Cambiaformas

Capítulo 26.

—¿Se va, señorita? —tartamudeó el calvo y regordete posadero desde detrás del mesón de recepción, una barra de madera oscura manchada por años de jarras de cerveza y monedas sudorosas—. Podemos…

—Pagaba bastante —cortó Miusela, observando las vigas bajas del techo de la posada, ennegrecidas por el humo de la chimenea—. ¿Y qué obtengo? A nobles y guardias husmeando en mis asuntos, quién sabe por qué.

—Pero no podía negarme a los de la guardia de bronce —dijo el hombre, agitándose y tartamudeando mientras sus manos gordezuelas se retorcían sobre el mostrador gastado—. Ellos mandan.

—Por lo menos —dijo Miusela, cruzando los brazos—. No, nada.

Miusela tiró unas monedas de bronce sobre el mesón, donde rebotaron con un tintineo metálico entre las marcas de vasos y platos. Miró al gran y musculoso hombre de cabello negro y rostro tosco que cargaba los bolsos de Miusela, apuntó con el mentón hacia la puerta de madera que daba a la calle y el hombre llevó sus cosas al carro donde estaba el resto del equipaje de Miusela.

El posadero bajó la mirada a su mesón de recepción, y vio las monedas de plata, las cuatro monedas de plata, cerró los ojos al escuchar el portazo, y solo entonces levantó la mirada.

En el exterior, Miusela puso su mano por sobre su frente y levantó la mirada para recibir los rayos del cálido sol de otoño en el rostro. Volvió su mirada hacia el frente, el hombre la esperaba en la carreta, con las riendas del caballo en las manos. Miusela tomó asiento al lado del hombre.

—Vamos a mis nuevos aposentos —dijo Miusela, alzando la mano hacia adelante, como presentando algo.

La carreta empezó a avanzar. Las ruedas crujieron sobre los adoquines irregulares de la calle, sacudiendo levemente a los pasajeros mientras dejaban atrás la posada.

—No pensé que fueras así —susurró el hombre.

—¿Así de maravillosa?

—No pareces... tú misma.

Miusela bufó.

—No me conoces, Rioro —susurró Miusela—. ¿Por qué crees que Marae es como soy usualmente?

Rioro titubeó.

—No lo sé —dijo Rioro—. Incluso cuando trabajo de acarreador, no puedo… no es fácil actuar como un tipo duro.

Miusela volvió a poner su mano por sobre su frente y levantó la mirada.

—Imagino que Erdinal se imagina a los cambiaformas como yo —susurró Miusela—. Todavía me cuesta creer que ustedes son tan… tan normales.

—¿Dices que es tu culpa? —preguntó Rioro.

—Qué estupidez —contestó Miusela—. Y que no se te ocurra hacer esas bromas con el resto, y tampoco les puedes hablar de quién soy.

—¿Y quién eres?

Miusela miró a Rioro.

—Soy Miusela Vantari —susurró Miusela—. No me he perdido en el cambio, ni en las herramientas.

—Todos los que lo intentan —dijo Rioro—. No terminan bien, hay algunos que han intentado vivir múltiples vidas, y desaparecen de todas al final.

—Qué avaricioso que son —rio Miusela—. Quizá es lo que merecen por ser tan avaricioso. Déjame adivinar ¿Tener muchas esposas? ¿Quizá saber qué se siente trabajar en un bar en relación con sus aburridas vidas?

Rioro miró a Miusela con el ceño fruncido.

—No te alejas mucho —dijo Rioro—. La mayoría sí fueron por gente que pensaba que podía tener múltiples parejas, decían algo de que no podían estar con cambiaformas como ellos, y que la mayoría era… sosa, no se cambiaban de forma para hacer cosas divertidas.

Miusela levantó una ceja.

—Qué gusanos más morbosos —dijo Miusela, mirando cómo pasaban los puestos de verduras y pescado por la calle, los vendedores pregonando sus mercancías bajo toldos remendados—. O gusanas, si son mujeres. Es lo que pasa cuando la gente débil quiere tener todo, no se dan cuenta de que apenas alcanzan a sostener muy poco.

—¿Qué quieres decir?

—No pueden decirse entre personas —dijo Miusela—. Piensan que sus vidas y sus sentimientos son más importantes que los de los demás, por eso actúan queriendo todo al principio, y abandonándolo cuando se dan cuenta de lo que implica tenerlo todo. Esa gente es un problema, y será un problema.

—¿Y tú no matas sin tapujos? —dijo Rioro, sin mirar a Miusela, pero con una expresión de clara rabia—. ¿Y no esperas que sigamos tus pasos?

—Sí, y también sí —dijo Miusela, levantando la mirada y sonriendo con satisfacción—. Pero por tu tono y tu expresión pensaría que te parezco una hipócrita o algo así.

—De que tú igual piensas que eres más importante…

—No —cortó Miusela—. Todo lo que hago es saber que valgo tanto como cualquier otra persona. Sé que mi bienestar causará daño a mucha gente, y que será más gente de la que yo podré ayudar en la vida, si me decidiera a hacerlo.

Rioro volteó a Miusela.

—No pretendo hacerme pasar por una heroína —susurró Miusela—. Aquellos que blanden sus espadas y las hunden en las entrañas de otras personas justificando su derecho y deber a hacerlo también son gente débil, y tonta. Como Erdinal.

—¿Por qué sería tonto y débil?

—Porque necesita justificarse —cortó Miusela—. ¿O crees que los perseguiría si se le pasara por la cabeza que ustedes son personas y no monstruos? Esa es la diferencia entre ellos y ustedes, ustedes no quieren matar personas, a ellos no les importa matar monstruos que cambian de piel, viles serpientes que mudan sus escamas a su conveniencia, reptando entre las sombras para corromper la sociedad de la luz alzada en el amparo de la Diosa.

—Con Liss y Grek —dijo Rioro tras un largo silencio, mirando hacia el caballo—. Qué no eras más que una matona que nos quería usar.

—Muy acertado por su parte.

Rioro miró a Miusela. La carreta saltó bruscamente al pasar sobre un bache profundo en el camino empedrado, haciendo que ambos se agarraran de los bordes de la tabla. Rioro volvió a controlar el caballo.

—Pero salvaste a Mim —susurró Rioro.

—No me gustó cómo lo capturaron —dijo Miusela—. Pero más allá de todo lo hice por mi propia decisión, no porque sea moralmente superior ni nada. Solo me provocó rabia el asunto.




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