Cambiando tu Destino Vol 1

5

Aunque su madre siempre estaba muy ocupada con el trabajo, hacía lo imposible por encontrar momentos para compartir con él. Jamás se olvidaba de organizar salidas de compras solo para pasar tiempo de calidad a su lado; era la clase de madre consentidora que estaba dispuesta a comprarle cualquier cosa que se le antojara.

Lastimosamente para ella, Ryouhei no le encontraba ningún atractivo especial a las golosinas o juguetes que vendían en las tiendas. Desde muy pequeño, prefería los sabores amargos, como el café, antes que el azúcar.

—¿De verdad no vas a querer ni un solo chocolate, Ryouhei? —insistió su madre, mirándolo de reojo mientras revisaba los estantes.

—Hmm... ¿Tal vez uno para Sakuya?

—¿Por qué terminas mencionando a Sakuya cada vez que te ofrezco algo? —rio ella, enternecida.

—A él le gusta el chocolate, a mí no.

—Hmm... ¿Y no hay ningún dulce en todo este lugar que te llame la atención?

Ryouhei negó con la cabeza en silencio.

—Dios mío, ¿ninguno? —suspiró la mujer, fingiendo indignación.

A veces deseaba con el alma que su hijo actuara un poco más como un niño normal de su edad. Quería mimarlo, pero la madurez de Ryouhei era tal que el orden de los roles terminaba invirtiéndose, y era él quien terminaba cuidando de ella.

Ryouhei paseó la vista con aburrimiento por los pasillos del establecimiento. Su madre iba llenando el carrito de compras, guiada por los ocurrentes y precisos consejos que él le daba sobre los precios y las marcas. En medio de la rutina, ella se detuvo y lo palmeó suavemente en la espalda.

—Cariño, ve a buscar un desinfectante para pisos, por favor. En casa ya no queda nada.

Él caminó sin prisa hacia la sección de productos de limpieza, buscando distraídamente el envase de la marca específica que solían utilizar. Sin embargo, antes de dar con el pasillo correcto, algo llamó poderosamente su atención.

—¿...?

No muy lejos de donde estaba, un objeto en particular brillaba bajo las luces fluorescentes de un estante bajo.

—Eso es...

Ryouhei se quedó estático un segundo, analizando el artículo. Una idea cruzó su mente a la velocidad del rayo.

Pocos minutos después, regresó al lado de su madre portando el desinfectante que ella le había encargado. Ella sonrió y le revolvió el cabello, complacida por su eficiencia. Sin embargo, su sonrisa se congeló y arqueó una ceja al notar lo que sostenía en su otra mano.

—¿Uh? ¿Qué es eso, Ryouhei?

No era un juguete, ni una golosina, ni nada que un estudiante de primaria debiera llevar consigo. Era un objeto sumamente curioso y fuera de lugar para alguien de su edad.

—Mamá...

Su hijo la miró fijamente. Sus pupilas amarillas proyectaban una convicción tan gélida y afilada como el hierro.

—Necesito que me compres esto. Es muy importante.

—...

Maya se quedó sin palabras. ¿Cómo se suponía que iba a negarse ante una mirada cargada de semejante seriedad? Menos aún si se tomaba en cuenta las escasísimas veces en la vida que Ryouhei se dignaba a pedirle un regalo. Esos no eran los ojos caprichosos de un niño que quería un objeto por mera diversión o entretenimiento.

Eran los ojos de alguien que se estaba preparando para una guerra.

(...)

—Chicos, ¿quieren que vayamos a almorzar al comedor? —propuso Hiro, entusiasmado.

—¿Aun cuando todos trajimos comida de nuestras casas? —cuestionó Haru, arqueando una ceja.

—¡Nada nos prohíbe comer doble, Haru! ¡Además, hoy van a dar flan de postre!

—Hmm, en ese caso, no parece una mala idea —recapacitó el chico de los lentes—. Aunque no soy muy amante de los dulces, admito que el flan de esta escuela es excelente. Sin embargo, debemos movernos pronto o no alcanzaremos buenos lugares donde sentarnos.

—¡Ja! Sabía que incluso Haru me apoyaría... Bien, ¿qué tal una carrera hasta allá? ¡El que pierda le tendrá que prestar sus apuntes a todo el mundo el resto de la semana!

—¿Por qué me miras directamente a mí? —reprochó Haru, cruzándose de brazos—. ¿Acaso esperas que sea yo quien te regale mis notas?

—Diablos, Haru, ¿eres adivino o un brujo que puede leer el futuro? ¿Por qué siempre sabes exactamente lo que estoy pensando?

—Tu cara no deja mucho espacio para las mentiras, ¿sabes?

—Haru tiene razón —intervino Yashiro, su soltando una risita—. Hiro es un... ¿cómo era que lo llamaba mi papá? Un libro abierto. Eres demasiado expresivo con lo que piensas, Hiro.

—¿D-De verdad? ¿Soy tan transparente? —Hiro se llevó las manos a las mejillas, horrorizado—. ¡Entonces voy a ser el mayor perdedor del mundo si algún día juego póquer!

—Ni siquiera sabes jugar póquer, idiota —sentenció Haru, empujándolo levemente hacia la salida.

El trío de niños se encaminó hacia la puerta entre risas y disputas. Sakuya comenzó a guardar sus útiles escolares en la mochila, dispuesto a marchar detrás de sus amigos, pero se detuvo en seco al percatarse de que su compañero de banco no había emitido un solo sonido en todo ese rato.

—¿Ryouhei? ¿No piensas venir a...?

Sakuya dejó la frase en el aire. Al girar la cabeza hacia su derecha, se topó con una escena completamente inusual.

Ryouhei estaba dormido. Y no se trataba de una ligera cabezadita; el rubio estaba profunda y completamente desconectado de la realidad, con los brazos cruzados sobre el pupitre sirviendo de almohada para su rostro.

—¡Bien! ¡A la una, a las dos y a las... tres! ¡Ya! —gritó la voz de Hiro desde el pasillo.

—¡Ey, espera! ¡Tramposo!

—¡Te vi correr antes de decir tres, Hiro, sucio tramposo!

Las voces de Hiro, Haru y Yashiro se desvanecieron pasillo abajo. Estaban tan ensimismados en su propia competencia que ninguno se había fijado en el estado de Ryouhei. Sakuya se quedó solo en el aula por un momento. De todos modos, a él tampoco le apetecía correr.

Se giró por completo en su silla para observarlo. ¿Ryouhei durmiéndose en plena jornada escolar y descuidando su postura? Aquello no tenía ningún sentido. Ryouhei era un niño sumamente estricto con las etiquetas básicas y el protocolo; este tipo de comportamiento perezoso simplemente no encajaba con él.




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