Vaela
El nombre se repite en mi cabeza “Plan Mnémosyne”. ¿Qué idioma es ese? ¿Qué tiene que ver con Marcel? Pero sobre todo por qué le estoy creyendo todo a este anciano que parece salido de un libro prohibido.
—Vaela tenemos que irnos —dice Syra y se levanta con Lua en brazos.
Yo no puedo quedarme con todas estas dudas.
—¿Qué es el Plan Mnémosyne? —le pregunto a Maxwell.
Él no deja de tocar el pin como si le fuera a decir algo.
—¿Sabes que no veo a mi hijo desde hace más de quince años? —dice como si no escuchara mi pregunta— su madre seguro le dijo que estoy muerto o algo así.
Nos quedamos en silencio unos segundos. No tengo ni idea qué decirle. Si no fuera porque lo vi y por ese pin, no creería ni una palabra.
Syra deja a Lua en el suelo pero le sostiene la mano.
Maxwell deja el pin en la mesa frente a mi. Levanta la vista hacia nosotros.
—No conozco los detalles del plan. Solo trabajé en la fórmula inicial para borrar la memoria. —Se toca el puente de la nariz—. Me fui antes de terminar el proyecto.
¿Una fórmula para borrar la memoria? Pero que coño es esto, es cada vez más absurdo todo. Dentro de un rato me va a contar que inventó los supuestos aviones.
Recojo el pin frente a mi. Lo guardo en el bolsillo. El dolor de cabeza persiste como si cada nuevo dato no encontrara lugar para asentarse.
—¿Y te dejaron abandonar? ¿Cómo es que vives tan tranquilo después de todo eso? —insisto, porque si es verdad todo lo que dice, este tipo es el puto creador de una maquinaria de manipulación.
—No me dejaron abandonar, si me hubieran dejado no estaría en esta isla. —Se recuesta despacio en la butaca— Isadora vendrá a buscarme, cuando se canse de enviar a esos empleados que no sirven para nada.
Quiero creer que se arrepiente de lo que sea que realmente hizo, pero no suena así. Parece en cierta medida… orgulloso. Y yo no logro entender la magnitud de lo que significa lo que nos ha contado.
—Entonces, ¿sabes por qué borraron a la abuela de todas partes? —le pregunta Syra.
—Porque ella si logró escapar —dice él como si fuera normal.
Syra se sienta de golpe.
—Pero si la abuela murió, nosotras la vimos —murmura Syra y me mira buscando confirmación.
—Es imposible, su abuela se fue hace catorce años —asegura Maxwell.
Hasta aquí llego, esto tiene que ser mentira.
Syra me mira. Sus ojos imploran que nos vayamos.
Niego con la cabeza.
—Muchas gracias por todo Maxwell, nos tenemos que ir —le digo.
Me levanto y agarro a Syra de la mano para que se ponga de pie.
Él tarda un poco pero se levanta también. La sonrisa con que nos recibió se ha borrado por completo de su rostro.
—Sé que es difícil de creer todo esto. —Nos mira fijo—. Pero al final es decisión de ustedes si quieren olvidar esto y seguir con su vida o ver una verdad que quizás no les guste.
Asentimos. De qué otra forma sino se puede responder a una decisión tan absurda.
Mi teléfono suena otra vez. Ya pasaron veinte minutos y esa maldita alarma no me dejará en paz. Lo apago de prisa pero regresará en diez minutos.
Syra carga a Lua.
Salimos de la casa de Maxwell y ya casi se pone el sol. Siempre me he preguntado como el cielo pasaba de azul intenso a negro noche. Ahora recuerdo que no es así. Hay un cielo naranja en el medio. El cielo naranja que siempre le pedía a Marcel y que hace años que no veo.
Si en realidad existe quiero volver a verlo.
Camino de prisa hacia casa de la abuela. Syra me sigue con Lua en brazos.
Entro. Dejo la puerta abierta para ellas.
Voy directo a la alacena. Saco un vaso de cristal y lo lleno con agua del bidón.
Lo miro a tras luz, transparente, pura, igual que el resto.
Cierro los ojos. Bebo el líquido de un tirón. No sabe a nada. Baja fría por mi garganta como de costumbre.
Abro los ojos. Todo sigue igual.
Escucho el golpe de la puerta al cerrarse.
—¿Estás loca? —grita Syra detrás— ¿Cómo confías en ese hombre?
Apoyo mis manos en la meseta. El frío de la losa sube de mis dedos hasta mi cara. Suelto todo mi peso en mis brazos y mis hombros me sostienen.
—Estoy cansada Syra. Ya no confío en nada.
Nos quedamos calladas.
Me giro después para verla.
—No pienso seguir con esto. Recoge todo que nos vamos —dice y deja a Lua en el suelo.
—Ok, como quieras. —Mi voz suena más baja de lo que quiero.
No tengo otra opción.
Tardamos media hora en llevar las maletas de vuelta en el auto. Guardo en mi mochila algunas de las fotos de la caja y el libro de la abuela.
Llevo el bidón de agua en los brazos y Syra me mira como si cargara una bomba a punto de explotar. No me importa. No pienso dejar la única posibilidad que tengo para darle sentido a esta locura.
Cerramos la casa como si nunca hubiéramos estado.
Subimos al auto. Syra no quiere ni bajar las ventanillas.
Cuando arranca veo a Maxwell en su porche. Levanta la mano como cuando llegamos. Esta vez sé que es un recordatorio. Ya no sonrié. Lo pierdo de vista a medida que nos alejamos.
El camino a casa es tranquilo. Parece que todo fue una historia de ficción de las que contaba la abuela antes de dormir. Los árboles siguen siendo los mismos. Las casas no han perdido su color.
El silencio en el auto solo se interrumpe por los gorjeos de Lua que juega con su auto en el asiento trasero.
Syra mira al frente como si la línea blanca de la carretera fuera a cambiar de color.
Cuando llegamos a mi edificio casi me hago un lío. Entre la maleta, la mochila y el bidón no me alcanzan las manos, pero consigo agarrar todo de una.
—Adiós Ela —me grita Lua y agita la mano.
Syra me dice adiós sin bajarse de su asiento y acelera. Está claro que no quiere saber más de todo esto.
Hasta la ducha me arruinó el viejo Maxwell. Solo cinco minutos en el baño y me cuestiono en cada segundo si esta agua entra por mis poros y modifica algo más en mi cuerpo.