor chasquido.

El corredor estaba en penumbra. La casa respiraba en silencio. Descendió los escalones con paso contenido, cuidando que la madera no protestara bajo su peso. No había urgencia en sus movimientos; había decisión. Cada peldaño la alejaba del orden pulcro de los salones principales y la acercaba a ese espacio que la casa parecía preferir olvidar.

La puerta del sótano cedió con una resistencia leve. El aire que ascendió desde abajo tenía esa mezcla reconocible de polvo antiguo y madera húmeda. Bajó los últimos escalones y alzó el candelabro un poco más alto, permitiendo que la luz dibujara sombras irregulares sobre las paredes.




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