Mara no podía seguir esperando había descubierto demasiado.
Y si este hombre la había seguido durante tanto tiempo, era momento de enfrentar la verdad decidió ir a la tienda al día siguiente, con la esperanza de verlo. Si él siempre estaba cerca, entonces aparecería y no se equivocó.
Poco antes del cierre, la campanita de la puerta sonó.
Mara alzó la vista y lo vio. Él estaba ahí.
De pie, con la cabeza inclinada, como siempre pero esta vez, Mara no apartó la mirada.
Su corazón latía con fuerza, pero no dejó que el miedo la dominara.
Inspiró hondo y, con valentía, dio un paso hacia él.
—Sé quién eres.
El hombre no se movió.
Parecía analizarla, como si estuviera midiendo cada una de sus palabras.
Mara continuó.
—Has estado siguiéndome. Te vi en la biblioteca. Vi las fotos.
El sujeto permaneció en silencio un escalofrío recorrió la espalda de Mara. Algo no estaba bien.
De repente, sin previo aviso, el hombre dio un paso al frente antes de que pudiera reaccionar, sintió un fuerte tirón en el brazo el mundo giró a su alrededor.
Un golpe seco en la cabeza. Cuando despertó, la cabeza le latía con dolor.
La confusión la invadió al intentar moverse.
Estaba en el suelo.
Las muñecas y los tobillos atados la desesperación la golpeó como una ola.
Había caído en su trampa y ahora, estaba completamente a su merced el aire era denso.
Mara sintió el suelo frío bajo su cuerpo mientras su respiración se volvía errática.
Las sombras bailaban en la tenue luz de una bombilla parpadeante.
Intentó moverse, pero sus muñecas estaban atadas con fuerza el miedo la paralizó por un instante.
No. No podía rendirse concentró todas sus fuerzas en su respiración.
Piensa, Mara. Piensa.
Se obligó a observar su entorno la habitación era pequeña, con paredes de madera húmeda y un olor rancio en el aire.
Al fondo, una puerta de metal. Cerrada.
Pero lo que realmente le heló la sangre fue la mesa en el centro del cuarto sobre ella, había más fotografías suyas.
Algunas eran recientes.
Otras… de hacía años.
Ese hombre la había estado siguiendo desde hacía mucho más tiempo del que imaginaba.
La náusea la invadió, pero no podía permitirse perder la cabeza escuchó pasos se acercaban.
No tenía tiempo.
Giró sobre su costado y comenzó a frotar sus muñecas contra una de las esquinas oxidadas de la vieja cama donde estaba tendida el metal áspero rasgó la cuerda.
Cada movimiento le quemaba la piel, pero siguió los pasos estaban cada vez más cerca un clic.
La puerta se abrió lentamente.
Una figura oscura apareció en el umbral.
—Veo que ya despertaste… —susurró la voz del hombre.
Mara se congeló, pero su mente ya había tomado una decisión.
No iba a quedarse ahí esperando la muerte.
Iba a escapar o morir en el intento. Mara contuvo la respiración.
El hombre estaba de pie en el umbral, su silueta recortada contra la escasa luz del pasillo.
—Te has estado moviendo —susurró, con un tono casi entretenido.
Mara sintió un escalofrío recorrerle la espalda, pero no dejó que el miedo la detuviera.
Las ataduras en sus muñecas estaban a punto de ceder no podía desperdiciar esta oportunidad.
Era ahora o nunca esperó a que él diera un paso más.
Y cuando lo hizo…
Mara se lanzó con todas sus fuerzas.
Le golpeó el pecho con su hombro, haciéndolo tambalearse.
Sin perder tiempo, corrió hacia la puerta.
El pasillo era angosto, iluminado apenas por una bombilla colgante que parpadeaba su corazón latía con fuerza.
Corre, corre, corre.
Vio una escalera al fondo si lograba llegar hasta allí…
Pero un sonido la hizo estremecerse unos pasos rápidos y pesados antes de que pudiera reaccionar, sintió un tirón brutal en su cabello el dolor la hizo gritar mientras caía al suelo con un golpe seco.
La desesperación la invadió cuando sintió el peso del hombre sobre ella.
—Eres rápida… pero no lo suficiente —susurró él, con una calma escalofriante.
Mara intentó patalear, pero sus fuerzas eran insuficientes contra su captor.
Él la volteó con facilidad, inmovilizándola.
—No quiero hacerte daño… aún. —Sus dedos recorrieron su rostro con una suavidad enfermiza—. Pero no me dejas opción.
Los ojos de Mara se llenaron de lágrimas de rabia e impotencia.
—¡Déjame ir! —gritó, retorciéndose con furia.
Pero el hombre sonrió.
—¿Dejarte ir? No después de todo lo que he esperado por este momento.
Su voz era un susurro venenoso. Mara sintió el pánico apoderarse de ella y entonces, de la nada…
Un pañuelo empapado con un olor fuerte cubrió su nariz y boca el mundo comenzó a desvanecerse su cuerpo dejó de responder.
Lo último que vio antes de que la oscuridad la envolviera fue la fría sonrisa de su verdugo y entonces, todo se volvió negro.
El mareo la golpeó con fuerza.
Mara abrió los ojos lentamente, sintiendo su cabeza pesada, como si estuviera sumergida en una niebla espesa el frío del suelo helado contra su piel la hizo estremecerse.
Intentó moverse, pero sus manos y pies estaban atados esta vez, con cadenas el terror la invadió estaba en un lugar distinto.
Las paredes eran de piedra y el olor a humedad impregnaba el aire.
Un sótano. Una cabaña. Un sitio lejos de todo y entonces, escuchó su voz.
—Despertaste más rápido de lo que esperaba.
Mara levantó la mirada y lo vio.
El hombre estaba sentado en una silla, observándola con una calma enfermiza.
—Nos costó mucho llegar hasta aquí, ¿sabes? Pero valió la pena —continuó él, inclinándose un poco hacia ella—. Ahora nadie nos molestará.
Mara sintió un nudo en la garganta.
—¿Por qué me haces esto? —susurró, su voz quebrada.
El hombre sonrió, pero en su mirada no había calidez, solo una obsesión inquebrantable.