Calla los ojos

7. El químico

Vaela
Trago la poca saliva que me queda. Mis manos mantienen la nota abierta. “M. Halden”. No me hace falta volverlo a leer, las iniciales se repiten en mi cabeza. No puedo apartar la vista del garrafón de agua frente a nosotras. Limpio. Nuevo. Listo para beber.

Syra abraza a Lua sobre sus piernas y esta no deja de moverse sobre ella.

Ambas estamos sentadas en el borde de las sillas de la mesa de desayunar de la cocina. No sé para qué, ese garrafón no va a salir corriendo.

—¿Estás segura que no te dijo nada? —pregunta Syra por tercera vez.

—Ya te dije que no, que estaba sentado en el porche.

Justo dónde ha estado desde que llegamos hace casi dos horas. Creo que está anclado a ese sillón o algo así.

Syra deja a Lua en el piso y esta sale corriendo. Se levanta. Camina hacia la ventana a paso lento, como si no quisiera llegar. Asoma solo la cabeza por un lado.

—Ya no está allí —dice pero no deja de observar.

—A ver, es solo agua, quizás estamos paranoicas ya —pienso en voz alta.

Syra se gira brusco. Me mira. Frunce el ceño.

—¿Ahora de pronto estás tranquila? —pregunta con ironía— te recuerdo el libro que casi te da un ataque de ansiedad.

—Ya sé…

—Todo está raro —me interrumpe—. Desde el vecino que no sabíamos que existía hasta ahora, hasta esa nota manipulándonos para beber su agua. —Hace una pausa—. Ni de coña le daré esa agua a Lua.

Respiro por más tiempo de lo normal hasta que siento mis pulmones inflarse. Suelto el aire de golpe.

“Bip, bip, bip”.

Suena la alarma del teléfono de Syra.

—Lua ven —la llama mientras saca una botella de agua de la mini nevera que trajimos.

La peque corre hasta ella. Se pega la botella a la boca y el agua baja despacio hasta tres cuartos del líquido. Syra bebe el resto.

Saco mi teléfono del bolsillo. Me quedan quince minutos antes de escuchar ese sonido fastidioso.

Solo nos quedan cinco botellas pequeñas.

Y el garrafón del vecino que aun no decido que hacer con él.

Debería parecerme raro, lo sé. Es agua de un hombre extraño que nos ha observado desde que llegamos. Pero ese líquido transparente no es el que hace que mi dolor de cabeza regrese, es la maldita nota con unas iniciales que rebotan en mi cerebro.

Me levanto de la silla.

Doblo la nota. La guardo en el bolsillo de mi pantalón.

Camino hacia la puerta de la entrada sin decir nada.

—¿Dime que no vas a hacer lo que creo que vas a hacer?

Escucho a mi espalda.

—No es solo el agua, son las iniciales que estaban con las de la abuela —le digo— Y a ese señor lo vi en mi sueño. Tengo que descubrir quién es. No puedo seguir de brazos cruzados.

—Por favor Vaela déjalo estar —suplica— nos vamos en la mañana y olvidamos toda esta locura.

Me giro para verla.

El piso de tabloncillo cruje bajo sus zapatos mientras se acerca a mi.

—No entiendes. Yo no puedo olvidar lo que he visto —exclamo.

Agarro el picaporte de la puerta. El frío del metal cala mi mano que aprieta de más. Lo giro. La puerta se abre, pesada, arrastrándose.

Cruzo el umbral.

—Espera —grita Syra— vamos contigo.

Carga a Lua. Camina hacia la puerta.

La espero.

Cuando llega a mi toma mi mano.

Me mira a los ojos.

—Estamos juntas en esto.

Cada paso hacia la casa del vecino suena menos en el pasto. Media cuadra que parece una milla.

De lejos la casa se veía normal. Las paredes de un verde oscuro que parecía continuación de la hierba demasiado alta. Pero al llegar al porche la normalidad parecía no aplicar. Había tablas sueltas en la escalera, hasta un hueco que traté de no pisar. Las grietas en la pared frontal iban del techo al suelo. No había que ser arquitecto para saber que esa casa estaba en pie de milagro.

El sillón se mece solo y no estoy segura si es solo por la ráfaga de aire que acaba de pasar.

Subo primero y le señalo a Syra las tablas levantadas. Cuando sube los tres escalones deja a Lua en el piso y la toma de la mano.

Nos acercamos a la puerta.

Nos miramos. Asentimos a la vez.

Toco la puerta con la fuerza suficiente para que se oiga, pero sin exagerar. Si es una asesino en serie que al menos considere que somos amables.

Apenas termino el tercer golpe la puerta se abre.

El vecino aparece en el umbral. Sonríe.

¿Nos estaba esperando?

—Hola Vaela, hola Syra —dice y su voz ronca se alarga.

Se inclina un poco para ver a Lua.

—Hola pequeña.

Lua se esconde detrás de la pierna de Syra.

Nosotras nos miramos. Syra abre los ojos de más. Mueve solo un centímetro su cabeza de un lado a otro.

—Hola, mucho gusto… —le estiro la mano y me detengo para que diga su nombre.

Él vuelve a sonreir. Esta vez lo entiendo menos.

—Maxwell, un gusto chicas —responde a mi saludo.

Syra no se mueve. No suelta a Lua.

—Pasen por favor —pide el vecino.

Abre del todo la puerta. Estira su mano mientras se gira y deja la entrada libre.

Después de unos segundos doy el primer paso.

Entro.

Las chicas me siguen.

Los ojos de Syra no paran, saltan de un lado a otro de las paredes.

La estructura es similar a la de la casa de la abuela. Pero se nota que es más pequeña. La luz debería entrar igual pero las cortinas marrón oscuras se lo impiden.

Maxwell dobla a la izquierda. Vamos detrás. Las tablas crujen con cada paso hasta que llegamos al piso de moqueta del salón.

—Siéntense por favor —dice y nos señala el sofá delante de la ventana que da al porche.

Me siento lento, por si la densidad del cojín no es suficiente para mantenerme recta. Lo último que me falta es hundirme en el sofá. Syra me acompaña y carga a Lua en sus piernas. La tiene pegada.

Maxwell se sienta en la butaca frente a nosotras. Estira la mano hasta la jarra de cristal que está en el centro de la mesa de centro.




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