El carruaje avanzaba por el camino de grava mientras la silueta de la mansión Whitemore aparecía entre los árboles. Eleanor había dejado de mirar por la ventanilla hacía varios minutos; en su lugar, mantenía las manos entrelazadas sobre el regazo, apretándolas con una tensión que ni ella misma parecía notar.
—Padre —preguntó de pronto—, ¿qué hora es?
Henry levantó la vista del bastón que sostenía entre las manos.
—La misma que hace unos minutos, Eleanor.
Ella frunció apenas el ceño.
—Pero ¿qué hora es?
El conde suspiró con paciencia resignada y consultó su reloj de bolsillo.
—Las cinco y veinte. Y es la cuarta vez que lo preguntas desde que dejamos la finca.
Beatrice, sentada junto a su esposo, observó a su hija con curiosidad.
—¿Te ocurre algo?
—No, madre.
Eleanor volvió la vista hacia la ventanilla, aunque en realidad no estaba mirando el paisaje. En su mente repasaba, una y otra vez, las palabras que Charles había pronunciado con tanta naturalidad horas antes.
«Cuenta las piedras que no miran al sol.»
Pensó de inmediato en el extremo norte de los jardines, donde el muro antiguo proyectaba una sombra permanente. Allí yacían varias rocas bajas cubiertas de líquenes, siempre húmedas, siempre frías, porque la luz apenas alcanzaba ese rincón incluso al mediodía.
«Desde el agua que ya no recuerda su curso.»
El arroyo que Henry había hecho desviar años atrás. Aún quedaba el viejo cauce serpenteando entre la hierba, una franja de tierra hundida que atravesaba el jardín antes de perderse entre los árboles.
«Aquello que creció torcido por negarse al cielo.»
El viejo roble, más allá de la colina donde se levantaba el mausoleo familiar, inclinado hacia un lado desde que un rayo lo partió durante una tormenta cuando Eleanor era niña. Nadie lo había talado; permanecía allí, retorcido y obstinado, negándose a caer del todo.
El carruaje aminoró la velocidad hasta detenerse frente a las grandes puertas de la mansión. El lacayo bajó del asiento trasero del vehículo, abrió la portezuela con cuidado y desplegó el escalón. Eleanor tuvo el impulso de levantarse y bajar primero, pero lo reprimió tomando con fuerza la tela de la falda de su vestido.
El primero en descender fue Henry. Se detuvo a un lado de la bajada y, con una seña firme pero educada, declinó la ayuda del sirviente antes de extender la mano hacia su esposa. Beatrice sonrió ante el gesto de su marido; nunca había permitido que la servidumbre realizara esa clase de atenciones con ella. Tomó su mano con delicadeza, le dio un leve apretón y descendió del carruaje bajo la mirada atenta del conde. Apenas sus pies tocaron la grava, deslizó el brazo por el de Henry y permitió que la guiara hacia la entrada del vestíbulo.
Eleanor se levantó por fin. El lacayo extendió la mano para ayudarla; ella la aceptó y bajó con más rapidez de la esperada. Apenas sus pies rozaron el suelo soltó la mano del ayudante, inclinó levemente la cabeza y caminó hacia las puertas sin esperar respuesta.
«Vamos, Eleanor, solo debes cruzar el salón principal.»
Entró al vestíbulo. El mayordomo la saludó con la formalidad habitual y ella correspondió al gesto sin detenerse. Pasó junto a la escalera principal, cruzó el salón y su mano se posó en el picaporte de las puertas francesas.
—Lady Whitemore.
Eleanor contuvo la respiración y se llevó una mano al pecho.
—Señor Harding —suspiró, con una sonrisa forzada.
El tutor de literatura sonrió con cierta disculpa mientras sacaba el cuaderno que llevaba bajo el brazo y lo abrió en una página marcada.
—Siento mucho haberla asustado, milady. Tenemos pendiente la revisión de los poemas de esta semana.
—Oh… creí que la lección era pasada la hora del té —se acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja, más por inercia que por pulcritud.
—Así era, pero su madre me pidió que le adelantara la lección.
—¿Ah, sí? ¿Por qué?
El tutor la miró con ligera sorpresa y se acomodó la corbata ante la incómoda pregunta.
—Sepa, milady, que mi trabajo es instruirla —inclinó la cabeza con una sonrisa benévola—. No es apropiado que haga esas preguntas.
Eleanor se quedó inmóvil un momento, con las manos apoyadas sobre el vientre.
«¿Cómo se te ocurre preguntar algo así, Eleanor?»
—Claro… Yo… lo siento mucho, señor Harding. No fue mi intención.
—No se preocupe, milady —respondió el tutor con un gesto conciliador mientras cerraba el cuaderno con suavidad—. Si me acompaña al gabinete podremos comenzar de inmediato.
Eleanor asintió, aunque la aceptación le pesó más de lo que habría querido admitir. Apartó la mano del picaporte y lo siguió por el corredor lateral que conducía al pequeño salón donde solían tener sus lecciones.
El gabinete estaba silencioso. La luz de la tarde entraba por las ventanas altas y se extendía sobre el escritorio donde el señor Harding dejó el cuaderno abierto.