La velada en la residencia Ravenscroft había terminado hacía ya algún tiempo. Las últimas luces del carruaje que lo había llevado de regreso se habían perdido en el camino mucho antes de que el silencio se asentara definitivamente sobre el castillo.
Demian atravesó el amplio salón con paso firme, llevando consigo el peso de una decisión que, por primera vez en siglos, no le resultaba amarga.
Sobre la mesa cercana a la chimenea había comenzado a reunir algunas de sus pertenencias: un par de libros que consideraba imprescindibles, algunas prendas y ciertos objetos que no estaba dispuesto a abandonar. No era mucho. La eternidad enseñaba a viajar ligero.
Había dado instrucciones breves a Eliott apenas llegó. El mayordomo lo había observado con una mezcla de desconcierto y discreción mientras recibía indicaciones apresuradas sobre un viaje que no admitía demasiadas preguntas. Demian no se molestó en ofrecer explicaciones. Bastaba con que la casa quedara en orden.
La llama de la chimenea crepitaba suavemente, iluminando el retrato que colgaba sobre el mármol de la repisa. Durante un instante su mirada se detuvo allí, apenas un segundo, antes de apartarse para continuar con lo que estaba haciendo.
Quedaba poco tiempo.
Demian cerró la tapa de una pequeña caja y la dejó junto al resto de sus cosas cuando una presencia distinta interrumpió la quietud de la habitación. Alzó la mirada hacia la abertura del balcón y no mostró sorpresa.
Su expresión se tensó apenas, una sombra de fastidio cruzó su rostro mientras observaba la figura apoyada con despreocupada calma en el marco abierto del balcón. La brisa nocturna agitaba ligeramente las cortinas y movía el cabello oscuro del recién llegado.
Cassiel lo miraba en silencio.
Había algo deliberadamente paciente en su postura, como si hubiera estado allí desde hacía un buen rato, observándolo sin prisa mientras terminaba de preparar su equipaje.
Demian volvió a la mesa sin decir nada y retomó la tarea que había dejado a medias. Tomó uno de los libros y lo colocó dentro del baúl con un movimiento seco.
El silencio entre ambos se prolongó unos instantes.
Finalmente, Cassiel suspiró.
—No lo hagas.
El dueño del castillo cerró la tapa del baúl con más fuerza de la necesaria y alzó la mirada hacia el recién llegado.
—¿Qué haces aquí?
Cassiel inclinó apenas la cabeza, como si la pregunta le resultara curiosamente irrelevante.
—Evitar que cometas una insensatez.
Demian dejó escapar una risa breve, sin humor, y volvió a ocuparse de sus cosas.
—Me temo que llegas tarde.
El visitante no se movió del lugar donde estaba apoyado.
—Todavía estás a tiempo de no ir.
Valcourt tomó una prenda doblada y la guardó dentro del baúl antes de responder.
—¿Y cómo es que sabes a dónde voy?
Una leve sonrisa apareció en los labios de Cassiel.
—Tengo un oído muy agudo —respondió con calma—. Además, estabas demasiado ocupado en los jardines como para notar que no eras el único que paseaba por allí.
El vampiro se detuvo apenas un segundo antes de continuar empacando.
—Entonces deberías buscar algo mejor en lo que ocupar tu tiempo.
Cassiel no respondió de inmediato.
Sus ojos permanecieron fijos en él mientras el silencio volvía a instalarse en la habitación.
—Eleanor es demasiado joven para comprender lo que te está pidiendo.
Valcourt no respondió enseguida. Cerró el baúl con calma y apoyó ambas manos sobre la mesa durante un momento antes de levantar la mirada hacia su interlocutor.
—Fue su decisión —dijo finalmente, con una tranquilidad que parecía más una defensa que una convicción—. Nadie la obligó.
Cassiel lo observó sin cambiar de expresión.
—Eso no significa que comprenda lo que está pidiendo.
—Lo entiende perfectamente —El vampiro dejó escapar una breve exhalación, claramente irritado.
—No —replicó Cassiel con serenidad—. Tiene veinte años.
La frase quedó suspendida en la habitación.
El recién llegado se separó del marco del balcón y avanzó unos pasos dentro de la estancia, sin prisa, como si no tuviera ninguna necesidad de elevar la voz para hacerse escuchar.
—Está enamorada, impulsiva, llena de emociones que todavía no sabe ordenar. Cree que la eternidad es una promesa romántica porque nunca ha tenido que enfrentarse a lo que realmente significa.
El dueño del castillo apretó la mandíbula.
—No hables de ella como si fuera una niña.
Cassiel alzó apenas una ceja con leve ironía.
—Comparada contigo, Valcourt, apenas ha comenzado a vivir.
Demian apartó la mirada con evidente fastidio y retomó su actividad, acomodando algunas prendas dentro del baúl con movimientos cada vez menos cuidadosos.