Era medio día, pero el callejón en que Marae se adentró estaba sumido en las sombras, avanzaba con lentos y sigilosos pasos, mirando en todas direcciones. El leve crujido de la madera la hizo dar un súbito salto y apoyar su espalda contra la pared. Un virote cayó y se hizo trizas contra la piedra del suelo. Marae levantó la mirada para ver un tipo encapuchado en el balcón del segundo piso, este luchaba por volver a cargar su ballesta.
Marae sonrió.
Tomó impulso y salto sobre una pared, rebotando hacia la opuesta antes de caer. El hombre seguía centrado en cargar su ballesta, antes de que pudiese levantar la cara y volver a mirar, recibió un codazo en el rostro que lo hizo retroceder, soltando la ballesta y afirmándose la nariz. Marae aterrizó a un lado y ágilmente se posicionó tras él, poniendo una daga en el cuello del bastardo.
—Dime por qué no debería matarte —susurró Marae—. Pero hazlo lento, y en voz baja, o entraré en pánico y mi mano se resbalará.
Marae miró de reojo hacia el interior, no había nadie, al menos nadie que pudiera ver o escuchar.
—El jefe… el jefe me dijo que matara a quien entrara al callejón —hizo una pausa, respirando agitado—. Si era una mujer de pelo negro.
—No te pregunté quién lo ordenó —susurró Marae—, te pregunté qué puedes hacer por mí que valga más que tu vida.
—Viene todos los días con varios más —tartamudeó el hombre—. Viene antes del anochecer.
Marae retiró la daga. EL hombre suspiró, pero al intentar voltear, Marae le puso la mano en la boca y clavó una aguja en su brazo. El hombre forcejeó con ella, intentando quitarse la mano de su boca, pero su fuerza disminuyó poco a poco a lo largo un extenso minuto, hasta que se desplomó. Marae tuvo que retenerlo para que no hiciera ruido al caer.
—Vamos a ver si esta preparación te mata o te hace dormir —susurró Marae, arrastrándolo hacia el interior.
Registró la habitación con cuidado. Había dagas, cuchillos, virotes y dos ballestas pequeñas más, como la del hombre. También había soga, comida seca, una botella de vino barato. Por lo demás, parecía simplemente un departamento de una sola habitación con una cama deshecha y un escritorio lleno de manchas de grasa.
Ató y amordazó al hombre, verificando que los nudos estuvieran firmes para arrastrarlo debajo de la cama. Dejó las tres ballestas cargadas y cargó su propia ballesta de mano. Comenzó a pensar en cómo entrarían. ¿Cuántas personas serían? ¿Entrarían todos juntos o de a uno?
No debía matar al viejo. Sin embargo, tampoco sabía cuantos vendrían con él, ni que tan preparados estarían. Matar por sorpresa, como al tipo del balcón era fácil, los sorprendes con algo que no esperan y muy pocos tienen los reflejos o entrenamiento para reaccionar, pero enfrentar a grupos numerosos solía ser un problema.
—Liberame de esta sucia prisión y te pagaré el favor —susurró Marae—, ese viejo tuerto y calvo, no confié en el nunca, pero ahora me pagará el favor.
Para Marae era evidente que el viejo de mierda le iba a tender una trampa, pero con el degenerado rostro de ese anciano tuerto y feo, imaginó que la querrían capturar para enseñarle quien era el jefe o algo así, no se esperó que simplemente quisieran verla muerta.
Miró al techo, apenas había unas tablas sueltas. Tomó la silla del escritorio y sacó sus hilos especiales, y comenzó a prepararlos, atando los cuchillos encontrados en sus extremos. También preparó las ballestas, ajustando una en la cama, otra en el escritorio y la última contra la pared, apuntalada con libros. Ató sus hilos a los seguros de las ballestas. Fue meticulosa. Los hilos no pasaban por el medio de la habitación, sino que, apoyados en los soportes de la cama y el escritorio, corrían pegados a las paredes.
Sacó frutos secos de su bolso y bebió un poco de agua de su botella. Tenía que esperar, y solo preocuparse de no quedar deshidratada. Tomó el asiento bajo del hombre en el balcón y comenzó a vigilar.
Pasaron varias horas. El sol fue descendiendo, tiñendo las paredes opuestas de naranja, luego de rojo oscuro. Las sombras se alargaron. Finalmente, escuchó pasos acercándose por el callejón. Varios pares de botas contra el pavimento. Luego, el sonido metálico de una llave en la cerradura.
Cuando Marae volteó, vio tras la cortina las siluetas de cuatro hombres entrando a la habitación.
—Este hijo de puta se quedó dormido que no sale del puto balcón —dijo una voz áspera y rasposa—. Tú, tráeme al mocoso, vamos a enseñarle a que pasa cuando no hacen bien su trabajo.
La silueta de un hombre se acercó rápidamente al balcón, crujiendo sus nudillos. Tardó dos segundos en acercarse lo suficiente.
Marae tiró de todos los hilos a la vez.
Desenfundó una daga con su mano izquierda y agarró su ballesta con la derecha. Se escuchó el chasquido de los seguros liberándose, el silbido de los virotes cortando el aire, gritos de confusión de los hombres.
El sujeto frente a la cortina la abrió de un manotazo, pero Marae ya estaba lista, clavó la daga en el muslo del hombre, y pasó a su lado semi agachada, impulsándose de un salta hacia el interior. viejo estaba ahí, a punto de abrir la puerta para escapar. Marae lo apuntó con su ballesta y soltó el seguro. El virote salió silbando y se clavó en el abdomen del bastardo.