Calla los ojos

3. Ya no es amarillo

Vaela.

El silencio pesa en el teatro. Llegué quince minutos antes a la conferencia para sentarme en la última fila. Son siempre los asientos más solicitados, lo más lejos posible de las palabras que ya conocemos. La primera página de la presentación no cambia: “Aprender a hacer mejor la ciudad”. Dos horas cada viernes antes de terminar la jornada, como si pudiéramos olvidarlo durante el fin de semana.

Las letras en la pantalla gigante se difuminan. El dolor de cabeza que empezó anoche sigue ahí. Constante. Sordo. Como si mi cerebro protestara contra las preguntas sin respuesta.

Apoyo la espalda del todo en el asiento, los brazos cruzados me ayudan a mantener la postura. Delante algunos sacan sus computadoras a escondidas, otros acomodan la cabeza en el espaldar, no tardarán en dormirse.

Mi mente procesa al triple de velocidad lo ocurrido ayer. Las preguntas se atascan, se entrelazan.

¿Por qué no encontré nada de mi abuela en el archivo?

¿Quién era aquel chico? ¿Por qué desapareció? ¿Cómo?

Una punzada en la sien me obliga a cerrar los ojos, presiono con mi dedo entre mis cejas, pero el dolor no se alivia.

Intento escuchar al supervisor desde el escenario. Su pose es esbelta, camisa blanca abotonada hasta arriba y bolígrafo en el bolsillo, como si lo usara. No siempre es el mismo supervisor allí arriba pero todos son iguales. No los culpo, si solo les venden camisas blancas con sus puntos, no hay forma de diferenciarse.

Miro el reloj en mi muñeca. Cuento los minutos para terminar el día y regresar al lugar dónde lo vi, dónde se esfumó.

Media hora de presentación y no hay nada nuevo. El mismo recordatorio aparece en pantalla.

"Nuestra ciudad es perfecta. Los modelos fundacionales aseguran que todos vean la versión más bella de nuestro hogar.”

El supervisor se gira hacia el público y golpea fuerte el piso de tablas con su puntero. Todos levantan la vista ante el ruido.

—Su trabajo es mantener esa perfección. No cambiarla. ¿Entendido? —dice el supervisor con la mirada expectante hacia el público.

Todos asentimos al compás en un silencio absoluto.

Lo próximo es mostrar como usar las herramientas de manejo de capas.

Saco la computadora y la abro sobre mis piernas. Aprovecho para adelantar mi trabajo atrasado de hoy.

Abro el modelo de la plaza de la Zona 95, aún me falta revisar si los colores asignados son los correctos para el verano que se aproxima. Aplico el color sin problema, pero ya no puedo ver los modelos de la misma manera. Aumento al máximo la imagen, necesito verificar si las iniciales de mi abuela están en alguna parte de este modelo. Reviso cada pixel. Hasta que en la esquina inferior las encuentro.

“A. Virex”

Pero pestañeo una, dos veces para enfocar.

Hay otras iniciales.

“M. Halden”

—Pero que mierd.. —Mi voz sale más alta de lo que quiero.

La computadora se resbala de mis piernas. La aguanto antes de que caiga pero choca contra el asiento de enfrente.

—¿Todo bien señorita Korev? —dice el supervisor.

Todos se giran. Una ola de calor termina en mi cara.

—Todo bien —respondo más firme de lo que pensaba.

El supervisor me mira fijo, frunce el ceño. Se gira y sigue con la siguiente diapositiva.

Levanto la pantalla.

Las iniciales vuelven a penetrar en mis ojos, no las conozco.

Cierro este modelo y abro el del muro de ayer. Busco las iniciales de mi abuela y justo al lado está la nueva inscripción.

No puede ser. Ayer no estaba.

Reviso el modelo del hospital, los edificios del partido, las residencias, en cada uno está inscrito “M. Halden”.

La punzada en mi cabeza se intensifica. Mis ojos arden.

Cierro la computadora y la guardo en la mochila frente a mis pies. Pero la imagen queda latente pidiendo respuestas.

Saco el teléfono del bolsillo. Toco las teclas con cuidado, suelen sonar demasiado. Como desearía que cada tecla fuera una letra, no tendría que tocar cuatro veces para llegar a la “S”.

Escribo el mensaje a Syra:

“Busca M.Halden, luego explico”

Nunca pensé que me serviría que Syra trabaje en el Registro Civil hasta ahora. Si esas iniciales están en algún lugar tiene que ser ahí.

Espero respuesta. Mi pierna tiembla en un movimiento constante. Mis manos giran el teléfono sin parar.

Una hora más tarde termina la presentación. Nos quedamos sentados esperando instrucciones para pararnos. Pero aparece una diapositiva más en pantalla.

“Felicidades a los creadores que ascienden al segundo nivel”

Cinco nombres, conozco solo a una que se sienta a dos mesas de la mía, hemos coincidido en el baño. Los nombrados se levantan y caminan hacia el escenario. El resto nos ponemos de pie. Aplaudimos. Algunos al frente gritan eufóricos. En mi fila algunos ni siquiera se paran. Ya sabía que no ascendería, comienzo a creer que nunca lo haré.

Aprovecho el momento de celebración para hablar con mi compañero de al lado. No sé su nombre pero trabaja en mi área en una de las mesas al fondo.

—¿Sabes si alguien puede modificar los modelos fundacionales? —le susurro entre el bullicio.

Me mira con los ojos muy abiertos. Su garganta se mueve, traga saliva. Tarda unos segundos en responder.

—Dicen que solo los creadores de nivel siete hacia arriba —responde al fin— ¿Por qué?

—Nada, curiosidad —le digo y regreso a aplaudir.

Lo miro con el rabillo del ojo.

Frunce el ceño, pero no pregunta nada más. Se gira como si no hubiéramos hablado.

Unos minutos después vibra el teléfono. En la pequeña pantalla aparece un mensaje de Syra.

“No encontré, ¿quién es?”

Sabía que ese podía ser el resultado, pero una parte de mi quería que encontrara algo.

Respondo.

“Explico luego, busca A. Virex”

El mensaje llega al instante.

“La abuela, ¿para qué?”

“Busca certificado de nacimiento”




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