Callejón Sin Salida

Capítulo 2: El Mejor Amigo de Santiago

62 años atrás...

Comayagua, Honduras.

— ¡Santiago!.... ¡Santiago! —gritó mi mamá.

— ¿Mmm?

—Levántate, tienes que ir a la escuela.

—Más al ratito mami —sentía mi cuerpo totalmente pesado.

— ¿Cómo que más al rato? ¡Te me levantas ahora mismo, te me vas a bañar y te alistas para ir a la escuela! —dijo con tono amenazante.

—Mmmm. —La cama estaba tan cómoda que incluso sentía que me tragaba.

— ¡Rápido! —gritó enojada.

—Ya voy. —Me levante y me puse las chanclas.

Estaba haciendo un completo frío en la ciudad, el cielo estaba nublado y parecía que ya iba a llover. Solo observé la cama y tenía unas inmensas ganas de acostarme y arroparme con la cobija, pero si lo hacía mi mamá me podría pegar. Así que me levanté, tome mi toalla y me dirigí al baño.

Salí del pequeño cuarto y me encontré con Alejandro.

—El que llegue de último es un huevo podrido —expresó emocionado y muy retador.

Nomás al terminar su comentario, salimos corriendo con dirección al único baño que tenía la pequeña vecindad. Pasamos el pasillo como si fuésemos leopardos cazando a una de sus presas. Él era muy rápido, así que no me le pude pasar y entro primero al baño.

—Todavía eres muy lento —dijo con postura presumida —te hace falta mucha práctica para ganarle al mejor.

— ¡Deja de burlarte! —exclamé cansado —que tú saliste primero que mi.

—Puras excusas baratas, ni yo me quejo... y eso que tengo problemas de respiración y tu bien lo sabes.

—Báñate rápido mejor, que nos va agarrar la tarde —me estaba enfureciendo su actitud presumida.

— ¿Y cuándo hemos llegado temprano? — expresó burlista y dejó salir una risa ahogada.

— ¡Ya cállate! —respondí tajantemente.

Alejandro es mi mejor amigo de la infancia. Es un tipo al que le gusta el desorden y siempre encuentra una forma para meterme en problemas. Es alto, delgado como un fideo, su cabello es como el color de los pelos del jilote y es demasiado chele, la gente decía que los padres se lo habían robado a algunos gringos. Alejandro es alguien cool, a todo el mundo le cae bien. Él se hace amigos de todos, incluso de los más grandes de la escuela. Conozco a Alejandro desde pequeño, juntos aprendimos a gatear, juntos jugamos con los carros, juntos aprendimos a atarnos las agujetas, hacemos casi todo juntos. Mis padres se mudaron a esta localidad cuando tenía algunos meses de haber nacido. Mi papá es policía penitenciario, por su trabajo tuvimos que mudarnos, ya que a él lo asignaron al presidio de esta ciudad. Alejandro es mi único amigo, o bueno, el único con el que me entiendo en todo tiempo. Tenemos actitudes diferentes, él es relajero y yo soy el tímido, pero aun así nuestra amistad es fuerte.

— ¿Quieres bañarte? —dijo burlándose desde dentro del baño.

— ¡Apúrate Alejandro! No estoy jugando.

— ¿Y desde cuándo conoces el agua? —se echó a reír.

—No me hagas que haya a buscar a tu mamá y te venga a sacar a punta de fajazos.

—Pucha, eres muy aburrido. Mero sensible que sos. —La puerta se abrió y él se alejó —. Todo tuyo.

Me bañe lo más rápido que pude. Luego llegue al cuarto, me cambié rápido y desayuné.

Cuando terminé, me fui a buscar a Alejandro.

—Alejandro —toque la puerta continuas veces — ¡Apúrate! —La puerta se abrió.

—Alejandro no se ha terminado de vestir... pero entra y siéntate para que lo esperes. —Fue su mamá la que salió a mi encuentro.

—Muchas gracias Sr. Suyapa —repliqué.

Entre al cuarto de ellos, era mucho más grande que el nuestro, y me fui a sentar al cómodo sillón.

— ¡No te has puesto el uniforme! —dije asombrado, pensé que su mamá lo decía en broma. Alejandro salió de la habitación aledaña, todavía con la toalla.

—No, supongo que no —exclamó riéndose mientras se rascaba la cabeza.

—Pero te bañaste primero que mí. Ya deberías de estar ordenado.

—Relájate Santiago, apenas son las 6:45.

—Pero entramos a las 7 y todavía sigues en toalla.

—Yo me cambio en un ratito, solo espérame. —Entró a la habitación.

Mientras tanto, yo me quedé sentado en el sillón, divagando por un momento, esperando que pasará más y más el tiempo. Entre más avanzaba el reloj más tarde se nos hacía y Alejandro nunca aparecía.

—Ahora si —dijo Alejandro quien salía con su uniforme puesto —vámonos.

Nuestra escuela quedaba como a cinco cuadras de la vecindad. En realidad, el que yo me preocupe por el tiempo es parte de lo dramático que soy; o simplemente es que me gusta estar puntual a cualquier lugar que voy.

— ¿Traes lo que te dije? —preguntó Alejandro.

—Claro que sí. No hay forma de que se me olvidara —repliqué.

—Está bien. Sé que les gustará esto que le llevamos —manifestó emocionado.

A tres cuadras de la vecindad, se encuentra algo que es muy preciado para nosotros; los perros callejeros. Alejandro y yo conocimos a cuatro perros, ellos viven en un callejón y duermen junto a un contenedor de basura. Están algo grandes. Cuando los conocimos estaban bien maltratados, desnutridos y necesitados de amor. Queríamos llevarlos a nuestras casas, pero a nuestros padres no les gustó la idea, además, en la vecindad no permitían tener animales. Nos encontramos entre la espada y la pared. En ese instante, no sabíamos que hacer. Nuestros padres nos decían que no nos encariñáramos, pero era demasiado tarde. Cada mañana y cada tarde que íbamos a la escuela, ellos siempre salían a nuestro encuentro moviendo sus colas sin cesar. La mayoría de la gente les tiene asco, pero a nosotros nos encanta estar con ellos. Nunca conoceré a alguien que sea tan fiel como un perro. Nos tomamos la tarea de bañarlos, alimentarlos y brindarles amor. Todo el mundo estaba en contra, pero nosotros no nos doblegábamos ante sus críticas y sus incesantes ganas de estar jodiendo.

Los canes tenían su propio nombre: Doggy era el más pequeño, Felis y Ranger eran los del medio, y Chuky era el más grande y más temible de todos.



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En el texto hay: amor, amistad, depresin

Editado: 02.10.2020

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