Siento la boca seca. Trato de humedecerme los labios con la lengua, pero no es suficiente. Saco el teléfono del bolsillo de mi pantalón. Presiono con fuerza el botón amarillo central, cada vez más recio. Parece descompuesto. Me prometo otra vez ir a comprar uno nuevo. Sé que no lo haré.
La pantalla se ilumina de un tono naranja casi rojo. Los números grandes en negro marcan tres horas y cuarenta minutos sin beber agua.
Quedan veinte minutos para que llegue el mensaje recordatorio.
Prefiero evitarlo.
Camino hasta el bebedero más cercano, hay uno cada diez mesas. La etiqueta blanca indica que el agua está lista para beber. Sirvo un vaso y la bebo del tirón, como si el cuerpo se me adelantara. El alivio es inmediato. Demasiado.
Cuando estoy por tirar el vaso al tanque de reciclaje escucho a dos compañeros hablar detrás de mí.
—Dicen que van a ascender a cinco creadores la próxima semana —susurra uno.
No había escuchado ese rumor hasta ahora.
Regreso a mi escritorio con la idea rebotando de un lado a otro en la cabeza. Imagino las evaluaciones realizadas sin aviso, ojos detrás de las cámaras en las esquinas, el chequeo silencioso del nivel de mantenimiento de nuestros modelos. La imagen del muro vuelve a golpearme. Nunca voy a ganar ese ascenso.
El modelo tridimensional de la Zona 95 flota en la pantalla. Por quinta vez en una hora arrastro el color azul sobre la capa de mantenimiento de uno de los edificios. El pequeño ícono de pintura se me escapa del cursor otra vez. Cierro por impulso el mensaje de error. No necesito leer. Lo he visto treinta veces esta semana.
El muro lateral del edificio sigue verde. Las grietas son tres veces más profundas que la primera vez que las vi, dos años atrás. Podría preguntarle al que ocupó mi puesto antes. Pidió la baja. Lo internaron en el Centro de Salud Mental.
Bajo la pantalla de la computadora con una fuerza mayor a la que esperaba. Algunos de mis compañeros levantan la vista. Fue solo un impulso; enseguida regresan a su trabajo sin preguntar. La amplitud del espacio me impide ver más allá de la décima mesa. Dos líneas de escritorios que parecen infinitas, aunque solo son sesenta en esta área del Nivel 1.
Apoyo la espalda en la silla giratoria. Dibujo con el dedo en una hoja. La proyección de luz de la delgada lámpara a mi lado es cálida, difuminada. Un suspiro profundo que sale de mi nariz y mueve apenas la esquina de la hoja. Quiero conseguir esos efectos de luz cuando diseño las fachadas de los edificios. A veces funciona. Otras no.
He soñado toda la vida con este trabajo. Embellecer el mundo parecía ser una de las formas más nobles de colaborar a la paz. No recuerdo muy bien cuándo se instaló la idea en mi cabeza. Tal vez durante las largas conversaciones con la abuela. Tal vez por el deseo innato de pintar el cielo de naranja. No importa el origen. Esa idea empujó cada paso hasta que crucé las puertas del Edificio Central.
Algunos dijeron que hacía falta talento. Otros otorgaron méritos al cargo de mi padre como Cabeza del Partido. Lo cierto es que ninguna de esas opiniones solía afectarme. Pero en días como hoy me cuestiono si este es mi lugar.
Faltan dos minutos para el corte del almuerzo. Reviso por última vez el modelo de las cinco zonas que tengo asignadas esta semana. Todo igual.
Suena la alarma del piso.
Espero unos minutos sentada hasta que sale la mayoría. Solo hay una puerta. Prefiero no chocar con nadie.
Camino por la acera, amplia, siempre lista para filas de personas moviéndose a esta hora. Nunca quedan pisadas. Como si la ciudad se borrara detrás de nosotros.
Me detengo frente al restaurante. Hoy tiene las paredes exteriores de un tono celeste, con las columnas del portal amarillas. Supongo que ya preparan las condiciones para el verano.
En la mesa de siempre me espera Syra. Los ojos color miel y el tono rubio de ese pelo domesticado son únicos de mi prima.
Ya tiene delante una ensalada y una copa de agua.
—No me esperas por una ensalada —bromeo al sentarme frente a ella.
—La lechuga es deliciosa, no la subestimes.
Reimos.
—Ya te pedí tu filete con papas, no te preocupes —agrega.
—¿Qué haría sin ti?
Mi comida llega unos minutos después. Perfecta, deliciosa.
—No sabes lo que pasó ayer —dice antes de meterse un trozo de tomate en la boca.
—Cuenta.
Pico un trozo de carne y mastico.
—Estaba estresada organizando archivos en la computadora —se detiene para tragar—. Lua se acercó, puso su manita en mi pierna y me dijo: "Mamá, confía en el proceso".
—¿En serio? ¿Cómo puede ser tan inteligente? —río con la boca cerrada—. Solo tiene tres años.
Syra deja los cubiertos en el plato y cierra el último botón de su camisa, que tenía abierto.
—¿Ya dejó de ver a las personas vestidas de amarillo? —le pregunto.
—Ya no las menciona. Dice la maestra que lo normal es que demoren más en dejar de hacerlo —acomoda su coleta—. Que es muy avanzada para su edad.
El ruido repentino del televisor a mi espalda nos interrumpe.
—El funcionario llevado al Centro de Salud Mental el miércoles pasado acaba de salir saludable y listo para seguir aportando al proceso —anuncia una voz.
No me giro a ver quién es. Puede ser cualquiera.
—¿Escuchaste sobre las piedras que cayeron de la pared al lado del Edificio Central? —pregunta.
—¿Piedras?
—Sí. Pedazos grandes, como si fueran parte de la pared —se cubre un poco la boca—. Pero a la pared no le falta ningún trozo.
No digo nada. No encaja.
—Dice Darío que son tonterías que se inventa la gente aburrida —agrega.
—Si lo dice tu esposo, que trabaja en el partido, debe ser verdad.
Ella asiente y toma un sorbo de agua.
Regreso a la oficina sin reparar en el camino. Me siento en la silla giratoria. Mi columna se estira. Abro la computadora. Las grietas del muro regresan, insistentes.