Vaela
Miro al piso. Mis pasos dejan huellas en la acera. Camino más despacio por unos segundos, solo para disfrutarlas. Retomo el ritmo del resto enseguida. Nunca lo había notado pero todos a mi alrededor caminan a la misma velocidad, por el mismo lado de la acera, con la vista al frente.
Excepto la gente del chaleco amarillo. Me encuentro con varios grupos por el camino. Los observo de reojo. Son adultos, mujeres y hombres, organizados en grupos de entre tres y cinco personas, no más. Visten la misma ropa, como si fueran uniformes y encima siempre el chaleco amarillo. Observan el ambiente, se detienen a analizar a los que son como yo, a veces entran en alguno de los edificios.
Llego a la acera frente al parque. Me detengo en el semáforo para cruzar. Está en rojo. Falta un minuto.
Hasta las calles tienen huecos, ya decía yo que los buses no podían funcionar tan mal.
No se si ha sido la caminata, el aire o el agua bendita de Maxwell pero el dolor de cabeza casi se ha ido por completo. Veo, respiro y pienso mejor. O eso creo.
Se detiene cerca de la acera un autobús negro. Nunca había visto uno así, no se si lo tenían oculto o tenía otro color, pero es nuevo para mi. Evito mirarlo.
Se baja un grupo de personas que visten un uniforme raro; todo negro, botas enormes, bolsillos por todas partes, la cara tapada que solo deja ver los ojos. Se parecen mucho a los militares que veo en las noticias de otros países. La única diferencia es el chalequito del color que ya no quiero ni mencionar.
Sigo con la vista fija en el contador del semáforo, faltan cinco segundos.
El último que se baja se nota que es un hombre, demasiado alto, postura recta. Me mira por unos segundos. Intento no mirarlo. Sigue su camino con el grupo.
La luz del semáforo cambia a verde.
Cruzo la calle hasta llegar al parque.
Syra está sentada en uno de los bancos frente a las deslizaderas.
Camino hasta ella.
Lua juega con otros niños. Corren como si todo el mundo fuera aquel cuadrado de arena con estructuras metálicas.
Cuando estoy por llegar al banco paso la vista por la otra esquina del parque. Hay un grupo de esas personas que observan a los niños. Una señala a Lua. O al menos me lo parece. Quiero correr y sacar a la peque de allí. Me contengo. Tengo que aprender a fingir mejor.
Syra levanta la vista y me ve antes de llegar a ella. Tiene unas ojeras que no veía desde que Lua tenía meses. Está apoyada en el respaldo con los brazos y las piernas cruzadas.
Me siento a su lado.
No decimos nada por unos segundos.
—¿Cómo te sientes? —me pregunta.
—Puedo ver, no sé si es todo, pero veo a la gente vestida de amarillo —le respondo sin rodeos —de hecho casi choco con uno.
—Deja el juego ese líquido no puede actuar tan rápido —dice incrédula.
—No es chiste.
Se endereza en el banco sin mirarme.
—Lua ven un momento.
Llama a la peque, pero esta la ignora. No deja de correr.
Se levanta. Se gira hacia mi.
—Vamos a comprobar lo que dices.
Por un segundo dudo de hacerle caso yo también. No sé hasta cuando va a dudar. Pero la sigo.
—¿Dónde es que dices que están esas personas ahora? —me pregunta mientras caminamos hacia Lua.
—En la esquina a tu izquierda, en la acera enfrente al cruzar la calle y en más lugares, pero eso te vale para tu prueba no —respondo cortante.
Syra detiene a Lua que pasa a toda velocidad frente a nosotros. Se agacha frente a ella.
—Mi vida, ¿ves personas amarillas en el parque?
La peque responde rápido.
—No mamá.
Levanta la vista hacia mi. Me agacho para estar a su altura. Tomo su mano.
—Puedes decirme a mi peque —le susurro— solo mira hacia dónde están.
Se queda callada. Asiente.
Mira a la esquina izquierda. Se queda fija unos segundos hacia allí.
—Ok mi vida sigue jugando —le dice Syra y la suelta.
Lua corre de vuelta con sus amigos. Gritan, se ríen, se persiguen.
Nosotras regresamos al banco en silencio.
Syra vuelve a recostarse. Su cara está más pálida. No habla.
—Eso no es todo —le digo.
Me mira con el ceño fruncido.
—Las fachadas que vemos… que veía… no son reales. Ni siquiera la de los modelos en los que trabajo —le aclaro.
—¿A qué te refieres?
—Todo está destruido Syra. —Me detengo por unos segundos—. Y esa gente entra a las casas. Vi a uno entrar al apartamento de mi vecina.
—¿Pero… a hacer qué? —pregunta y le tiembla la voz.
Me recuesto en el banco.
—Yo qué demonios sé, pero no parece nada bueno.
—¿Pero entonces… son personas normales? —insiste con las preguntas.
Cruzo los brazos. Ruedo los ojos.
—Si te da tanta curiosidad toma el agua, así lo ves tú.
Ella mira al frente en silencio. Sigo sus ojos hasta Lua. La peque la ve, se detiene un momento. La saluda a lo lejos con la manita. Sonríe. Sube a una de las deslizaderas.
—Mira mamá —le grita desde allí.
—¡Lánzate! —exclama Syra y levanta las manos.
Lua se desliza y cae sentada en la arena. Se ríe. Se levanta y vuelve a correr.
Syra se gira hacia mí.
—Lo pensé toda la noche —dice al fin—. No puedo.
—¿En serio quieres vivir ciega y hacerle lo mismo a Lua?
No la entiendo.
—No sé si es mejor ver. Vivimos bien como estamos.
Niego con la cabeza. Sé que tiene miedo.
Una pareja camina frente a nosotras. Él lleva el bebé en un carrito. Conversan entre ellos. Ella sonríe y lo agarra del brazo. No decimos nada más hasta que pasan.
—Yo no puedo seguir aquí —pienso en voz alta.
Frunce el ceño, sus ojos se humedecen.
—Si esto es mentira, quizás las noticias también lo son —agrego— y todo lo demás, las guerras en el mundo, la destrucción…
Me interrumpe.
—No me digas que quieres irte al mar por favor.
—No lo sé aun.
El teléfono de Syra suena. Mira la pantalla.