Cabello oscuro y liso, y unos ojos de un azul translúcido y glacial. Una sombra perenne cubría la mirada de ese niño, como si intentara por todos los medios esconder su alma de cualquier persona ajena a su mundo. Tenía todo el aire de ser alguien que no hablaría una sola palabra a menos que fuera estrictamente necesario.
Incluso en ese instante, intentaba con todas sus fuerzas ignorar su existencia.
Ryouhei parpadeó, observándolo de reojo. Ahora que los profesores habían emparejado los asientos del salón, le había tocado compartir pupitre con un niño al que no conocía en lo absoluto. Se había enterado de su apellido minutos antes durante el pase de lista, pero más allá de eso, no sabía nada de él.
A pesar de que se había sentado justo a su lado, el chico no se molestó en saludarlo. Tampoco lo miró. Era una actitud... verdaderamente desconcertante para un salón de primaria.
—Soy Shibari, pero puedes llamarme por mi nombre, Ryouhei —se presentó, esbozando una sonrisa amistosa.
—...
—Espero que nos llevemos muy bien de ahora en adelante.
—...
El chico le rehuyó la mirada de inmediato, ignorando por completo la mano que Ryouhei le extendía en el aire. Cabe decir que Ryouhei había sido educado de forma estricta por su madre para ser sumamente cortés y diplomático tanto con niños como con adultos, una cualidad bastante rara y refinada para un niño de su edad. Gracias a ese carisma natural, solía agradarle a la gran mayoría de las personas a la primera impresión.
Pero este niño, Aoshima, no le concedió ni una mísera mirada, tratando su mano extendida como si fuera veneno puro.
—...
«Bueno... supongo que no puedo obligarlo a hablar si no quiere», razonó Ryouhei, retirando la mano sin perder la compostura. Decidió dejar el asunto por la paz... al menos por ese día.
Segundo día.
—Ah, Aoshima, se te cayó el borrador...
Recogiendo el pequeño bloque de goma del suelo, Ryouhei lo extendió en su palma para que el otro lo tomara.
—...
Pero el otro no se movió. Se quedó estático, limitándose a mirar con fijeza el borrador que Ryouhei sostenía.
«¿Quizás no le importa lo suficiente como para recuperarlo?». Curioso, movió la mano sutilmente hacia la izquierda. Los ojos azules de Aoshima siguieron el movimiento exacto de la goma. Entonces, sí que le importaba.
—...
Sin decir nada más, Ryouhei dejó el borrador sobre el borde del escritorio ajeno y desvió la mirada para darle espacio. Complacido, comprobó de reojo que el chico lo recogió con rapidez en cuanto se aseguró de que nadie le estaba prestando atención.
«Con que es extremadamente desconfiado», analizó. «Está bien, lo entiendo. Tendré que ser muy cuidadoso».
Tercer día.
—¿Qué trajiste hoy de almuerzo, Aoshima? Por cierto, ¿puedo llamarte Sakuya? Siento que rueda mucho mejor por la lengua. Sí, mejor te llamaré por tu nombre.
—...
—Hmm, veo que trajiste un sándwich de jamón... Se ve delicioso. Yo traje pollo frito.
—...
—De postre mi mamá me empacó un poco de chocolate, ¿vas a querer un trozo?
—...
Sin esperar una respuesta que sabía que no llegaría, Ryouhei colocó un trozo del dulce en la esquina del escritorio de Sakuya. Al cabo de unos minutos, el chocolate desapareció de forma misteriosa.
Cuarto día. Quinto día. Sexto día. Séptimo día.
A lo largo de esa primera semana, Ryouhei logró que Sakuya recogiera e interactuara con las cosas que le dejaba sobre la mesa, aunque fuera por puro interés o curiosidad. Bajo circunstancias normales, Ryouhei jamás molestaría a alguien que dejaba claro que quería estar solo; sin embargo, la actitud de Sakuya despertaba tanto su profunda curiosidad como su espíritu competitivo.
Quería romper ese caparazón. Quería obligarlo a hablar, ver si era capaz de sonreír y divertirse como cualquier otro niño normal de su edad. En algún punto de esos días, ganarse a Sakuya se convirtió en un objetivo sumamente serio para él.
—Mira, Sakuya, este es el nuevo volumen del cómic de Nakamura-sensei. Salió apenas ayer. ¿Quieres echarle un vistazo?
Ninguna respuesta, como ya era costumbre. De todos modos, Ryouhei dejó el manga sobre el pupitre. Para su satisfacción, el chico se lo llevó a casa al final del día.
Al día siguiente:
—¿Y bien? ¿Qué te pareció? ¿Estuvo interesante o te pareció aburrido?
—...
Ryouhei ya se estaba preparando mentalmente para otro día de silencio absoluto; después de todo, ya se había acostumbrado a la rutina.
—¡...!
Sin embargo, Sakuya... asintió. Fue un movimiento de cabeza leve, casi imperceptible para cualquiera, pero para Ryouhei equivalió a un logro monumental.
«¡Él... acaba de reaccionar de forma voluntaria a lo que dije!», celebró, conteniendo el impulso de vitorear. ¡Era un avance gigantesco! ¿Acaso significaba que pronto podría sacarle una palabra real? «No, cálmate. No vayas a asustarlo ahora. Actúa con total normalidad o arruinarás todo el progreso que has conseguido hasta hoy».
—Qué bueno que te gustara. Ten, aquí tienes el siguiente volumen.
—...
Debía ser paciente. No importaba cuánto tiempo o esfuerzo le tomara.
Y así... los días se convirtieron en semanas, y las semanas en meses.
—¡Mira, Sakuya! ¡Es un dinosaurio de juguete, incluso se mueve si usas este control remoto!
—¿Tú qué prefieres? ¿Los perros o los gatos? A mí me gustan los grandes.
Ryouhei se descubrió a sí mismo hablando sin parar cada mañana, adoptando una faceta parlanchina que normalmente no poseía con los demás.
—¿Quieres que juguemos a completar este rompecabezas? En la tienda decían que es prácticamente imposible de armar.
Traía a la escuela absolutamente cualquier objeto, dulce o juego que le pareciera lo suficientemente interesante como para captar la atención de su esquivo compañero.
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Editado: 16.07.2026