Cáliz de Sangre

Epílogo

Londres, 28 de septiembre de 1839

No estoy completamente segura de que escribir esto sea una buena idea. El doctor insiste en que poner los pensamientos en papel puede aliviar aquello que uno mantiene encerrado dentro del alma, incluso si las palabras jamás llegan a su destinatario. Dice que el simple acto de escribir puede ayudar a ordenar aquello que pesa en el espíritu.

No dudo de las facultades del Dr. Grey, admiro profundamente su dedicación. Todo lo que ha hecho es procurar mi bienestar; siempre está dispuesto a compartir una taza de té y ofrecerme conversación. Sin embargo, debo confesar que esta práctica aún me resulta extraña.

Han pasado años desde la última vez que te vi, y aun así me sorprende descubrir cuánto de aquel dolor permanece todavía conmigo. Pensé que el tiempo sería suficiente para borrarlo, o al menos para suavizarlo hasta volverlo irreconocible, pero no ha sucedido de esa forma. A veces logro pasar días enteros sin pensar en ello, ocupada en otras cosas, convencida de que finalmente lo he dejado atrás…

Creo que lo que más me dolió no fue tu decisión de marcharte.

Fue darme cuenta de que en ti había depositado una confianza que nunca antes había puesto en nadie. Confié en ti de una manera tan absoluta que ni siquiera me detuve a cuestionarlo. Pensé que aquello que existía entre nosotros era suficiente para sostener cualquier cosa que pudiera venir después.

Ahora sé que me equivoqué.

He intentado muchas veces sentir rencor hacia ti. Tal vez habría sido más sencillo si pudiera hacerlo. El odio, al menos, ofrece una claridad que el afecto no permite. Pero por más que lo intente, no consigo odiarte. Lo único que permanece es una herida silenciosa que el tiempo no ha logrado borrar del todo.

Durante mucho tiempo pensé que simplemente no había sido suficiente.

Llegué incluso a convencerme de que, si hubiera sido un poco distinta, si hubiera logrado parecerme más a la mujer que vivía en tu recuerdo, tal vez las cosas habrían sido diferentes. Me avergüenza admitirlo ahora, pero durante un tiempo estuve dispuesta a convertirme en el reflejo de alguien más con tal de que decidieras quedarte conmigo.

Con los años comprendí algo que entonces me resultaba imposible aceptar.

Nunca habría sido suficiente, porque en realidad nunca estuviste buscándome a mí.

El dolor no desaparece sólo porque uno llegue a comprenderlo. A veces pasan semanas en las que me siento casi en paz con lo ocurrido, y luego, de pronto, regreso al mismo lugar en el que estaba al principio. Hay días en los que puedo recordar todo aquello con cierta serenidad, y otros en los que todavía me descubro llorando sin saber muy bien por qué.

Lo que más me desconcierta es la soledad.

Resulta extraño escribirlo, considerando que nuestra relación existía únicamente durante unas pocas horas de la noche. Sin embargo, desde que te fuiste, las noches se han vuelto particularmente largas. Hay ocasiones en las que el sueño simplemente no llega, y otras en las que me despierto convencida de haber escuchado el sonido de la puerta del balcón abriéndose.

Siempre encuentro el balcón cerrado.

Conservo todas las cosas que me diste. Están guardadas en un cajón con llave que no me he atrevido a abrir desde hace mucho tiempo. Las cartas también siguen allí. No he podido leerlas otra vez.

Tal vez algún día lo haga.

A pesar de todo, deseo sinceramente que, dondequiera que estés ahora, hayas encontrado una forma de aliviar las heridas que llevabas contigo. Me gusta pensar que la vida —o la eternidad— te ha concedido finalmente la paz que tanto parecías necesitar.

Eleanor.

P.D.

Después de insistirle durante mucho tiempo, mi padre finalmente accedió a hablarme con mayor detalle sobre nuestra familia. Fue entonces cuando me habló de mi tatarabuela, Catherine Whitemore. Muchos parecen recordarla como una mujer imprudente, incluso como una deshonra para el nombre familiar. Sin embargo, cuanto más escucho sobre ella, más me parece una mujer extraordinaria.

Hace poco bajé otra vez al sótano de la casa y encontré un pequeño retrato suyo cubierto de polvo entre otras cosas olvidadas. Lo limpié con cuidado y ahora lo tengo sobre la cómoda de mi habitación.

No sé por qué, pero me reconforta tenerlo allí.

Londres, 3 de mayo de 1839

No estoy seguro de que tenga sentido escribir esto.

Quizá porque, al hacerlo, no sé si realmente te hablo a ti o si en verdad me hablo a mí mismo. En estos dos últimos años he tenido tiempo de sobra para reflexionar, y he descubierto que ciertos pensamientos se vuelven más claros cuando uno intenta ponerlos por escrito.

Aun así, hay una pregunta que continúa regresando.

¿Qué me faltó?

Durante mucho tiempo pensé que quizá simplemente no supe ver lo que ocurría frente a mí. Ahora sospecho que esa posibilidad es bastante cierta. Si algo he aprendido de todo esto es que la esperanza puede volver extraordinariamente ciego a un hombre.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.