Calla los ojos

8. Cielo naranja

Vaela

Mi mano tiembla como si el plástico del teléfono siguiera vibrando. Lo coloco encima de la mesa de centro. Mis ojos vuelven a la fórmula en el libro, a repasar cada uno de esos elementos químicos.

—¿En serio nunca se han preguntado el propósito de esa alarma? —pregunta Maxwell.

—Está claro que es para cuidar la salud de todos —responde rápido Syra.

Maxwell se ríe.

—Sí, claro. Porque hay que confiar en el proceso —dice sarcástico—. Esa frase se la inventó su abuela, por cierto.

Los escucho pero no dejo de mirar las páginas viejas frente a mi.

—¿Cuál es el objetivo de modificar el agua? —le pregunto después de decidir que nunca iba a adivinarlo por mí misma.

—¿Ves este elemento de acá? —señala una parte específica en la mitad de la fórmula.

Ambas fijamos la vista en las letras. Eran solo tres “BLI”.

—Ese es el que modifica las conexiones neuronales y garantiza la percepción selectiva. —Se detiene, retira el dedo del libro, nos mira— Así el cerebro recibe las ondas que quiere el sistema.

Syra se tapa la boca.

Yo me levanto del sofá como si me expulsara. Camino alrededor del salón. Me tiemblan las manos más que antes. No puedo parar. Aprieto los ojos lo más que puedo pero no se va la maldita punzada en la sien.

—Entonces nada de lo que vemos es real —digo para mí sin dejar de caminar.

—La mayoría es real, con capas aplicadas que modifican la realidad. Pero también hay cosas ocultas.

Me llevo las manos a la cabeza. No puede ser. Soy parte de esto. Yo aplico esas capas. ¿Pero sobre qué? ¿Acaso lo que yo veo en los modelos es real? Hasta ahora pensaba que era normal aplicar una capa a un edificio y se aplicaba en la realidad, nada extraordinario. Pensaba que así funcionaba el mundo. ¿A cuánta gente he engañado?

—¿Cómo el aeropuerto? —escucho la voz de Syra muy baja.

—¿Cómo saben eso? —pregunta Maxwell.

—Lo vimos en un libro de la abuela —le responde ella.

Lua se atraviesa delante de mí. Me detengo de golpe. Se había bajado de las piernas de Syra y ni siquiera lo había notado.

La peque corre por detrás del sofá con su carro de juguete.

—Lua no corras —exclama Syra.

Ella disminuye un poco la velocidad pero sigue dando vueltas por el salón.

Me siento de vuelta en el borde del sofá. Mi pierna no para de moverse.

Respiro profundo.

—Sigo sin entender —le digo con la cara apretada entre la palma de mis manos.

—Es simple, la fórmula modifica el cerebro para que vean lo que ellos quieren y como no puede hacerlo de golpe lo administran en pequeñas dosis en el agua durante años —explica Maxwell.

Mira a Lua que sigue lanzando su auto de un lado a otro del salón.

—Por eso los niños ven todo hasta cierta edad. No es fija, depende de cada uno —agrega y se recuesta otra vez en la butaca.

—Entonces… la gente amarilla que ve Lua si existe —la voz de Syra tiembla.

Maxwell asiente y nos señala a ambas.

—Ustedes también los veían antes.

Eso quiere decir que la gente amarilla que lo visitaron sí existe.

—¿Para qué vinieron a verlo a usted hace un rato? ¿Quiénes son? —le pregunto a expensas de que me explote la cabeza con más información.

Él cruza los brazos, se mueve un poco para acomodarse. Suelta una risa ladeada como regodeándose de sus propios pensamientos.

—No son de la isla, quieren la fórmula para contrarrestar el efecto del agua —dice al fin.

Abro los ojos de más. Veo de reojo a Syra pasarse la mano por la cara.

—¿Tienes esa fórmula? —le pregunto.

Maxwell suelta una carcajada otra vez. Ya me incomoda tanta risa.

—Obvio, yo la creé —dice y vuelve a señalarnos—. Y ustedes también, en el agua que les di.

Syra y yo nos miramos a la vez. Puedo ver miedo en sus ojos. Rápido volvemos a mirar al frente.

—¿Y veríamos todo, todo? —le pregunto.

—Si toman esa agua, en solo días su cerebro se recuperará. Las volverá inmunes a la fórmula anterior.

Lua regresa corriendo hasta Syra para que la cargue. Vuelve a sentarse en sus piernas.

—¿Y ella? —pregunta Syra.

—Si todavía ve a la gente vestida de amarillo es porque no ha sido afectada, así que esta nueva fórmula solo la hará inmune.

¿Llevamos años tomando agua envenenada y de repente este señor tiene una fórmula mágica que nos cura en días? ¿Cómo puede eso ser posible?

—Venga ya, deje el cuento. Cómo un anciano en esta cachucha puede haber creado una fórmula como esa —le suelto a Maxwell y me doy cuenta de lo mal que ha sonado.

Syra me agarra del antebrazo, tanto que siento sus dedos marcados en mi piel.

Él vuelve a reírse esta vez más alto.

—Ay mini Aurelia —dice con sorna—. Yo creé las dos. La del control y la del antídoto.

Ambas abrimos la boca como si estuviéramos sincronizadas.

—Claro, por eso están sus iniciales en los modelos —pienso en voz alta.

Él se inclina hacia adelante. Frunce el ceño.

—Yo soy químico. No participé en los modelos —responde él.

Saco de mi bolsillo la nota que dejó en el porche junto al bidón de agua. La coloco en la mesa de centro frente a él.

—¿Estas son sus iniciales? —Señalo las letras en el papel.

Él asiente.

—Esas iniciales están en los modelos fundacionales —agrego.

Maxwell se queda en silencio. Su frente se arruga más de lo que estaba.

—Solo puede ser él —susurra.

Baja la mirada. Por primera vez desde que llegamos no hay ni rastro de sonrisa en su cara. Y parece mentira pero ahora extraño su risa arrogante. Sus ojos apagados son peores.

—¿Quién? —pregunta Syra que se inclina un poco para mantener contacto visual con él.

—Mi hijo. Marcel.

Un aire gélido sube por mis piernas hasta mi cara. No puedo pestañear. El dolor de cabeza es insoportable. Aprieto mi sien tan fuerte que mis uñas se clavan.

Estoy otra vez en el patio, con mi vestido de flores y zapatos viejos.




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