Cambiando tu Destino Vol 1

8

Finalmente, el timbre que anunciaba el final de la jornada escolar resonó por los pasillos. Sakuya salió al patio principal y se quedó esperando cerca de la entrada, contemplando el cielo teñido por los tonos rojizos y anaranjados del atardecer. No le prestó demasiada atención al bullicio que lo rodeaba; decenas de jóvenes caminaban en grupos, riendo y charlando animadamente sobre sus expectativas para el nuevo año.

Al final, a pesar de sus monumentales esfuerzos, no había logrado entablar una conversación real con nadie. Qué patético.

«Bueno... siempre puedo volver a intentarlo mañana», se consoló en silencio, acomodándose la correa de la mochila. No tenía prisa. El año escolar apenas comenzaba y el tiempo estaba de su lado.

—¡...!

De repente, alguien lo empujó por la espalda tomándolo completamente por sorpresa.

—¡Atrapado! ¿Qué haces ahí parado tan distraído, Aoshima?

—Ah, Hiro... —Sakuya exhaló un suspiro, relajando los puños que instintivamente había estado a punto de soltar.

—Oye, estabas a punto de golpearme hace un momento, ¿verdad? —preguntó Hiro, dándole una mirada de reojo mientras se reía.

—No sé de qué estás hablando —evadió, desviando la mirada.

—¿Crees que soy ciego? Vi perfectamente cómo cerrabas los puños. Santo cielo, ¿desde cuándo te volviste tan agresivo, amigo?

Sakuya no respondió. En realidad, no era culpa suya. Desde aquel espantoso episodio que vivió a los once años a manos de aquel secuestrador, se había vuelto extremadamente sensible ante cualquier contacto físico imprevisto. Con las personas de su círculo cercano no presentaba ninguna reacción defensiva notable; el verdadero problema surgía cuando era tocado por desconocidos o tomado por sorpresa. Sin quererlo, su cuerpo se ponía en guardia de inmediato, respondiendo de manera hostil para protegerse.

Hiro bajó los hombros, perdiendo parte de su usual jovialidad al notar el silencio de su amigo. Se sintió un poco mal por haber bromeado con eso; sabía perfectamente lo que Sakuya había sufrido en la infancia y entendía que nadie merecía cargar con una secuela semejante. Dispuesto a cambiar de tema y aligerar el ambiente, dio una palmada en el aire.

—¡Oh, cierto! ¡Adivina qué!

—¿Qué cosa? —preguntó Sakuya, agradeciendo internamente el cambio de rumbo.

—¡Me invitaron formalmente a unirme al club de fútbol! ¡Justo lo que quería! ¡Y ni siquiera tuve que ir a postularme o rogar por una prueba!

—Vaya... Muchas felicidades, Hiro.

Sakuya sonrió con sinceridad. Hiro se la había pasado todas las vacaciones repitiendo que intentaría ingresar al equipo principal. Que los visores del club lo hubieran seleccionado de antemano era una noticia fantástica; significaba que los entrenadores lo apreciaban y veían en él a un próximo miembro lleno de un potencial bruto innegable.

Los años de la pubertad habían tratado de maravilla a Hiro, haciéndolo notablemente más alto y robusto que al resto del grupo. Su piel levemente bronceada por las tardes de juego bajo el sol lo hacía destacar en cualquier lugar. Si uno lo colocaba al lado de Haru, que seguía siendo un chico de baja estatura, complexión delgada y gafas gruesas, la diferencia física era ridículamente obvia.

Y sin embargo...

—¡Incluso logré que Haru me felicitara! —añadió Hiro, inflando el pecho con orgullo.

—¿Eh? ¿No estás bromeando? —Sakuya arqueó las cejas, genuinamente estupefacto.

—Jeje, mira y comprueba la historia con tus propios ojos. ¡Incluso yo, el gran Hiro-sama, he sido reconocido por ese frío cuatro-ojos!

Hiro sacó su teléfono móvil con un gesto teatral y le mostró la pantalla. Sakuya leyó el mensaje de texto, el cual consistía en un escrito de apenas tres palabras:

“Bien por ti.”

Era... un mensaje sumamente corto, casi cortante. Pero tratándose de Haru, un chico escéptico y fanático empedernido de los libros que rara vez demostraba emociones, aquello equivalía a un efusivo discurso de felicitación.

Sakuya tomó el teléfono, todavía en un estado de shock absoluto.

—P-Pensar que de verdad lograrías que Haru te reconociera algo... ¡A ese adicto a la lectura!

Hiro se cruzó de brazos, desbordando suficiencia.

—Aún no han visto todo mi verdadero potencial. ¡Te juro que lograré que ese sabelotodo me invite a comer cuando consiga volverme un jugador regular en las ligas escolares!

—Si consigues que Haru pague una comida, dudo que te quede algo imposible por hacer en este mundo —bromeó, devolviéndole el dispositivo—. Me alegro mucho por ti, de verdad.

—¿Y bien? ¿Qué hay de ti? —inquirió Hiro, guardando su teléfono en el bolsillo.

—¿Eh? —Sakuya parpadeó, desconcertado—. ¿A qué te refieres?

—No te hagas el desentendido. ¿Qué tal estuvo tu primer día? Según tengo entendido, no te tocó en el mismo salón que Shibari... ¿Cómo te fue?

—Ah... eso...

«¡Estúpido Hiro!», maldijo Sakuya para sus adentros. ¡Si no lo había mencionado voluntariamente era precisamente porque no quería tocar el tema de su humillante aislamiento! Pero... racionalizó rápido: negarse a hablar o cambiar de tema de forma abrupta parecería sumamente sospechoso ante los ojos de Hiro. Y si este lo notaba, con lo bocazas que era, terminaría notificándoselo a Ryouhei, quien acabaría preocupándose de más o interfiriendo.

No quería dar la impresión de ser un adolescente disfuncional e incapaz de hacer amigos por su cuenta. Tenía que proyectar una imagen de madurez y éxito social.

—¡Pues qué va! ¡Me fue increíble! ¡He hecho un montón de amigos hoy! —exclamó forzando una sonrisa radiante.

—¿En serio? ¿Y pudiste lograrlo sin la ayuda de Shibari haciendo de intermediario?

—¡Sí, por supuesto! Los chicos de mi salón son bastante amables, respetuosos y serviciales —aseguró, tratando de borrar de su mente la imagen de los tres delincuentes llorando en el suelo—. Además, mi clase está llena de chicas hermosas...




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