Callejón de Sombras

capitulo 4

Esa noche, Mara tuvo problemas para dormir. Cada vez que cerraba los ojos, la imagen de aquellos ojos vacíos volvía a su mente.

Se dijo a sí misma que estaba exagerando, que solo era un cliente extraño y que no tenía nada de qué preocuparse. Sin embargo, la sensación de incomodidad no desapareció.

A la mañana siguiente, cuando llegó a la tienda, encontró algo que la hizo estremecer.

Frente a la puerta, perfectamente acomodado sobre el felpudo, había un ramo de margaritas blancas.

No había nota, ni indicios de quién lo había dejado ahí. Pero ella lo sabía.

Un escalofrío le recorrió la espalda mientras miraba a su alrededor. La calle aún estaba tranquila a esa hora, con pocos transeúntes.

Respiró hondo y recogió las flores con manos temblorosas. No quería darle importancia, no quería dejarse llevar por el miedo irracional. Tal vez solo era una coincidencia.

Pero cuando entró en la tienda y se dirigió al mostrador, su corazón dio un vuelco.

Sobre el cristal del escaparate, escritas con un trazo tenue, casi como un susurro, había unas palabras que hicieron que su piel se erizara:

"Hoy estás más hermosa que ayer."

Mara retrocedió un paso, sintiendo cómo la respiración se le agitaba. Miró hacia afuera, pero no vio a nadie sospechoso.

¿Había estado ahí toda la noche? ¿La había estado observando?

Tragó saliva y frotó la frase con la manga de su suéter hasta que desapareció del vidrio.

Se obligó a respirar hondo. Tal vez solo era una broma pesada. Sí, eso tenía que ser.

Pero en el fondo, una voz le susurró que aquello no era una simple coincidencia alguien la estaba observando.

Esa noche, Mara llegó a casa con el estómago hecho un nudo. El ramo de margaritas aún pesaba en sus manos como una advertencia silenciosa.

Su madre la recibió en la cocina, removiendo una olla humeante.

—Llegaste tarde —comentó sin mirarla, con ese tono despreocupado que siempre usaba.

Mara dejó las flores sobre la mesa y suspiró.

—Mamá… necesito hablar contigo.

Su madre arqueó una ceja y se giró apenas lo suficiente para verla.

—Te escucho.

Mara tragó saliva y le contó todo. Desde el extraño cliente de la tienda hasta las palabras escritas en el escaparate. A medida que hablaba, esperaba ver preocupación en el rostro de su madre, pero lo único que recibió fue una risa corta y burlona.

—Ay, Mara, hija… Te dije que esos libros de suspenso que lees te están afectando —dijo con una sonrisa—. Siempre con la cabeza en historias de asesinos y acosadores.

—No me lo estoy imaginando —insistió Mara, sintiendo un nudo de frustración en la garganta—. ¡Esto está pasando de verdad!

Su madre suspiró y volvió a su olla.

—Seguramente es solo un cliente raro, nada más. No todos los hombres que te miran son peligrosos, querida. Deja de ver cosas donde no las hay.

Mara apretó los puños y sintió una punzada de impotencia.

—No estoy exagerando…

—Si tanto te preocupa, habla con la señora Marta. O mejor aún, deja de leer esos libros y descansa un poco más.

Mara supo en ese momento que no valía la pena seguir insistiendo.

Se llevó las margaritas a su cuarto y las dejó en un rincón, sintiendo un miedo que su madre no podía entender.

Dos días después, en el mercado de Santa Luz, lo vio.

Al principio, solo fue una sombra entre la gente. Pero cuando levantó la vista de los productos que estaba acomodando, su corazón dio un brinco.

Él estaba allí.

No demasiado cerca, pero tampoco lo suficientemente lejos como para ser una simple coincidencia.

Se apoyaba contra un poste, con las manos en los bolsillos, observándola.

Mara sintió que la sangre se le helaba. No estaba comprando nada. No hablaba con nadie.

Solo la miraba.

Y en cuanto ella lo notó, él ladeó la cabeza, como si estuviera disfrutando el juego. Un juego en el que Mara era la presa.

Desde aquel día en el puesto de Santa Luz, Mara no pudo sacarse de la cabeza la imagen de aquel hombre apoyado contra el poste, observándola en silencio.

Trató de convencerse de que solo era una coincidencia, que tal vez había pasado por ahí sin intención de molestarla. Pero en lo más profundo de su mente, sabía que no era así.

Porque volvió a verlo.

Cada día, en distintos puntos.

Al salir de la tienda, al doblar una esquina, al detenerse en un semáforo.

Nunca demasiado cerca. Nunca lo suficiente como para enfrentarle directamente.

Pero siempre allí.

Mara empezó a notar los patrones: nunca cruzaban miradas por más de unos segundos. En cuanto ella lo veía, él se quedaba quieto, como si esperara su reacción. Luego, simplemente desaparecía entre la multitud, como si nunca hubiera estado ahí.

Cada noche llegaba a casa con el corazón acelerado, sintiéndose paranoica. Su madre seguía sin tomarla en serio, y la señora Marta estaba demasiado ocupada con la tienda como para notar su creciente inquietud.

Una tarde, después de acomodar unas cajas en la tienda, sintió una punzada de ansiedad y alzó la vista.

Ahí estaba. Esta vez, parado al otro lado de la calle.

Un escalofrío le recorrió la espalda al notar un detalle que antes no había visto con claridad. el sonreía.

Era una sonrisa sutil, apenas una curvatura en sus labios. No era una sonrisa amable. No era una sonrisa de cortesía.

Era la sonrisa de alguien que ya había decidido algo.

Mara sintió que el aire se volvía denso.

Su corazón martilleaba en su pecho, pero se obligó a apartar la vista y fingir que no lo había visto. Si él quería un juego de paciencia, ella no le daría la satisfacción de mostrarse aterrada.

Pero cuando miró de reojo nuevamente, él ya no estaba.

Había desaparecido como siempre.

Como un fantasma que la perseguía en la sombra y Mara sabía que solo era cuestión de tiempo antes de que él decidiera acercarse más.



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En el texto hay: misterio, asesinato, drama

Editado: 24.02.2025

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