Miusela frunció el ceño pensando en la pésima organización de los cambiaformas, y su intento por ponerse al mando. Hace dos días que había ido con Rioro y Liss a ver a los cambiaformas, sin embargo, la hostilidad era mucha.
—No sé manejar gente —susurró.
Sí que lo sabía, sabía como presionar y manipular a la gente para obtener lo que quería. También sabía ser una criminal y una asesina, imaginó que sabría hacer la intersección de sus dos facetas, dirigir una banda de marginados. Sin embargo, las miradas de rechazo y desconfianza de todos los presentes eran muy fáciles de leer, y si algo tenía claro, es que, si la gente no estaba convencida, no podía lograr nada.
—Estás más callada —dijo una voz levemente aguda y calma desde atrás.
Miusela volteó, para encontrar a Griselda, una mujer elegante, de cabello cobrizo rizado, ropas finas y unos ojos verdes encantadores. Su vestido lila largo pero provocador combinaba perfectamente con su sombrero del mismo color. La mujer parecía divertida, Miusela se limitó a mirarla.
—¿No estás conforme con tu papel, señorita talentosa? —preguntó, cubriéndose la boca con un abanico.
Miusela soltó una leve risa.
—Observo un dejo de desconfianza en tus palabras, mi buena señora —dijo Miusela, poniendo las puntas de los dedos de su mano derecha en su propio pecho y sonriendo juguetonamente—. A mí, por el contrario, al ver a alguien decaído, me preocuparía por si le ocurrió algo, no si está pensando abandonarme.
La mujer frunció levemente el ceño.
—Solo imaginé, jovencita —dijo acercándose a Miusela, bajando su abanico y mirándose el rostro en el espejo frente a Miusela—, que podrías tener problemas, pasa mucho que llegan gente con aires de grandeza, hace una buena función, y quiere ser reconocida como la estrella inigualable en seguida.
—Burros —sonrió Miusela.
—¿No es cierto? —asintió Griselda.
—Burros como ignorantes —dijo Miusela, poniendo las manos en jarras—. Pero es entendible, aquellos que no han visto brillar el sol, le rezarían a cualquier estrella. Pero solo creen eso porque no me han visto aún, si me conocieran, mi señora Griselda, sabrían que no son ni un ápice, ni podrán serlo, de mi radiante magnanimidad.
Griselda hizo una mueca.
—Tranquila, mi buena señora —Miusela le sonrió, levantó una mano hacia ella, levantó su dedo índice y negó con este—. Incluso los apóstoles de la Reina del Sol no son reconocidos en los antiguos textos, y deben innumerables veces someterse ante las pruebas de los hombres, cuando a todas luces son sagrados y capaces, del mismo modo, debo someterme a las pruebas de cada teatro, para mostrar mi maravilloso ser.
Griselda soltó una risa fuerte y a carcajadas. Miusela retrocedió de una zancada, con una sonrisa satisfecha y las manos tras la espalda.
—Eres cosa seria, muchacha —Griselda inspecciona el interior del camarín y se sienta en un banco—. Normalmente, que alguien viniera ante mi y me dijera que es mejor que yo, no me lo tomaría tan bien.
—Es que usted vino para que yo le dijera lo buena que soy —dijo Miusela, ladeando la cabeza, con una sonrisa de labios, divertida.
Griselda sacó una pipa, le echó tabaco y la prendió, mientras Miusela se sentaba en la banca frente a Griselda.
—¿Sabes de donde viene el poder?
—Totalmente inesperado —dijo Miusela, haciendo una pausa—. ¿El poder sobre la gente? ¿El poder para aplastar gente? ¿El poder para cumplir tus objetivos? ¿Qué es el poder?
Griselda rio suavemente.
—Es la pregunta que me hizo mi maestra, la gran diva de la generación anterior, Muinaria Astrair.
—¿La Gata nacida de los astros?
Griselda observó a Miusela.
—¿Qué has dicho?
—Al oeste del Reino de Sheram, está el territorio salvaje —dijo Miusela, jugando con un dedo con su melena rubia—. Muinaria parece una adaptación de Miunadar, que significa en el lenguaje de las tribus, la gata que nace, Astrair es más directo, Astros o estrellas.
—¿Cómo sabes eso?
—Soy una actriz, cantante y cuenta cuentos —dijo Miusela.
—No pareces ser exactamente una salvaje —cuestionó Griselda, gestualizando una mueca examinadora sobre Miusela.
Miusela se levantó, presionó la punta de los dedos de su mano izquierda contra su pecho y levantó en lo alto su otra mano, el movimiento hizo ondear su vestido verde.
—He vivido años en las tierras salvajes —bajó su mano alzada e inmediatamente la desplazó hacia la derecha, como dándole un golpe al aire—. Sacrificando a los ciervos en nombre la madre de la vida, la sangre de las tribus fluye por mis venas orgullosa.
Griselda quedó en silencio, y Miusela soltó una risa y se sentó frente a ella.
—Converso mucho con la gente —confesó Miusela luego de unos segundos—. También tengo buena memoria, recuerdo a Kurt, un buhonero con el que viajé desde el puerto de Gresler hasta el puerto de Azharit, en la federación. El viaje en barco fue largo, y el tenía mucha sabiduría que contar.