La capilla de Saint Bartholomew permanecía casi a oscuras. La luz pálida de la madrugada comenzaba a filtrarse por algunos vitrales dañados y se extendía sobre el suelo de piedra en manchas grises. El aire era frío y húmedo, impregnado de ese olor antiguo que suelen conservar los edificios demasiado viejos.
Eleanor permanecía cerca de uno de los bancos, con las manos entrelazadas delante del cuerpo. El vestido sencillo que llevaba le resultaba extraño, demasiado ligero para el frío de la madrugada y demasiado humilde para alguien acostumbrada a presentarse ante el mundo con la elegancia que su posición exigía. Había llegado antes de las tres, y desde entonces el silencio de la capilla había sido su única compañía.
Miró hacia la puerta una vez más.
«Vendrá.»
Tuvo que improvisar demasiado para llegar hasta allí: la criada era nueva en la residencia y todavía no había aprendido a desconfiar de la amabilidad de una señorita de la casa. El intercambio de los pendientes por el vestido sencillo había sido suficiente para convencerla.
Eleanor caminó lentamente por la nave, escuchando el eco tenue de sus propios pasos sobre la piedra. La decisión seguía siendo la misma y no había cambiado desde que la había pronunciado frente a Demian; sin embargo, ahora que estaba sola en aquella capilla abandonada, el silencio dejaba espacio para preguntas que nadie podía responder. Sabía lo que había leído en los libros y lo poco que él había insinuado, lo suficiente para comprender que su vida tal como la conocía terminaría esa noche, pero no sabía cómo ocurriría realmente ni qué se sentiría al despertar del otro lado de esa decisión.
Un leve escalofrío recorrió su espalda.
El miedo estaba allí, inevitable, aunque no por lo que dejaba atrás, sino por lo desconocido que comenzaba más adelante. Era la primera vez que tomaba una decisión completamente por voluntad propia, sin la aprobación de su madre, sin las expectativas de su padre y sin las normas de un mundo que siempre había decidido por ella; aun así, cada vez que pensaba en Demian, cualquier duda terminaba por disiparse.
Sus ojos regresaron hacia la entrada de la capilla.
La claridad del cielo comenzaba a cambiar lentamente y el gris oscuro de la noche se había vuelto más tenue. Eleanor apoyó la mano en el respaldo de uno de los bancos mientras intentaba escuchar algo más allá del silencio.
«Quizá se retrasó.»
La idea apareció con naturalidad, seguida casi de inmediato por otra menos tranquilizadora.
«¿Y si algo le ocurrió?»
La posibilidad la obligó a enderezarse. Demian no era un hombre común, y precisamente por eso el mundo estaba lleno de peligros que ella apenas comenzaba a comprender. Miró nuevamente hacia la puerta, pero el silencio seguía siendo absoluto.
Cuando volvió a observar el cielo a través de los vitrales incompletos, la claridad era ya demasiado evidente para ignorarla. Había esperado todo lo que podía esperar; si permanecía allí más tiempo, el amanecer la alcanzaría antes de poder regresar a la residencia sin levantar sospechas.
—Vendrá —murmuró en voz baja.
Sin embargo, finalmente soltó el banco y caminó hacia la salida. El aire frío de la madrugada la envolvió en cuanto cruzó el umbral, y el carruaje seguía aguardando en el camino exactamente donde lo había dejado. Eleanor se detuvo un momento antes de avanzar, intentando ordenar el nudo de inquietud que comenzaba a instalarse en su pecho.
Mañana buscaría respuestas. Algo debía haber sucedido, no existía otra explicación.
Con esa convicción todavía firme, Eleanor se dirigió hacia el carruaje. El lacayo alzó la vista al verla acercarse y, sin hacer preguntas, abrió la puerta para ayudarla a subir. La joven acomodó la falda antes de tomar asiento y, unos segundos después, el vehículo comenzó a avanzar por el camino silencioso.
El trayecto de regreso transcurrió en completo silencio. Eleanor permaneció sentada con las manos entrelazadas sobre el regazo, observando distraídamente la oscuridad que se deslizaba al otro lado de la ventanilla mientras la inquietud que había intentado contener en la capilla comenzaba a hacerse más persistente.
Cuando finalmente el carruaje se detuvo frente a la residencia Whitemore, el cielo había adquirido ese tono grisáceo que precede al amanecer. Eleanor descendió con cuidado y cruzó el jardín procurando no hacer ruido, consciente de que toda la casa seguía sumida en el descanso de la madrugada. Entró por una de las puertas laterales que el servicio utilizaba a primera hora del día. El interior de la residencia estaba completamente silencioso; las lámparas permanecían apagadas y los amplios corredores se extendían en penumbra.
Subió la escalera principal con pasos ligeros, sosteniendo la falda para evitar que el roce de la tela produjera sonido alguno. Al llegar al piso superior atravesó el pasillo con rapidez y finalmente alcanzó la puerta de su habitación.
La cerró tras de sí con cuidado.
Durante un momento permaneció inmóvil, se aseguró de que nadie la había seguido. Luego se quitó el abrigo y lo dejó sobre el respaldo de una silla.
Fue entonces cuando lo vio.
Un sobre reposaba sobre la cama.