Mi estómago se contrae como si hubiera roto una regla. No estoy haciendo nada prohibido. Usé mis credenciales y fueron aceptadas.
Las computadoras del Archivo Principal se retrasan unos segundos extra en reaccionar a los clics. En el centro hay un campo para buscar por nombre, fecha o palabra clave. Alrededor noticias actuales sobre las múltiples guerras que destruyen a los otros países. Asesinatos en masa, bombas lanzadas sobre escuelas, familias destrozadas, niños que mueren de hambre. Imagino a Lua en una de esas fotos y me obligo a borrarlo de mi cabeza. Agradezco no vivir en ninguno de esos países.
Tecleo las iniciales "A. Virex" en el buscador. La pantalla se vacía y tres puntos amarillos rebotan en en centro.
El repiqueteo de mis dedos sobre las teclas es el único sonido que se escucha en el lugar. Olor a papel guardado y humedad que no sé de dónde sale. Un salón con seis mesas en el centro rodeadas de estantes interminables. Algunos guardan libros, otros, cajas de periódicos ordenadas por fecha.
Salí de prisa cuando sonó la alarma. El archivo cierra una hora después. El encargado me advirtió que cierra en hora sin excepciones.
Me quedan veinte minutos.
Los puntos juegan con mi paciencia hasta que rebotan por última vez.
Aparecen cuatro palabras que no esperaba.
"No se encontraron resultados"
—No puede ser —digo entre dientes.
Vuelvo a teclear, esta vez su nombre completo "Aurelia Virex".
Aparecen otra vez los puntos pero ahora solo rebotan dos veces.
De inmediato mil doscientos cincuenta y tres resultados.
Escaneo los títulos. No hay nada exacto. Uno sobre "Aurelia Kent", otro sobre "Aurelia Nova". Más de mil personas que no conozco.
Me inclino más hacia la pantalla. Entrecierro los ojos. Bajo hasta el final de la lista y reviso las siguientes seis páginas. No encuentro nada sobre mi abuela.
Me enderezo de golpe al escuchar la voz del encargado desde la puerta.
—Voy a cerrar.
El ratón se me escapa de la mano y cae al suelo. El estruendo se adueña del espacio. Lo recojo de prisa. Cierro la sesión de la computadora y tarda más de lo que quiero. Espero asegurarme de que mis credenciales están fuera.
Confirmado.
Camino entre los estantes, con la mochila al hombro y movimiento limitante del teléfono en el bolsillo. En la puerta, el encargado me mira con el ceño fruncido, brazos cruzados y llaves en una mano.
—No encontraste lo que buscabas —no pregunta, afirma.
Levanto las cejas al mirarlo. No digo nada.
Me inquieta su mano temblorosa al intentar introducir la llave en la cerradura.
—Todo el que viene al archivo busca cosas que no va a encontrar —dice y gira la llave— Los que podrían encontrar cosas aquí no se molestan en buscar nada.
Entrecierro los ojos como si sirviera para entender mejor el trabalenguas de aquel señor.
—¿A qué se refiere?
—Que tenga buena noche joven —dice y echa a andar por la acera.
Sigo de pie frente a la puerta. Las palabras del encargado se mezclan con los resultados inútiles del archivo.
No sé dónde más buscar.
Aprovecho para entrar al mercado al frente. Un pequeño establecimiento donde venden apenas alimentos y básicos de aseo. Me muevo entre los pasillos estrechos y los estantes medio vacíos. Acomodo en la cesta la bolsa de arroz, bananas, pechugas de pollo y el azúcar que me toca este mes. Quiero llevar los huevos pero no hay. Siempre son los más difíciles de conseguir. Dicen que es por las guerras.
Le entrego al cajero mi Tarjeta de Alimentos. La escanea. Revisa todos los productos para asegurarse que son las cantidades correctas. Todo en orden.
—Un coche bomba estalla en el Medio Oriente y deja cincuenta fallecidos, entre ellos catorce menores de edad —dice la voz en el televisor que tienen en una esquina del lugar.
El cajero se gira y cambia de canal con el control remoto. Aparece en pantalla una banda tocando música típica nacional.
—El mundo se está destruyendo, por el proceso estamos a salvo —dice el cajero mientras acomoda mis productos en una bolsa de papel.
—Hay que confiar en el proceso —le confirmo.
Cargo la bolsa y me despido.
Camino a casa las calles están a punto de quedarse solas. El sol ya no se ve. Solo queda su estela por detrás de los edificios. Vivir en el centro me evita perder tiempo en los buses y aprovechar hasta el último rayo de luz.
Suena el teléfono en mi bolsillo. El pitido de diez segundos que trato de evitar todo el día me taladra los oídos. No hay forma de apagarlo una vez que comienza. Lo saco para revisar mientras sigo caminando, aunque ya conozco el mensaje.
"Llevas cuatro horas sin beber agua. Recuerda que tu salud es lo más importante"
El pitido se detiene. Apresuro el paso. Tengo que llegar a casa antes del próximo mensaje en quince minutos. Mi ojos siguen enfocados en el tiempo que me queda.
Catorce minutos, luego trece, siento que no llego.
Sin preverlo choco contra algo en mi camino. Caigo sentada en la acera. La mochila a un lado y los productos regados fuera de la bolsa. Por un segundo agradecí no haber llevado huevos.
Toco mi cabeza por instinto. Duele.
Levanto la vista. De pie frente a mí un chico trigueño. Las manos en los bolsillos de un traje negro y solo un pin amarillo, con forma de libélula, que rompe su sombría vestimenta.
No puedo soltar sus ojos. Marrones como agua turbia. Esa mirada la conozco.
Él me frunce el ceño. Abre la boca como si fuera a decir algo.
Desaparece enseguida.
Su imagen se desvanece ante mí como una gota de lluvia al caer en la tierra. En su lugar solo queda la acera vacía.
Pestañeo una, dos, tres veces.
Nada. Ya no está. O nunca estuvo. No lo sé.
Mi corazón late tan fuerte que siento el pulso en las sienes.
Las personas pasan como si nada hubiera ocurrido. Nadie se detiene a ayudarme. No los culpo, yo haría lo mismo.