Cambiaformas

Capítulo 20.

Miusela había sobrevivido a base de la carne seca, pan duro y agua que tenía bajo la cama, pero al menos así no tenía que bajar esas tortuosas escaleras con el vientre abierto de par en par. La regeneración de los cambiaformas siempre le había venido bien, aunque no sabía si realmente iba a ser suficiente para salvarse de casi morir. Y aunque aún dolía luego de tres días, lo cierto era que ya podía moverse con normalidad sin temor a que se le abriera la herida, ella calculaba que en una semana estaría bien para intentar matar a Erdinal una vez más, pero esta vez no iba a ser tan fácil.

En pocos días la forma de desplazarse de la guardia y los soldados había cambiado, Miusela observaba regularmente por la ventana, si bien pasaban con menos frecuencia, nunca había un solo guardia solo, siempre en tríos o cuartetos. Probablemente tenían algún tipo de clave para reconocerse, a Miusela le resultaba tan obvio como frustrante, luego de sobrevivir a su atentado, ese bastardo debió de haber instruido este cambio, y quizá otros más para asegurarse de que ni Miusela, ni ningún otro cambiaformas lo vuelva a tomar por sorpresa.

—¡No podemos permitir que esas criaturas del averno vuelvan a burlarse de los seguidores del Sol! —sentenció Miusela, con rostro serio y solemne, levantando el brazo y el dedo como imaginó que lo haría Erdinal—. Vamos a encontrarlos a todos y cada uno, y recupera al niño monstruo que lo quiero de vuelta para enfrente la justicia.

Miusela soltó una leve risa y miró al asiento vacío donde se solía sentar Patrick.

—Parece que será más aburrido estar acá —susurró Miusela, volviéndose a la ventana, a mirar como la gente caminaba—. Tampoco puedo creer que casi muera por su culpa.

A Miusela le pesaba echarlo así, pero más le pesaba tenerlo frente a ella, una parte de ella esperaba que después de eso, se volviera menos estúpido, pero se tenía que hacer a la idea de que, si se iba a ir con Erdinal, iba a tener que matarlo. La ultima vez había dudado, había dudado cuando tenía la ventaja, Miusela dudaba si podría con Patrick en un combate uno a uno, pero tenía que hacerse a la idea de que tendría que matarlo a él, y a cualquiera que se interpusiera entre ella y Erdinal, no era algo personal, pero no tenía ganas de morir, y tampoco le hacía gracia que fueran a morir los primeros cambiaformas que había visto en su vida.

Miusela se volvió a la puerta, comprobó sus dagas y sus viales.

—Necesito hacerme con otro matón —susurró—. No es que tenga miedo, pero una hermosa dama como yo, no debería poder defenderse sola, eso levantaría sospechas. Aunque dudo que esos brutos tengan alguna idea de como identificar a los cambiaformas, al menos por un tiempo, y si sacan esa gema de nuevo en frente mío, mataré a cualquiera que me impida tomarla.

Miusela imaginó mentalmente la escena, a unos idiotas probando la gema de persona en persona, según recordaba Erdinal la levantó, como si necesitara que la luz del sol pasara a través de ella para revelar al niño.

¿Sería solo luz solar? No, debía considerar que es cualquier fuente de luz, y no escatimar en precauciones, sin embargo, eso también hacia peligroso y obvio si van por ahí probando a la gente, si le hicieran eso a ella, probablemente funcionaría si la tomaban desprevenida, pero ella la se preparó mentalmente para ello, ese tiempo entre que la apuntan, para Miusela debería ser suficiente para herir a dos o tres guardias y retroceder, luego el veneno haría el resto.

Debía conseguir más veneno.

Miusela bajó, pensando en reabastecer también sus suministros secretos, pero se detuvo al ver que el posadero la apuntaba con el dedo. Ese bastardo no se cansaba, parece que tendría que cambiarse de posada. El hombre junto al pelón dueño de la posada tenía lentes, una mirada inquisidora, barba perfectamente delineada y un cabello corto, como si se lo cortara todos los días. Y la capucha de color naranjo y amarillo, que cubría su uniforme celeste impoluto no lo ayudaba precisamente a ocultarse.

—¿A quien me traes ahora, anciano? —preguntó Miusela, poniendo los brazos en jarras, pero mirando inexpresivamente a ambos.

—Yo me ocuparé —dijo el hombre, hablándole al posadero, luego volteo hacia Miusela e hizo una reverencia—. Mi nombre es Marcus, estimada Miusela. He venido insistentemente, ayer y hoy, y me ha dicho el posadero que no ha salido de su habitación ¿Está todo bien?

Miusela levantó una ceja.

—¿Eres un acosador? —preguntó Miusela—. Tienes pinta de que te gusta obsesionarte, espero no haya sido conmigo.

Marcus soltó una leve risa, esbozando una sonrisa que a Miusela le parecía una mueca mal hecha.

—Muy perspicaz, tal como mencionó el joven Patrick.

—Ah, con que eso era —dijo Miusela—. Por favor explíquele que nuestra relación era laboral, y me conseguiré un guardia que no se vaya a moverle la cola y faltar a nuestro contrato con tanta facilidad.

—El joven Patrick se preocupó mucho por usted, mientras lo retuvimos, no fue su culpa —dijo Marcus, tomando asiento frente a una pequeña mesa redonda y baja en la recepción, apuntando con el mentón el sillón de al frente—. Si bien, entiendo que mis hombres la incordiaron, solo vinieron por que el joven Patrick estaba muy preocupado.

Miusela negó con la cabeza.

—Pareces acostumbrado a que te hagan caso —dijo Miusela con una sonrisa divertida, paseándose alrededor del sillón, pero sin sentarse—. Pero yo también, no me gusta tu interrogatorio.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.