El camino hasta la casa de la abuela es justo como lo recordaba. No ha cambiado ni una fachada. Árboles que se comen la calle y en esta época se llenan de flores naranjas. Pocas casas, las mismas. Las veo al pasar y se pierden en los caminos, pero todas lucen cuidadas, demasiado coloridas.
Nos desviamos a la derecha. Syra estaciona sobre el césped. Ya ni siquiera se define dónde antes hubo un espacio para estacionar.
—Mamá quita—protesta Lua desde el asiento trasero refiriéndose al cinturón.
Syra se baja y la saca del auto. Bastante aguantó la peque esas dos horas desde la ciudad.
Tardo un poco más en salir. Por la ventanilla se cuela una brisa distinta. Aroma de hierba fresca y tierra mojada.
Camino alrededor del auto. Me detengo frente a la casa, al lado de Syra. La fachada está cuidada al detalle. Las paredes tienen la misma pintura azul cielo desde que tengo memoria. Las barandas de madera del portal siguen intactas. El sonajero colgado en la esquina derecha se mueve despacio, y aún así compite con el trinar de algunos pájaros.
Miro hacia el lado. Lua está entre nosotras, sonríe y mueve la mano con energía.
Me giro.
Un señor se mece en un sillón en el porche de la casa enfrente. Hay al menos media cuadra hasta allí. Ambas casas son las únicas al final de este camino.
Está un poco encorvado. Parece tener más de setenta años. Algo en su cara me resulta familiar.
Toco a Syra para que se gire y saludo para no parecer grosera.
—¿Lo conoces? —le pregunto a Syra.
Ella saluda también.
—No, no recuerdo que tuviéramos vecinos.
El hombre camina hacia su puerta. Antes de entrar se detiene.
Se gira.
Nos mira fijo. Levanta la mano despacio. Un saludo. O una advertencia. No lo sé.
—¿Entramos? —pregunta Syra.
—Vamos —le digo.
Abro el maletero. Sacamos nuestras maletas y una pequeña nevera con alimentos. Syra le da a Lua su auto de juguete.
Subimos los tres escalones del portal. Syra saca la llave y trata de abrir la puerta. La cerradura suena oxidada. No quiere girar.
Miro a la casa de enfrente. El vecino está bombeando agua en el pozo de su jardín. Sus movimientos son lentos, forzados, se nota que le cuesta levantar los brazos. Quiero ir a ayudarlo pero ya debe estar acostumbrado.
Aún así me pregunto por qué bombea agua del pozo si todos tenemos en el grifo.
El sonido del metal subiendo y bajando se queda unos segundos más en mi cabeza de lo normal.
Chirriante.
Rítmico.
Por fin la puerta cede.
Entramos.
El interior parece de otra casa. Como si alguien hubiera dejado de mirarla. Grietas en las paredes, muebles tapados con sábanas, polvo asentado en el marco de las puertas. Mis padres envían a alguien a limpiar dos veces al año. Al parecer eso no ha sido suficiente para evitar el olor a vacío y humedad.
La luz que entra por las enormes ventanas se adueña del salón. Seguimos por el pasillo central hasta el comedor. Impone con su mesa de ocho sillas que nunca más sirvió a la familia.
En la cocina, sacudimos el polvo de la mesa redonda de desayunar y dejamos la nevera sobre ella.
Subimos. Todas las habitaciones están en el segundo piso. Cargo mi maleta y la de Lua. La de ella pesa casi lo mismo que la mía aunque es del tamaño de una lonchera. No sé qué le empacó Syra. Pesa como si llevara ladrillos.
Llegamos a la primera puerta frente a la escalera. Está abierta. Syra se detiene en el umbral. No entramos. Es la habitación de la abuela.
—Voy a dejar las maletas —dice.
Lua se agarra a su pierna.
Sigo hasta mi habitación, la cuarta del pasillo. Es la más pequeña, es lo que tiene haber sido la tercera nieta.
Entro.
El sol golpea las cortinas de lino que antes eran blancas. Ahora son más beige que otra cosa.
Apenas tres pasos son suficientes para llegar a la cama personal en el centro. Literalmente tres. Los cuento para confirmar.
Delante está mi mesa. Algunos papeles se han mezclado con la madera, imposibles de separar. Encima siguen mis libros escolares favoritos. Los cuentos siempre tenían alguna enseñanza.
Abro el primero de la pila por una de las páginas centrales. Las ilustraciones son más sobrias de lo que guardaba en mi memoria. Hay solo una frase en esa página “Mi país es el mejor por el proceso, hay que cuidarlo”
Me quedo un segundo de más mirando la frase.
Después otro segundo.
Y otro.
¿Cuántas veces leí esto de niña sin cuestionar nada?
¿Y cuántas veces lo creí?
Cierro el libro de golpe y lo vuelvo a colocar en la pila. No quiero saber qué más me enseñaron.
Miro al frente. En la pared hay varios de mis dibujos colgados. Uno de ellos captura mi atención. Lo despego. Tenía poco talento para dibujar pero recuerdo que la niña en el papel era yo y el niño de ojos negros era mi amigo imaginario. Lo dibujé vestido de amarillo, pero nadie viste de ese color. Solo venden ropa beige y blanca.
Me acerco más, como si hubieran detalles que no veo. El dolor de cabeza regresa. Aprieto las sienes.
La imagen de nosotros corriendo en mi sueño aparece otra vez. Nítida. Como si fuera un recuerdo. No un sueño.
¿Y si no era imaginario?
—Val —grita Syra desde el piso inferior— ven al estudio.
—Voy.
Coloco el dibujo en su lugar.
Abro la ventana de cristal. No podré dormir con este olor a humedad.
Miro hacia afuera. El vecino está sentado en su porche. Mirando hacia acá.
¿Nos ha estado observando todo este tiempo?
Cierro las cortinas rápido.
Cuando llego al estudio Syra ya barrió el piso de madera antiguo y se empeña en sacudir el polvo de los estantes. Lua está tirada en el suelo rodeada de hojas en blanco y lápices de colores.
Me siento en el escritorio de la abuela. El polvo que levanto me hace estornudar. Syra me mira. Me encojo de hombros.