Días después del hallazgo del cuerpo de Mara.
La estación de policía estaba sumida en un silencio tenso, roto solo por el sollozo desgarrador de una madre consumida por el dolor.
—¡Tienen que encontrar al asesino de mi hija! —gritó la mujer entre lágrimas, aferrándose con desesperación al escritorio del oficial a cargo.
Su rostro estaba hinchado, surcado por el llanto incontenible que no cesaba desde que recibió la peor noticia de su vida. Su pequeña Mara… su niña, su única hija, había sido arrebatada de este mundo de la manera más cruel imaginable.
—Señora, por favor, trate de calmarse —insistió el oficial con voz firme, aunque su mirada reflejaba cierta compasión.
Pero, ¿cómo podía calmarse? ¿Cómo podía encontrar consuelo cuando el rostro de su hija la perseguía en cada rincón de su memoria?
El oficial suspiró y tomó asiento frente a ella.
—Entendemos su dolor, pero necesitamos que nos ayude. Cada detalle, por pequeño que sea, puede ser crucial para encontrar al responsable. ¿Su hija le mencionó algo extraño antes de su desaparición? ¿Alguien que la haya incomodado, alguna señal de que estaba en peligro?
La madre de Mara sintió que el estómago se le encogía el recuerdo la golpeó como una bofetada helada.
La única vez que su hija intentó hablarle… la había ignorado.
Le había restado importancia.
Le había dicho que todo estaba en su cabeza, que eran solo imaginaciones influenciadas por los libros de suspenso que tanto le gustaban.
Y ahora su hija estaba muerta un sollozo ahogado escapó de sus labios.
—Mi niña sufrió… sufrió tanto y yo no la escuché… —murmuró con la voz rota.
El oficial la miró con gravedad.
—Señora, entiendo que esto es difícil, pero necesitamos toda la información posible. Estamos realizando los análisis forenses y recopilando evidencia, pero cualquier pista que pueda darnos nos ayudará a encontrar al culpable.
Ella apretó los ojos con fuerza, tratando de recordar algo, cualquier cosa que pudiera ayudar pero lo único que podía ver era la última vez que vio a su hija con vida la forma en que Mara la miró, esperando que le creyera el miedo en sus ojos.
Y el silencio que ella le impuso con su indiferencia.
—Por favor… encuéntrenlo —susurró con la voz rota—. No puedo vivir sin saber quién le hizo esto…
El oficial asintió con seriedad.
—Haremos todo lo posible, señora. No descansaremos hasta obtener respuestas.
Pero en el fondo, ella sabía que ninguna respuesta traería de vuelta a su hija y que ninguna justicia aliviaría el peso de su culpa.
—Señor… —su voz sonó tensa—. Debe ver esto.
Ramírez caminó hasta donde ella estaba y entrecerró los ojos.
En el suelo, a pocos metros del cuerpo de Mara, el viento había esparcido algo que contrastaba con la oscuridad del barro:
Pétalos de margarita.
El detective se agachó y recogió uno con los guantes.
—No hay margaritas creciendo por aquí —dijo en voz baja—. Alguien las trajo.
El peso de esas palabras cayó sobre los agentes como una sombra el asesino había dejado su firma o solo habría sido un descuido de este
Ramírez se puso de pie y escaneó la escena con la mirada.
—Recojan cada pétalo —ordenó—. Quiero saber si tienen rastros de algo más.
El río susurraba con su corriente, como si guardara un secreto que solo el asesino conocía pero ahora la policía tenía una pista.
Las margaritas.
Las mismas que aquel hombre había comprado el día que entró en la tienda el principio del fin acababa de comenzar.
En la estación de policía, el detective Ramírez observaba los pétalos de margarita dentro de una bolsa de evidencia. Algo en su instinto le decía que no eran una simple coincidencia
—¿Se ha encontrado algo en los pétalos? —preguntó a uno de los forenses.
—Estamos analizando si tienen rastros de sustancias o huellas, pero hay algo más —respondió el experto—. Preguntamos en la floristería del pueblo y nos dijeron que las margaritas no son flores comunes en esta época del año. Solo un par de lugares las han vendido recientemente.
Ramírez cruzó los brazos, pensativo.
—¿A qué lugares se refiere?
—Una de las tiendas donde se compraron está cerca a la salida de la carretera del pueblo es el lugar donde trabajaba la víctima.
El detective sintió que algo encajaba en su mente como una pieza de rompecabezas.
—Consigan el registro de clientes de esa tienda —ordenó—. Quiero saber quién ha comprado margaritas en las últimas semanas.
Mientras tanto, en otro rincón de la estación, la madre de Mara seguía sentada con la mirada perdida, abrazando un pañuelo húmedo por sus lágrimas.
Sus pensamientos la torturaban sin cesar, llevándola de vuelta a la última conversación que tuvo con su hija.
—Mamá, hay un hombre que me incomoda en la tienda…
—Ay, Mara, siempre con tus historias. Deja de leer tanto suspenso, que te llenas la cabeza de tonterías.
Ese había sido su único comentario la última vez que su hija le pidió ayuda, ella la ignoró y ahora estaba muerta.
Su respiración se volvió errática y las lágrimas resbalaron de nuevo por su rostro.
El oficial que la custodiaba notó su angustia y se acercó.
—¿Está bien, señora?
Ella levantó la vista, con una súbita expresión de horror.
—Las margaritas…
—¿Cómo dice?
La mujer se aferró al brazo del oficial, casi suplicando.
—Mi hija me dijo que un hombre entró a la tienda… ¡Él compró margaritas!
El policía se quedó helado por un segundo ante de reaccionar.
—Espere aquí —dijo, alejándose rápidamente para informar al detective Ramírez.
Ahora lo sabían el detective Ramírez no perdió tiempo.
—Quiero los registros de compra de la tienda donde trabajaba Mara. Necesitamos saber quién compró margaritas en las últimas semanas —ordenó a su equipo.