Cáliz de Sangre

Capítulo CI

La lámpara de aceite sobre el escritorio proyectaba una luz cálida y concentrada que apenas lograba apartar la penumbra del despacho. A su alrededor, la habitación conservaba ese curioso equilibrio entre orden y desorden que caracterizaba a la casa del doctor Grey: cada objeto estaba limpio y dispuesto con cuidado, pero los libros se acumulaban en pilas inestables sobre mesas, sillas y hasta en el suelo junto a las estanterías.

Julius cerró el volumen que tenía entre las manos con un gesto seco.

El tratado de medicina descansó sobre el escritorio junto a otros tres que había consultado esa misma noche. Permaneció un momento mirando la cubierta, esperando que el libro se retractara de su inutilidad y ofreciera finalmente una respuesta.

Apoyó los dedos contra el puente de la nariz y dejó escapar un suspiro largo, más cansado que irritado. Durante semanas había repetido ese mismo gesto frente a páginas que prometían explicaciones racionales y terminaban ofreciendo poco más que conjeturas gastadas. Había revisado textos sobre trastornos del sueño, afecciones nerviosas y delirios febriles con una obstinación que habría parecido excesiva a cualquiera que lo observara desde fuera.

Ninguno de ellos decía nada que pudiera aplicarse a lo que Eleanor le había descrito.

Cerró los ojos un instante y recostó la espalda contra el respaldo de la silla. El silencio de la casa era profundo; abajo, en el consultorio, las últimas lámparas habían sido apagadas hacía horas, y el ama de llaves se había retirado a sus habitaciones dejando el edificio en una quietud casi absoluta.

«Oh… Eleanor ¿Cuánto tiempo te tendrán retenida? ¿Te encuentras bien?»

Abrió los ojos de nuevo y miró el pequeño ejército de libros que ocupaba su escritorio.

—Bien —murmuró para sí.

Si la medicina no ofrecía respuestas, quizá era momento de buscar en otro lugar.

Julius se levantó de la silla con un gesto lento y caminó hacia una de las estanterías del despacho. Pasó los dedos por los lomos de los volúmenes con una distracción pensativa, buscando algo que todavía no sabía nombrar. Entre los títulos alineados se detuvo en uno que había hojeado días atrás sin prestarle demasiada atención. Lo extrajo de la fila, lo sostuvo un instante frente a la lámpara y volvió al escritorio mientras leía el nombre grabado en la cubierta: Sketches of the Philosophy of Apparitions, de Samuel Hibbert.

Dejó el libro sobre la mesa y lo abrió.

Las primeras páginas reunían testimonios sobre apariciones y fenómenos que escapaban a las explicaciones comunes de la razón. Hibbert los examinaba con un tono más filosófico que devoto, intentando comprender por qué ciertas imágenes parecían persistir en la experiencia humana incluso cuando el origen de esas visiones se perdía en el pasado.

Julius inclinó la cabeza y avanzó unas páginas más, apoyando un dedo en el margen mientras leía con mayor atención.

—Persistencia de impresiones… —murmuró en voz baja.

Las palabras despertaron de inmediato el recuerdo de una de las primeras conversaciones con Eleanor. Ella había insistido en que aquellos sueños no se sentían como sueños comunes; eran demasiado vívidos, demasiado completos, como si la experiencia se desarrollara en un plano tan tangible como la vigilia.

No hablaba de imágenes difusas, sino de escenas enteras.

Recordaba también cómo había descrito ciertos lugares que, según afirmaba, no le resultaban desconocidos. Caminaba por ellos con naturalidad, como si ya los hubiera recorrido antes, aunque al despertar no pudiera explicar de dónde provenía esa sensación.

Julius pasó la página lentamente.

—Familiaridad sin memoria… —musitó, pensativo.

Otra imagen regresó a su mente con claridad incómoda: el episodio del espejo. Eleanor le había contado que en uno de aquellos sueños se había visto reflejada y había reconocido un rostro que no era el suyo. Sin embargo, la impresión que le había producido no era la de contemplar a una extraña.

La sensación era distinta. Más inquietante. El rostro pertenecía a otra mujer… y aun así no le resultaba del todo ajeno.

Julius apoyó el codo en el escritorio mientras continuaba leyendo.

—Como si la identidad se deslizara de un lugar a otro… —murmuró para sí.

Eleanor también le había hablado de encuentros con otras personas dentro de esas visiones. Conversaciones que despertaban en ella emociones demasiado reales para pertenecer a un simple sueño: angustia, afecto, incluso una forma de reconocimiento instintivo hacia alguien cuyo nombre no podía pronunciar al despertar.

Las palabras, según decía, surgían sin que pudiera controlarlas. Como si pertenecieran a otra vida.

Julius frunció levemente el ceño.

—¿Memorias… que no le pertenecen?

La idea parecía absurda y, sin embargo, no lograba descartarla por completo.

Otro recuerdo emergió entonces con mayor gravedad: aquella noche que despertó de repente en los jardines de la mansión después de haber soñado que caminaba por ellos. O el episodio aún más inquietante que su madre le había descrito con evidente angustia, cuando Eleanor había permanecido inmóvil en la cama, sin responder a estímulo alguno, con el pulso apenas perceptible.




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