Cambiando tu Destino Vol 1

7

Los pasos apresurados y rítmicos resonaron con fuerza sobre el pavimento a primera hora de la mañana. Uno de los corredores le lanzó una mirada asesina a su acompañante, quien, por el contrario, avanzaba a toda velocidad con una tranquilidad exasperante, como si la urgencia de la situación no fuera con él.

—¿¡Por qué demonios no me despertaste antes, Ryouhei!? —reclamó Sakuya, jadeando por el esfuerzo—. ¡Estamos jodidamente sobre la hora!

—Parecías muy cómodo durmiendo, de verdad —alegó, esbozando una sonrisa ligera y sin un solo gramo de culpa en la voz—. Pensé que sería una verdadera lástima interrumpir tus dulces sueños.

—¿¡Y no te parece una lástima todavía mayor que lleguemos tarde en nuestro primer día de clases!?

—Bueno, míralo por el lado positivo: no es la primera vez que nos pasa...

—¡Idiota! ¿¡Por qué nunca te tomas nada en serio!?

Con las piernas moviéndose a su máxima capacidad, el dúo de adolescentes cruzó la esquina a toda velocidad en dirección a su nueva escuela secundaria. Como Ryouhei se había negado rotundamente a levantarlo temprano, perdieron el tren que les correspondía por escasos minutos y tuvieron que aguardar por el siguiente. Ahora el tiempo les pisaba los talones, ¡y justo en la inauguración del ciclo escolar!

El cabello de Sakuya había crecido notablemente desde su infancia; en algún punto de la pubertad, simplemente dejó de importarle que se le esponjara indomable durante la temporada de lluvias. Ryouhei, por su parte, conservaba el mismo estilo de siempre, aunque ahora poseía un atractivo mucho más evidente que cuando era niño. Conforme crecía, sus facciones se asemejaban más a las de su madre, estilizadas y sumamente agradables a la vista.

Este era, de forma increíble, su último año en la secundaria. Resultaba irónico lo rápido que el tiempo se les había escapado entre los dedos.

—¡Allí está! ¡Llegamos!

A lo lejos, divisaron el gran portón de metal todavía abierto. Justo al lado de la entrada, el profesor de educación física aguardaba de pie con los brazos cruzados sobre el pecho. Con su imponente musculatura y sus brazos cubiertos de viejas cicatrices, parecía dispuesto a aplastar a cualquier alumno que osara desafiar el reglamento. Sinceramente, el tipo daba pavor.

—¡Vamos, Sakuya, un último esfuerzo!

—Ah...

Lograron cruzar la línea justo a tiempo. Un milisegundo antes de que las pesadas hojas del portón se cerraran por completo, Ryouhei aferró a Sakuya de la chaqueta del uniforme y lo arrastró hacia el interior del complejo deportivo.

Una vez dentro del recinto escolar, el peligro de la amonestación se evaporó.

—¡Bien, nos vemos en el almuerzo! ¡Que te vaya excelente en tu salón, Sakuya! —se despidió él, dedicándole un animado ademán con la mano mientras se adentraba en el edificio.

—Ah... Sí, igualmente...

Al llegar al distribuidor principal de los pasillos, Sakuya se quedó estático durante unos instantes. Su cuerpo pareció olvidar cómo moverse mientras contemplaba la silueta de Ryouhei alejándose en una dirección completamente opuesta a la suya.

Cierto... Lo había olvidado por completo durante la caótica carrera matutina. Este año, por primera vez en sus vidas, la administración de la escuela no los había asignado a la misma clase.

Pensar que terminarían en salones diferentes después de tanto tiempo juntos dejaba un sabor extraño en la boca.

—¡Ah, de verdad voy tarde! —se reprendió Sakuya sacudiendo la cabeza.

¡No era el momento adecuado para dejarse arrastrar por estúpidos sentimientos de melancolía! ¡La primera sesión del día debía estar a escasos segundos de comenzar! Corrió escaleras arriba y buscó el letrero de su sección, deslizando la puerta de madera con cuidado.

—¡H-Hola...! S-Siento mucho la demora, sensei.

El profesor a cargo alzó una ceja, evaluándolo de arriba abajo antes de consultar su reloj de muñeca.

—Es bueno tenerte con nosotros, Aoshima. Afortunadamente para ti, acabo de empezar con los anuncios parroquiales. Anda, ve a tomar asiento rápido.

—S-Sí, muchas gracias.

Sakuya exhaló un suspiro de alivio; había entrado en el último suspiro legítimo. Con la cabeza ligeramente gacha, avanzó por el pasillo central, pasando en medio de decenas de jóvenes cuyos rostros le resultaban completamente ajenos. Se dirigió hacia el fondo del aula y ocupó un banco vacío justo al lado de la gran ventana que daba al patio. Una vez allí, se desplomó sobre la silla y soltó un largo suspiro, sintiéndose súbitamente desinflado y carente de energía.

No conocía a un alma en ese lugar. Haru se había inscrito en una secundaria técnica diferente tras la graduación, mientras que Hiro y Yashiro habían tenido la suerte de quedar juntos, pero en otra sección del edificio. Y para rematar, Ryouhei estaba en el piso superior...

«Ah...», pensó Sakuya, apoyando la mejilla en la palma de su mano.

Tenía que confesar que se sentía bastante solitario e indefenso sin ellos a su alrededor. Había pasado la mayor parte de su infancia resguardado por ese pequeño y ruidoso círculo, y ahora, de golpe, la realidad lo obligaba a arreglárselas completamente solo en un entorno nuevo.

«Bueno... tampoco es que vayamos a dejar de vernos para siempre», se consoló a sí mismo, intentando disipar la nube gris sobre su cabeza. «Nos seguimos reuniendo casi todos los fines de semana en mi casa o en la de Ryouhei».

Además, racionalizó que no tendría por qué ser tan difícil entablar una conversación casual con alguno de sus nuevos compañeros. Ya no era aquel niño traumado, huraño y cerrado al mundo exterior que aborrecía relacionarse con la gente. Ryouhei lo había cambiado, lo había obligado a vivir.

«Primero que nada, debo fijarme una meta simple: intentar hacer al menos un amigo hoy», decretó mentalmente. Necesitaba desesperadamente a alguien con quien hablar para no volverse loco durante los recesos.




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