El nombre de la abuela sobre aquella portada de cuero se desenfoca y enfoca ante mis ojos. Paso los dedos por cada letra. Tienen relieve. Están ahí.
Apoyo el libro sobre la mesa redonda de la cocina. Por la ventana a mi lado entra una brisa que levanta nubes de polvo de cada rincón.
Arrastro mi silla hacia delante y el chillido ensordecedor me eriza la piel, o ya estaba erizada, no sé.
—Tienes que ver esto —le digo a Syra.
Deja dos platos de fruta en la mesa. Se sienta a mi lado y carga a Lua sobre sus piernas. La peque pincha los trozos con el tenedor como si fueran los últimos pedazos de manzana de la humanidad.
Syra se inclina un poco para ver el libro.
—¿Lo escribió la abuela? —pregunta y queda con la boca abierta.
—Eso parece.
—Ábrelo.
Las manos me tiemblan. Por un momento dudo si es buena idea.
Lo abro.
En la contraportada leo la fecha de edición, hace cincuenta años. Paso la página. Encuentro una introducción que me golpea los ojos.
“La calma social depende de lo que decidamos que existe. Ver es una costumbre. Y toda costumbre puede corregirse.”
Miro a Syra. Sus ojos están tan abiertos como los míos.
Cierro el libro de golpe. Lua brinca encima de Syra por el estruendo.
¿Qué tipo de broma macabra es esta?
No sé si quiero seguir leyendo.
—No conocíamos a la abuela —susurro.
—Tal vez no deberíamos seguir leyendo —dice Syra.
—¿Qué?
—No sé si quiero saber más.
—Syra, necesitamos…
—¿Necesitamos qué? —me interrumpe— ¿Saber quién era en realidad?
La miro fijo.
—Sí —digo— Necesitamos saber exactamente eso.
Syra asiente despacio mientras abraza a Lua por la cintura.
Respiro hondo.
Abro el libro otra vez.
Avanzo entre las páginas siguientes. Hay dibujos de los modelos fundacionales, idénticos a las versiones digitales sobre las que trabajo. Las mismas fachadas sin grietas del Edificio Central, el Archivo, el Parque de los Héroes, el Centro de Salud Mental.
—¿Cómo puede ser todo igual? —pregunta Syra y no sé si lo hace para sí misma.
Lua deja de comer. Mira hacia la ventana.
—¿Qué pasa cariño? —pregunta Syra.
Lua señala afuera.
—El señor amarillo.
Syra y yo corremos a la ventana. No hay nadie. Solo el vecino sentado en su porche y viste una camisa beige. Habla solo. No gesticula, pero se nota que mueve la boca.
—No hay ningún señor amarillo Lua —le digo.
Ella vuelve a señalar al porche del vecino.
—Sí está ahí —grita la peque.
El vecino mira hacia la ventana. Syra se gira rápido con Lua en brazos. Queda escondida detrás de la pared y yo hago lo mismo del otro lado.
Mi respiración se acelera. Me aguanto del marco de la ventana. Mis uñas arrancan un poco de la pintura que ya se cae a trozos. Miro al marco. Está intacto.
Syra coloca a Lua en el suelo, su altura no llega a la parte baja de la ventana. La peque corre hacia el salón.
Nos miramos. Ella frunce el ceño.
Contamos con los dedos.
Uno, dos, tres…
Ambas nos inclinamos apenas para ver por el borde del marco.
Ya no hay nadie en el porche. O eso creo.
—¿Qué fue eso? —susurro.
—No sé, pero no creo que debamos quedarnos mucho tiempo —dice Syra y mira a Lua.
—Revisemos todo lo que podamos y nos vamos mañana a primera hora.
Asiente.
Regresamos a la mesa.
Paso cada nueva página más rápido, como si la velocidad fuera a borrar la idea de que la abuela creó esos modelos. Hasta que a mitad del libro una hoja a color entero amarilla me detiene de golpe. En el centro, letras negras “Salidas”.
Lo siguiente es la imagen de un edificio en vista superior con varios caminos a una carretera. Ocupa un terreno enorme. En el mapa parece estar afuera de la ciudad, pero he pasado por allí y no hay nada.
Al pasar la hoja hay una vista frontal del mismo edificio. Una estructura de cristal que parece imposible de sostenerse. Afuera tiene un cartel “ Aeropuerto Nacional”. Debajo de la imagen hay una leyenda con la fecha de construcción. Cincuenta y cinco años atrás.
—Aeropuerto... ¿qué es un aeropuerto? —pregunto.
—¿Un qué?
Leo la descripción en voz alta.
—”La salida más rápida de la isla. El avión entra y sale una vez al día”.
—¿Avión?¿Qué es eso? —Syra señala el mapa dónde estaría situado— Ese terreno está vacío. Pasamos por ahí mil veces.
—No puede estar vacío si está en el libro —insisto.
Syra duda por un instante.
—Tampoco sabemos si este libro es verdad —agrega.
Quedo en silencio. Repito la información en mi cabeza.
—¿Y si no lo vemos como no vi más al chico? —me detengo— ¿Y si es como la gente amarilla?
Por un instante mi vista se nubla como si ya no confiara en lo que tengo delante. Me apoyo en el espaldar. Mis manos caen sobre mis muslos.
—Mamá —dice Lua y estira los brazos.
Vuelve a las piernas de su madre y se concentra otra vez en el plato de fruta.
Syra pasa la página en el libro. Esta vez hay otro edificio frente al mar justo donde está la Sede del Gobierno. Barcos enormes atracados detrás. No se comparan con los que hemos visto toda la vida, en el río cerca del pueblo. Estos tenían como cajas enormes encima y eran casi del tamaño del edificio.
Debajo una nota “Ampliar muelles puede desequilibrar el sistema”
—Basta ya, este libro no puede ser verdad —dice Syra y cierra el libro.
Su duda me taladra en la cabeza, las imágenes se mezclan. Cierro los ojos tan fuerte como puedo.
—Existen —exclamo más alto de lo que esperaba, me inclino hacia delante y apoyo la mano en el libro de un golpe— no los hemos visto, pero existen.
Syra coloca su mano en mi pierna para detenerla. No había notado que temblaba.
—Cálmate —me dice.
Intento controlar mi respiración.
Ella se pasa la mano por el pelo. Se apoya en el espaldar de la silla mientras Lua está a punto de pinchar la última uva.