Vaela
Respiro más rápido de lo normal. Caminar desde el mercado hasta la casa de Syra quizás no fue la mejor idea, pero me ayudó relajar cada músculo que tenía contraído. Incluso podría decir que el dolor de cabeza desapareció pero creo que solo me acostumbré a él.
Entro por el recibidor directo a la cocina. Me siento en una de las banquetas alrededor de la isla. Esa isla es más grande que mi sala y comedor juntos, y no exagero. Nunca sé dónde apoyar los brazos, me da miedo empañar el mármol. Pero hoy estoy demasiado cansada para no hacerlo.
Syra le busca un auto de juguete a Lua para entretenerla, antes de detenerse frente a mí.
—¿Quieres agua? —me pregunta.
—Sí, por favor —digo con la voz aún entrecortada.
Saca un vaso de cristal de una de las estanterías y lo llena con agua del grifo.
Se escucha la televisión encendida en el salón.
—¡Sí, sobrecumplimos el plan otra vez! —exclama Darío desde allá.
Syra se acerca. Me entrega el vaso. Se sienta en la banqueta frente a mi. Apoya la espalda con los brazos cruzados. Me observa.
Bebo con cuidado de no atragantarme.
Lua no para de correr alrededor de la isla persiguiendo su juguete.
Termino de tomar el agua y dejo el vaso encima del posavasos que Syra había colocado a mi lado.
—Y bien, ¿me vas a contar por qué buscas información de la abuela? —pregunta.
La pierna que tiene apoyada en la reposapiés de la banqueta se mueve sin descanso.
Le cuento sobre las iniciales en los modelos fundacionales y mi búsqueda fallida en el Archivo.
—No hay nada en los registros, no es normal —dice.
Aprieta la boca como si tuviera miedo de decir algo y que sea verdad.
—Quizás hay registros que no son públicos.
—Sabes que tengo acceso a todos —agrega Syra— Los registros solo se borran cuando alguien se va al mar. —Mira un momento hacia un lado— Pero nosotras vimos morir a la abuela. No se fue a ninguna parte.
Cruzo las piernas. Juego con el vaso sin que toque el mármol.
—Pregunté en el trabajo, el acceso a los modelos fundacionales es muy restringido —digo con la voz un poco más baja— Sé que la abuela fue creadora pero no entiendo por qué sus iniciales están allí.
Syra pasa su mano por debajo de la nariz. No dice nada por unos segundos.
—¿Y las otras iniciales? ¿M. Halden? —me pregunta.
Suena el timbre de la puerta de entrada antes de que pueda responder. Nos quedamos calladas. Se escucha la voz de Darío y la de alguien más.
—Creo que es su jefe —susurra Syra.
—Las iniciales M. Halden aparecieron hoy, estoy segura que no estaban antes —afirmo aunque no puedo comprobarlo— y están en todos los modelos, como si alguien estuviera modificando la base.
Ella abre los ojos de más, tuerce un poco la boca.
Se escucha el golpe de la puerta de entrada al cerrarse.
—¿Y si le preguntamos a Darío? —propone Syra.
Llevan más de siete años juntos, estoy segura que confía en él. Pero desde ayer yo no confío ni en mí misma.
—Prefiero mantenerlo entre nosotras hasta que sepamos más —le digo.
—Él podría ayudarnos, siempre sabe cuando alguien se va al mar —Intenta convencerme—. Y no quiero ocultarle nada.
Me levanto de la banqueta. Camino de un lado a otro de la isla.
Quizás no debí enredarla en este asunto. Debí suponer que querría contarle, es su esposo. Pero yo no quiero incluir a nadie más. Mi prima nunca me denunciaría por alucinaciones, pero estoy segura que Darío no lo dudaría ni un segundo.
—No podemos decirle, sabes lo que va a pensar —Me detengo frente a ella—. Sabes lo que pueden hacerme si me denuncia.
Ella se queda callada.
Asiente.
—Vale, entonces llama a tu padre —dice y me sorprende— si alguien sabe sobre el trabajo de la abuela tiene que ser él.
Por fin siento que esa podría ser la respuesta, no sé cómo no lo pensé antes.
Mi padre creció rodeado de esos modelos y, aunque luego decidió seguir en la política, debe saber más de lo que tenemos nosotras.
—Buenísima idea —le digo y saco el teléfono del bolsillo.
Me siento otra vez en la banqueta frente a Syra.
—Pero no le digas que buscamos en los registros —agrega ella con voz temblorosa.
Tengo su número en marcado rápido. Tecleo *4 y sale su nombre en pantalla.
Activo el altavoz.
Contesta luego de tres timbres.
—Hola Val —dice al otro lado.
—Hola papá, mira a ver si me ayudas con un tema.
—Si claro dime.
Lua hace ruido como de auto arrancando. Toco el botón de silenciar antes de que mi padre escuche cualquier otro sonido.
Syra lanza el auto de juguete por el pasillo hasta el salón y Lua echa a correr detrás.
Activo el sonido.
—Papá, ¿sabes si la abuela trabajó en los modelos fundacionales?
Por unos segundos no se escucha nada al otro lado de la línea.
—¿Papá? —digo para verificar si perdí la llamada.
—¿Dónde escuchaste eso? —pregunta.
—Vi sus iniciales en un modelo.
—¿Estás en casa? —Su voz suena más grave ahora.
Syra asiente de forma exagerada.
—Sí —le miento.
—Vaela escucha bien —Su tono esta vez me da escalofrío—. Deja de buscar, deja de preguntar. Por tu bien.
Syra abre los ojos muy grandes. Hace señas como cortando el cuello con la mano.
—Pero…
Me interrumpe.
—No hay peros. Tu abuela está muerta, déjala descansar.
Cuelga.
Me tiemblan las manos. Miro el teléfono sin entender muy bien que acaba de pasar.¿Mi padre me había amenazado?
Syra se tapa la boca con la mano. No dice nada.
—No podemos hablar con nadie —le digo a Syra y en realidad lo digo para mi.
Guardo el teléfono en el bolsillo. Siento que el pin me pincha un dedo.
Lo saco.
—Hay algo más —le digo y estiro la mano derecha con el pin.
Le cuento sobre el chico que desapareció y como encontré la libélula.