Agarro al marco de la puerta como si me ayudara a decidir si es buena idea entrar o no. Pero llegado a este punto, ¿qué puede ser peor?
Entro detrás del encargado con pasos cortos. Después del recibidor, donde solo hay un ascensor clausurado y un acceso a escaleras, el espacio se abre a un patio interior techado. Parece de noche adentro aunque no pasan las dos de la tarde.
El olor a humedad se mezcla con aroma de café recién hecho. Las paredes y columnas son de concreto expuesto, sin pintura, como el resto de la ciudad. La luz tenue y cálida de las lámparas adosadas a las columnas aporta un toque de hogar que estoy segura que el lugar no merece. Pero es el silencio lo que menos entiendo. No se escucha nada más allá de el ligero aire de los ventiladores de pared y las voces como si fuera una conversación armoniosa.
Hay como unas treinta personas, quizás cuarenta. Nadie deja de hacer lo que está haciendo. Tiene montada una especie de reunión que no sé si es una fiesta o una conspiración. Por un lado una mesa larga con bandejas de uvas, manzanas y bocadillos; al final una cafetera y una dispensadora de zumo de naranja y agua. Del otro lado, sillas organizadas en cinco filas frente a una pizarra. Algunos conversan sentados en las sillas, otros, en pequeños grupos de pie, se ríen entre ellos. El resto sigue pegado a la comida.
Camino directo hasta el encargado, que se detiene al lado de una señora, cuando mi teléfono suena. Miro la pantalla. Es un mensaje de Syra.
“Le conté a Darío, no reaccionó bien”
«Mierda»
Levanto la vista. Todos siguen en lo suyo. No lo dije en voz alta.
No puedo creer que se lo dijo, ¿qué pensaba que le iba a creer? Al menos sé que a ellas no les haría nada.
—Deja el teléfono ahí —dice el encargado y señala una caja plástica en una esquina de la mesa dónde había varios teléfonos tirados.
—Pero… ¿Y si suena la alarma? —pregunto como novata en esto de ver.
—Solo los que ignoren la alarma sentirán la verdadera liberación —suelta entre risas—. Que suene, se apaga sola después de cinco veces
Mis cejas se alzan de más. ¿En serio ? No puede ser.
Abro el cierre de la tapa de la caja. Suenan varios teléfonos a la vez. Coloco el mío en el fondo. Vuelvo a cerrar. No se escucha nada.
Me acerco al final de la mesa, donde el encargado y la señora de pelo cenizo beben café.
Hay tantas preguntas que ruedan en mi cabeza que no sé por dónde comenzar.
—Hola soy Vaela, aunque veo que ya conocen mi nombre —digo mientras ofrezco mi mano para saludar a la señora.
—Teva. —Agita mi mano— No le hagas caso a este viejo loco y sus enigmas.
El encargado me saluda después.
—Vincent —dice y asiente—. No estoy loco ni soy adivino, es que firmaste la entrada en el archivo. Saliste un poco…consternada de allí y lo busqué.
Es que soy tonta, ya me había inventado teorías.
—Luego revisé tu historial de búsqueda —agrega— y cuando vi las iniciales me pareció raro.
—A. Virex. Son las iniciales de mi abuela.
Teva deja de mirarlo y clava los ojos en mi. Ahora la reconozco, era la señora que estaba con él en la parada de autobús.
—¿Aurelia era tu abuela? —me pregunta.
Asiento sin entender muy bien que significa eso para ellos.
—¿La conocieron?
Ambos se ríen.
—Somos viejos pero no para tanto —suelta Teva—. Pero hemos escuchado sobre ella. Fue la que creó los modelos. Una mente brillante pero mal utilizada. Al menos hizo algo bien antes de irse.
—¿A qué te refieres? —le pregunto.
Vincent sirve un vaso de agua y me lo ofrece. Lo acepto. Tomo un poco.
—Bloqueó el muro en los modelos para que nunca lo modificaran, así el edificio quedó obsoleto. Ella empezó esto —dice y señala hacia las sillas.
Trago saliva. Mi boca está más seca de lo normal. Bebo otra vez.
—¿Entonces todos ven?
Vuelven a reirse.
—Claro —responde Vincent.
—Pero…¿Desde cuándo? —Insisto.
—Desde siempre. Somos inmunes. Todos lo somos.
¿Cómo inmunes? Maxwell no dijo nada de eso.
—Genéticamente claros —dice Teva entre risas— nunca nos afectó el agua ni sus inventos.
Su voz suena segura como si este día se hubiera repetido demasiado en su vida.
—¿Ya veías cuando fuiste al archivo? —me pregunta Vincent
—Empecé a ver hoy en la mañana.
Ambos se miran sin reir esta vez. Luego me observan.
—Debes estar devastada —expresa Teva, su voz se escucha más baja.
Asiento. No digo nada más.
—¿Y cómo nos encontraste? —pregunta Vincent.
—Por el…
Una voz me interrumpe antes de responder.
—Por favor tomen asiento. Vamos a comenzar.
Es el chico que reía antes cuando me detuve en la puerta. Ahora lo reconozco. Trabaja en mi área, en una de las mesas al fondo. Con razón se asustó cuando le pregunté el viernes por los modelos.
Las sillas se llenan rápido como si estuvieran asignadas. Solo quedan cuatro vacantes en la última fila.
Me quedo de pie al lado de la mesa de comida con el vaso de agua en una mano.
—¿Puedes sentarte? —Me dice. Parado al lado de la pizarra, frente a las sillas.
La mayoría se gira a mirarme.
—Sí claro.
Camino hasta la última fila y me siento en la primera silla. No me apoyo en el respaldo ni cruzo las piernas. No sé si en algún momento tendré que salir corriendo de aquí.
—Gracias —dice y se gira hacia la pizarra.
Ahora veo que también tiene una mesa baja con una pila de papeles.
—Esta semana nadie ha respondido a las señales, pero estos tres —exclama mientras pega tres fotos en la pizarra— los hemos visto frente a las pintadas. No han contactado.
No entiendo a qué señales se refiere. Quizás son las iniciales.
Escucho sin dejar de observar las fotografías. Una mujer que parece de mi edad y dos chicos más jóvenes. Nunca los he visto.
—El lunes enviaron a otro creador de percepción al Centro —continúa— solo sabemos que lo tienen aislado.