Después de las clases, el grupo de niños esperaba en la entrada principal a que llegaran sus representantes.
A Hiro venían a buscarlo sus abuelos. Los padres de Haru, siempre inmersos en sus negocios, enviaban a una criada para que fuera por él. A Yashiro venía a buscarla su padre, un hombre abnegado que nunca se perdía un solo día, sin importar que estuviera enfermo.
Como el padre de Aoshima y la madre de Ryouhei pasaban el día entero trabajando, ellos dos siempre caminaban juntos a casa, ya que eran vecinos. Su rutina consistía en esperar a que el resto se marchara para emprender el viaje solos.
—¡Ah! Olvidé algo en la escuela...
—¿Eh? ¿Olvidaste algo? ¿Qué cosa? Tú no eres del tipo olvidadizo —dijo Sakuya, cruzándose de brazos y mirándolo con sospecha. Lo conocía demasiado bien.
—Un lápiz.
—Ah, ¿solo eso? Tienes un montón en la cartuchera, perder uno no te va a matar.
—Sabes que odio perder mis cosas, por más que tenga repuestos. Espérame aquí, ¿ok?
—Como si tuviera tiempo para perderlo contigo. Me iré solo —rezongó Sakuya, dándole la espalda.
—Sé perfectamente que no harás eso.
Ryouhei le dedicó una última sonrisa cómplice. Sabía que Sakuya era demasiado amable como para dejarlo atrás.
—¿Me estás retando? —replicó el pelinegro, frunciendo el ceño.
—Tómalo como quieras. Ya vuelvo.
Dejando a Sakuya en la entrada junto a un callado Haru, un Hiro aburrido y una Yashiro que aún tiritaba por el frío de la lluvia, Ryouhei dio media vuelta y marchó a paso firme de regreso al salón de clases.
El pasillo se sentía inusualmente frío a esa hora. Al llegar, se detuvo en seco.
—Así que sigues aquí...
Con la mano apoyada firmemente sobre el marco de la puerta, Ryouhei contempló una silueta silenciosa. La espalda de la niña estaba cubierta por un largo cabello oscuro que, bajo la luz mortecina de la tarde, se asemejaba a una noche profunda y sin estrellas.
La persona en cuestión se giró despacio, dedicándole una mirada gélida por encima del hombro.
—... Kanaria.
Todo rastro de honorífico desapareció de su voz. La tensión en el aire se volvió casi palpable.
La niña mostró nula emoción al verlo. Le daba igual si él estaba enojado, disgustado o feliz de encontrarla allí. Su rostro era una máscara perfecta de indiferencia.
Ryouhei entró por completo al aula, metiendo las manos en los bolsillos para ocultar que le temblaban los puños.
—Vine por respuestas.
Se plantó justo enfrente de Kanaria. Sus ojos amarillos no portaban buena voluntad, y mucho menos paciencia.
—... Y no me iré hasta obtenerlas.
La chica le sostuvo la mirada durante un largo y agobiante silencio. ¿Lo estaba probando? A Ryouhei no le importaba; realmente no pensaba moverse de ese sitio hasta que le aclarara lo que había dicho en el receso. El revoltijo de náuseas en su estómago le impedía dar un paso atrás.
Kanaria cerró los ojos brevemente, como si ordenara cronológicamente sus pensamientos. Cuando los abrió, no se fue con rodeos.
—Aoshima Sakuya morirá en algún momento de su infancia, adolescencia o adultez. Cuándo exactamente, no lo sé...
—...
Era la misma frase maldita de antes.
—¿A qué te refieres con eso? Especifica —siseó Ryouhei, sintiendo un repentino mareo.
Kanaria comenzó a pasearse por el salón, sin intenciones de huir, arrastrando una atmósfera pesada a su paso. Su dedo pálido acarició la superficie de madera de los pupitres, pasando lentamente de uno a otro con una parsimonia desquiciante.
—Desde pequeña, he visto a la gente morir...
—...
—Mi abuela estaba muy vieja cuando nací. Falleció cuando yo tenía siete años.
—...
—Pero...
Giró la cabeza, enfrentando la mirada de Ryouhei con unos ojos que carecían de cualquier calor humano.
—... Yo ya sabía cuándo moriría.
Ryouhei guardó silencio, sintiendo cómo el vello de sus brazos se erizaba.
—Un día, simplemente amanecí con una certeza en la mente —continuó ella, mirando por la ventana hacia el cielo gris—. Mi abuela moriría en un verano cálido, mientras se recostaba en su silla mecedora favorita. Sucedió tal como lo pensé. Una tarde la encontraron sin vida en su silla.
—...
—Esa no fue la última vez que tuve esa certeza. Años después, sentí lo mismo con un niño que vivía cerca de nuestra antigua casa. Él murió arrollado por un camión.
—¡...!
El corazón de Ryouhei se detuvo por un instante. La lengua se le pegó al paladar, completamente reseca.
—Tú... ¿Qué viste con él? —consiguió articular.
—... Hmm.
Kanaria dio un giro sobre sus talones, haciendo volar su cabello oscuro.
—Vi un camión detenido en medio de la carretera, con sangre manchando la parte delantera... Aunque, a diferencia de la otra vez, donde sabía el momento aproximado y que sería de día, con Sakuya no sé cuándo ocurrirá.
—...
Entonces, era real.
—Sí, puedo saber si alguien va a morir —declaró ella con total naturalidad, como si hubiera oído su duda.
La mano de Ryouhei golpeó un escritorio con tanta fuerza que la madera crujió. Su respiración se descontroló por completo, contenida por la rabia y el miedo. ¿Esto era real? ¿No era una mala broma de una niña rara?
—A veces es obvio cuándo sucederá, otras veces no —continuó Kanaria, imperturbable ante el golpe—. Tampoco es que pueda saber las muertes de todo el mundo. A veces puede ser una persona al azar, o alguien conocido... No sigue un orden en particular.
—S-Sobre Sakuya... ¿Qué fue lo que viste?
—Ah...
Kanaria dio un pequeño zapateo en el sitio.
—Es una lástima —dijo, y esbozó una leve sonrisa melancólica. A Ryouhei ese gesto le pareció una burla silenciosa y cruel—. A diferencia de otros, con él vi tres visiones distintas. En la primera, aún era un niño; fue encontrado flotando en el agua de un río.
Los ojos amarillos de Ryouhei se dilataron por el horror. La imagen mental lo golpeó como un puñetazo.
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Editado: 16.07.2026