—Parece que te están esperando.
Miusela hizo una mueca tras escuchar a Raetch, uno de los guardias más jóvenes del teatro, tendría poco más que Miusela. Al asomarse por la puerta pudo constatar que había dos matones y lo que parecía ser un pomposo señor noble que ocupaba el espacio de dos personas en el mundo.
—¿Y tu escolta? —preguntó Raetch—. Patrick se llamaba ¿no? El tipo que iba a descabezar a quienquiera que se te acercara, ese bruto que solo entendía dos señas, el dinero y matar.
Miusela soltó una leve risa y se volvió hacia Raetch.
—Sin duda suena como algo que yo diría. Sigue así y pronto podrás subirte al escenario a hacer un espectáculo de comedia.
—¿Y por qué nunca te he visto hacer esos espectáculos? —preguntó Raetch.
—Hay un motivo —dijo Miusela, haciendo una pausa y dando zancadas alrededor con los brazos en la espalda, para luego de unos segundos voltear hacia Raetch—. ¿Estás preparado para este conocimiento? Alguna gente no lo soporta.
—¿Me vas a dar el secreto de la vida o algo así? —preguntó Raetch, cruzando los brazos—. ¿O me vas a decir que los artistas tienen algún truco mágico o maldición y lo vas a compartir conmigo?
Miusela soltó una risa.
—Por supuesto, pero sabes que ese conocimiento prohibido tiene un precio ¿no? ¿O esperas que te ceda mis ancestrales conocimientos si no vendes primero tu casa?
Raetch titubeó.
—Yo arriendo una habitación en la ciudad.
—Cierto —dijo Miusela—. Rubio, alto y pálido. Y ojos demasiado azules, tú claramente eres del norte, probablemente creciste en la cima de una montaña, con la nieve cayéndote.
—Algo así —Raetch se volvió a asomar por la puerta—. Vengo del centro de Lovatra, la zona donde las montañas son más altas, donde el tiempo es más cruel. Así que no puedo ofrecerte dinero por tu gran secreto… Aunque podría ayudarte a salir, e invitarte una bebida.
Miusela se rio, y luego observó a Raetch, era un chico simple, y ciertamente era guapo. Cerró los ojos como meditando la idea. Y luego los abrió y le sonrió a Raetch.
—Tienes mucho valor para invitar a salir a alguien como yo —dijo Miusela—. Debería alegrarte que la gran Miusela Vantari lo consideró, lamentablemente no es un buen momento para mí.
—De todas formas, te ayudo a salir —dijo Raetch encogiéndose de hombros.
Miusela le sonrió.
—Eres un encanto, Raetch —Miusela se tomó un segundo y continuó—. Te diría que quizá en otro momento, pero quién sabe cuándo me vaya de la ciudad.
—Es mejor así —suspiró Raetch—. No quisiera que una mujer me rompiera el corazón marchándose.
Miusela se rio, entonces Raetch fue a hablar con el noble y sus matones, momento que Miusela aprovechó para desaparecer encapuchada. Tras caminar tres calles, volteó y comprobó que nadie la siguiera.
Ser maravillosa y encantadora era definitivamente agotador, sobre todo con nobles como ese ¿Dónde estaba el pomposo Lord Erdinal cuando un noble acosaba a una pobre dama? Probablemente ni le importara, después de todo, sus mismos asistentes parecen ser poco menos que acosadores, diciéndose a sí mismos que su insistencia es profesional.
—Como todo el mundo, solo se hacen los justos para sí mismos —susurró Miusela.
Comprobó nuevamente que nadie la estuviera siguiendo y se metió en un callejón, allí se quitó sus aros, su collar y sus pulseras con presteza, se quitó su capucha morada y sacó una capucha verde gastada, junto a unos zapatos delgados de cuero gastado de su morral de cuero negro.
Se cambió en un abrir y cerrar de ojos, volteó su morral, dejando ver uno de cuero gastado y guardó lo que se había quitado. Al salir del callejón su cabello no era rubio sino negro, su piel no era blanca sino de tez mulata y sus ojos miel se oscurecieron hasta un marrón oscuro. La altura y complexión era la misma, con los años Miusela había entendido que manejar distintas formas, pesos y volúmenes corporales dificultaba el control corporal.
Caminó la ciudad por varios minutos, esperando a que terminara de anochecer, y entonces se metió por otro callejón, uno sin salida que solo tenía una puerta de una casa vieja. Entonces la abrió.
Marae pensó que la seguridad era horrible, que tendría que hacer algo con esto también. Al entrar, no había nadie, por lo que volvió a suspirar molesta y dio la vuelta por el pasillo hasta llegar a la última puerta de la izquierda. Allí había una compuerta en el piso.
La abrió y bajó por esa escalera de alcantarilla, al menos esa entrada era rebuscada, las otras entradas por las cloacas iban a ser evidentes para cualquiera que buscara un poco entre la mierda. Caminó hasta que empezó a oler mal, y entonces encontró aquellas mazmorras adaptadas como refugio.
Un hombre calvo y enorme se acercó a ella.
—¿Qué se te perdió, mocosa? —preguntó.
—¿Sabes pelear de verdad o es solo la apariencia de fortachón? —preguntó Marae, mirando al grandulón con una mueca pensativa.
El hombre se quedó en silencio unos momentos, mientras Marae lo seguía examinando, hasta que el hombre desvió la mirada.
—Vaya —dijo Marae—. Parece que tengo un trabajo duro ¿Dónde están Rioro y Lis?
—¿Y tú quién eres? —preguntó el hombre intentando hacerse el rudo nuevamente.
—Tu nueva jefa, ahora dime.
El hombre hizo un gesto de ira e intentó agarrar el brazo de Marae, la cual se corre por el lado agachándose y rodeando al grandulón, sacando una daga y presionándola levemente contra la espalda.
—Con esa polera delgada deberías darte cuenta de lo que tienes.
El hombre se congeló. Marae suspiró, retiró la daga y retrocedió.
—Puedes voltear —dijo Marae—. Vuelvo a preguntar ¿Dónde están Rioro y Lis? ¿Y tú quién eres a todo esto?
—Soy… soy Mark —dijo el hombre—. ¿Quién eres tú?
—Marae, tu nueva líder.
El hombre la miró, frunció el ceño y suspiró, rendido.
—¿Me podrías por favor explicar qué está pasando?