Eleanor atravesó los senderos de los jardines con un paso más rápido de lo que la compostura habría permitido en cualquier otra circunstancia. El cielo comenzaba apenas a aclarar sobre las copas de los árboles y la mansión Whitemore emergía entre la penumbra de la mañana como una presencia silenciosa que parecía observar su regreso.
Algunos sirvientes ya se encontraban despiertos. Dos jardineros cruzaban el sendero con herramientas al hombro y una criada avanzaba hacia las cocinas con una cesta de ropa blanca. Eleanor pasó junto a ellos con una inclinación breve de cabeza, procurando mantener la dignidad que se esperaba de ella, aunque su respiración todavía conservaba la agitación del camino recorrido. Las miradas curiosas no tardaron en seguirla mientras avanzaba hacia la casa, pero ninguno se atrevió a detenerla.
Subió los escalones de la terraza y empujó la puerta lateral antes de que alguien pudiera dirigirle una pregunta.
El aire del interior estaba quieto y tibio en contraste con la frescura del jardín. Eleanor avanzó por el corredor con el abrigo todavía sobre los hombros y las manos frías, sintiendo cómo el pulso se negaba a recuperar un ritmo regular. Su mente era un torbellino desordenado en el que se mezclaban imágenes, recuerdos y fragmentos de pensamientos que aparecían y desaparecían sin terminar de acomodarse en una idea clara.
La lápida cubierta de musgo volvía una y otra vez con una nitidez incómoda. El nombre tallado en la piedra. Y debajo aquellas palabras.
Mientras cruzaba el salón principal, la sensación que había intentado mantener a distancia durante semanas regresó con una insistencia que ya no podía ignorar del todo. Durante mucho tiempo había permitido que ciertos recuerdos permanecieran en un lugar confuso, suspendidos entre la sospecha y la explicación conveniente.
Eleanor atravesó el vestíbulo sin detenerse. La casa despertaba lentamente a su alrededor: el murmullo distante de pasos en los corredores de servicio, el leve crujido de alguna puerta que se abría en los pisos superiores, el tintinear metálico de utensilios que comenzaban a prepararse en las cocinas. Todo seguía el ritmo ordenado de la mañana, un ritmo familiar que contrastaba con la inquietud que todavía le recorría el cuerpo.
Subió la escalera principal con paso contenido y giró hacia el corredor que conducía a sus habitaciones. A esa hora ningún miembro de la familia se encontraba aún despierto, y los criados evitaban transitar por aquella ala de la casa más de lo necesario. Eleanor llegó a su puerta sin ser interceptada y entró con rapidez, cerrando tras de sí con un cuidado instintivo.
El silencio de la habitación resultó casi extraño después de la agitación de sus pensamientos.
Dejó el abrigo sobre el respaldo de una silla y permaneció estática en el centro del cuarto, intentando ordenar las imágenes que seguían presentándose en su mente con una claridad perturbadora. Había demasiadas piezas sueltas, demasiadas escenas que había aceptado sin exigirles una explicación definitiva.
Su mirada se deslizó entonces hacia el escritorio junto a la ventana. Allí, bajo una pila ordenada de cuadernos y correspondencia, descansaban los libros que Julius le había prestado semanas atrás.
Eleanor no se había acercado a ellos. Había creído que la respuesta a sus inquietudes podía encontrarse en los tratados médicos que él le había enviado con tanta dedicación. Los había leído con atención, página tras página, esperando hallar en ellos una explicación racional que diera sentido a ciertas cosas que había visto y que no lograban encajar con la lógica más simple. Pero aquellos libros no habían ofrecido ninguna respuesta convincente.
Ahora, al recordar la existencia de los otros tres volúmenes que Julius había incluido en el paquete, Eleanor sintió una incomodidad distinta, más cercana a la aprensión que a la simple curiosidad intelectual.
Se acercó al escritorio.
Permaneció observando los lomos de los libros sin tocarlos, consciente de que abrirlos significaba enfrentarse a una posibilidad que hasta entonces había evitado considerar con seriedad.
Extendió la mano finalmente y tomó el primer volumen de la pila. El libro era más ligero que los tratados médicos; el lomo de cuero estaba algo desgastado y las páginas tenían ese tono amarillento que delataba muchos años de haber pasado por distintas manos. Al sostener el libro, no pudo evitar preguntarse por qué alguien como Julius los conservaría en su biblioteca.
La imagen que tenía de él no parecía encajar con aquel tipo de lecturas. Siempre lo había percibido como un hombre profundamente racional, dedicado por completo al estudio y a las explicaciones que podían sostenerse mediante la observación y el análisis. No era el tipo de persona que uno imaginaría reuniendo historias de supersticiones rurales.
Sin embargo, allí estaban.
Abrió el libro. El título apareció en la primera página con una tipografía sobria: The Fairy Mythology, de Thomas Keightley.
Eleanor pasó las primeras páginas con cierta rapidez. El autor reunía antiguas tradiciones populares recogidas en distintos rincones de las islas británicas: relatos transmitidos durante generaciones entre campesinos, marineros y pastores, historias que sobrevivían en las aldeas mucho después de que la educación moderna comenzara lentamente a abrirse paso en las ciudades.