El miedo seguía en su pecho, pero Mara sabía que no podía quedarse de brazos cruzados.
Si alguien la estaba observando, necesitaba descubrir quién era antes de que fuera demasiado tarde al día siguiente, se levantó temprano con un solo propósito en mente: prestar atención a cada detalle.
Camino al trabajo, sintió la mirada de los transeúntes, pero esta vez no lo atribuyó a la paranoia. Se obligó a observarlos también, a registrar sus rostros, sus movimientos.
En la tienda, se dedicó a analizar con más atención a los clientes. Cada vez que alguien entraba, observaba sus gestos, su forma de caminar, si evitaban el contacto visual.
Nada parecía fuera de lo normal… hasta que, poco antes del atardecer, sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Alzó la vista y lo vio.
A través de la ventana de la tienda, en la otra acera, un hombre permanecía de pie. No movía un solo músculo. No parecía interesado en comprar nada ni en interactuar con nadie.
Solo estaba ahí.
Mirándola.
Mara sintió cómo la sangre le hervía en las venas esta vez no lo dejaría escapar.
Respiró hondo y salió de la tienda con paso firme. Su corazón latía con fuerza, pero no permitió que el miedo la dominara.
Cuando estuvo en la acera, el hombre ya no estaba.
Mara giró la cabeza en todas direcciones. No podía haberse desvanecido así de rápido.
Entonces, de reojo, vio una silueta doblando la esquina de una calle estrecha.
Sin pensarlo, comenzó a seguirlo.
El aire fresco de la tarde se sintió más frío cuando entró en la callejuela.
No había casi nadie por ahí, solo los sonidos de la ciudad apagándose con el anochecer.
Aceleró el paso.
El hombre dobló en otra esquina.
Mara lo siguió pero cuando llegó allí…la calle estaba vacía como si nunca hubiera habido nadie el silencio la envolvió, y la piel se le erizó por completo.
Había sentido que estaba a punto de descubrir algo.
Pero en su lugar, solo quedó una certeza que la hizo temblar.
Quienquiera que fuera ese hombre… no quería ser encontrado.
Mara no estaba dispuesta a rendirse si ese hombre la estaba acechando, debía haber alguien en el pueblo que supiera quién era esa misma noche, después de cerrar la tienda, decidió hablar nuevamente con el señor Martín.
—¿Usted mencionó que había alguien en el pueblo que nunca salía de su casa? —preguntó, tratando de no sonar demasiado ansiosa.
El anciano asintió lentamente.
—Sí… un chico solitario, extraño. Su familia vivía aquí hace muchos años, pero él siempre fue diferente. Nunca socializaba con nadie, y con el tiempo… dejó de salir.
Mara tragó saliva.
—¿Sabe dónde vive?
El señor Martín la miró con preocupación.
—Mara, no creo que sea prudente que te metas en esto…
—Por favor —insistió ella—, necesito saberlo.
El anciano suspiró, pero finalmente señaló una dirección.
—La última casa del pueblo, nadie se acerca mucho a ese lugar.
Mara sintió un escalofrío pero si quería respuestas, debía arriesgarse esa misma noche, tomó valor y caminó hacia la dirección que el señor Martín le había dado.
El callejón estaba oscuro y silencioso. Las casas a su alrededor parecían abandonadas, excepto una, cuya ventana tenía una tenue luz encendida.
Su corazón latía con fuerza.
Dio un paso más.
Y entonces, todo ocurrió demasiado rápido unos brazos fuertes la sujetaron por detrás.
Intentó gritar, pero una mano cubrió su boca.
Luchó con todas sus fuerzas, pateando y arañando, pero el agarre era firme.
—Tranquila… —susurró una voz ronca cerca de su oído—. No tienes que resistirte…
El miedo se apoderó de ella, pero la adrenalina le dio un último impulso mordió con todas sus fuerzas la mano que cubría su boca el hombre gruñó de dolor y aflojó el agarre por un segundo.
Solo un segundo.
Pero fue suficiente.
Mara se zafó y corrió sin mirar atrás, con el corazón desbocado.
No se detuvo hasta llegar a su casa, cerrando la puerta de golpe y asegurando todas las cerraduras respiró agitadamente, con las manos temblorosas.
Mara pasó la noche en vela.
Cada sombra que se reflejaba en su ventana la hacía estremecer. Cada sonido en la calle la ponía en alerta el miedo estaba ahí, arraigado en su pecho. Pero junto con él, había algo más fuerte: la necesidad de saber quién era ese hombre… y por qué la quería a ella.
A la mañana siguiente, tomó una decisión. Si él la estaba observando, entonces ella también lo observaría a él esperó hasta la tarde y, con el corazón latiéndole en los oídos, regresó al callejón esta vez con más cautela, sin cometer el mismo error.
Se escondió detrás de un poste y observó el lugar parecía abandonado… pero había algo extraño. A través de una rendija en una ventana, alcanzó a ver un leve resplandor en el interior de la casa. Alguien estaba allí.
Esperó pacientemente, sintiendo el sudor frío recorrer su espalda.
Y entonces, la puerta de la casa se abrió el hombre salió.
Mara contuvo la respiración.
Vestía una chaqueta oscura y llevaba las manos en los bolsillos. Su caminar era pausado, pero sus movimientos tenían un aire inquietante, como si estuviera en un mundo completamente distinto al de los demás.
Lo vio cruzar la calle y dirigirse hacia el centro del pueblo.
Sin pensarlo dos veces, lo siguió.
Manteniéndose a la distancia, observó cómo el hombre caminaba sin prisa, como si supiera exactamente a dónde ir.
Pero hubo algo que le heló la sangre cada tanto, el hombre se detenía.
Miraba a su alrededor… como si supiera que alguien lo seguía. Mara se escondió tras un puesto de comida, conteniendo el aliento el hombre siguió su camino ella también.
Lo siguió hasta que lo vio entrar a un pequeño edificio descuidado era una vieja biblioteca del pueblo, casi en ruinas. Mara frunció el ceño. ¿Qué hacía ahí? esperó unos minutos y luego se acercó con sigilo A través de una ventana rota, alcanzó a ver el interior lo que vio la dejó sin aliento en la pared, había fotografías suyas de ella caminando por la tienda. De ella en el mercado de ella en su casa algunas estaban marcadas con tinta roja.